En agosto de 2012, un grupo de amigos creó una aplicación llamada Tinder “para relacionarse con vecinos más amigables”. La idea fue transformándose en una importante red para conocer todo tipo de gente y, como ocurre siempre que se reúnen personas, empezaron a catalogarse: estaban los muy guapos, los que se creían muy guapos, los que no eran tan guapos. Y tenían sus propias razones para crear un perfil: tener sexo, buscar compañía, escapar de un matrimonio aburrido, buscar que alguien les gastara pizza, o un trago, o una noche de fiesta, o…

El problema es que cuando la gente escribe sobre sí misma en esos perfiles, resulta difícil distinguir las mentiras gloriosas de la triste realidad. Alguien con una ilusión por cumplir, una vida soñada que quiere vivir y no está ni cerquita; un oficinista que desea ser independiente y se inventa una fantasía (a veces loba o traqueta) para seducir a quienes no se lo darían nunca en la vida real.

No es culpa de Tinder, las mentiras vienen desde siempre. Las citas a ciegas, por ejemplo, siempre han sido una muy mala idea. Debo reconocer que prefiero swipear a derecha e izquierda por horas en Tinder sin tener un match antes de volver a creerle a un amigo que asegura tener la cita perfecta para mí. Confiando en el mal gusto de esos que se hacían llamar amigos, conocí a un chico que pensaba que Baudelaire era un bar de la zona rosa y, además, había ido un par de veces.

Yo misma he sido culpable; el infierno está lleno de buenas intenciones, dice mi abuela. Mi mejor amiga, de la que hablaré más adelante, terminó casada con un gañán con el que le hice una de esas citas.

Hay unas reglas fundamentales a la hora de seducir y conocer gente, y me sorprende que las personas todavía las rompan y anden quejándose y preguntando por qué el on-line dating no les funciona. ¡Si están escritas desde mucho antes de Tinder! El escritor Efraim Medina, uno de los primeros colaboradores de esta revista, escribió Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, y en mi parte favorita del libro da instrucciones específicas para seducir a una mujer -hoy en día el género no importa, la seducción no discrimina y las reglas se aplican para todos, todas y tedes-.

Dentro del manual está claro que el juego de la seducción es una maratón llena de retos y saber mentir es clave. Porque, acéptelo, si le hubiera funcionado ser usted no andaría escondiéndose detrás de mil filtros, agrandando los logros, omitiendo los defectos, diciendo que es demasiado perfeccionista o tomándose fotos de arriba abajo según le convenga.

Ni la tecnología ni el manual de seducción de Medina hacen milagros; si usted es modelo de una prestigiosa marca de ropa interior, no necesita ni Tinder ni el manual. Si usted es un fenómeno, véaselas con Dios, como se les sugiere a los feos irreconciliables en el manual de marras. Estas aplicaciones están diseñadas para gente normal, mediana, para la mayoría de habitantes del mundo con un celular y un plan de datos. El gran error es la pretensión humana; si usted es feo, no les tire a los más guapos. La mayoría de ellos buscan otros más más guapos y, en el caso de las redes sociales, la primera impresión es la única que cuenta. Las conversaciones tradicionales en las que los feos podían embaucar mujeres hermosas se quedaron en ese anticuado mundo real que seguimos encontrando en las barras de los bares.

La mentira es una herramienta de conquista, qué le vamos a hacer, no somos santos y queremos mostrar la mejor (a veces inexistente) versión de nosotros. La tecnología nos deja ser Dios si tenemos las herramientas necesarias o los filtros infinitos, pero también es un acto de cortesía con “la presa” permitirle decidir, sobre pruebas reales, qué se quiere comer. Qué pereza llegar engañado a la cama, qué incómodo quitar un brasier con magic cup y que se vayan las tetas, qué triste encontrar un micropene que en las fotos tomadas desde abajo se veía tan bien.

Un artículo reciente del Washington Post compara las mentiras de los usuarios de Tinder con la publicidad engañosa. La autora del texto, Irina D. Manta, propone que “en una próxima revisión de estatutos los legisladores estatales castiguen a los mentirosos de Tinder con las mismas leyes que protegen a los consumidores de los publicistas”.

Todos entendemos que cuando alguien ofrece “el mejor pan del mundo”, o dice que “esta va a ser la mejor noche de tu vida”, probablemente sean mentiras. En Tinder, dice la abogada que escribió este tratado, se deberían condenar las mentiras con respecto al estado civil, la fertilidad (si tienen hijos o no o si los pueden/quieren tener) o el empleo. Así que si usted es dueño de una guitarra evite decir que es músico, si compra celulares en eBay y los vende en MercadoLibre, no diga que es gerente de una importadora de tecnología, y si es casado hágase el muerto cuando le pregunten por su estado civil, porque eso no solo disminuirá sus posibilidades de llevarse a la víctima a la cama, sino que podría convertirlo en culpable del delito de tergiversación o engaño al consumidor.

Confieso que he instalado y desinstalado estas aplicaciones muchas veces desde que las conozco y la verdad siento que no estoy preparada para que un español soltero que va a estar por dos semanas en Bogotá me diga que quiere ser mi esclavo sexual; no tiene derecho a darme toda esa responsabilidad.

En cambio, es gracias a personas como mi mejor amiga, constantes y dedicadas, que se puede hacer un estudio juicioso de hombres dementes y citas fracasadas (perdón, Nalgs). Ha hecho match con presos, chefs alcohólicos de esos que se vuelven un problema ambiental, con un chico israelí que funcionaba como acumulador desesperado de mujeres latinas. Lo valioso de mi amiga es que sigue pensando que le va a funcionar, cree que, sin importar la cantidad de locos que un día le ofrecen sexo casual y al otro matrimonio, en algún lugar de esta no tan nueva manera de conocer personas existe un hombre (porque es heterosexual hasta la médula) que está hecho a su medida.

Nalgs decidió darle una oportunidad al amor 2.0 después de un divorcio (del que fui un poquito responsable porque le arreglé la mencionada cita a ciegas con un ser despreciable) y un par de intentos fallidos en las citas tradicionales con besos babosos y las mentiras típicas de las primeras citas.

Entonces empezó a conocer locos, cada uno peor que el anterior. A ella le gustan con cara bonita, cuadritos en la panza, brazos musculosos y ojalá inteligentes… Y como hasta la belleza cansa y la inteligencia no es tan frecuente, empezó a swipear a la derecha a los gorditos con cara de buena gente para tener de qué hablar y sonreír un rato.

El estándar cambió, pasó a seleccionarlos por el tamaño de la panza y el rosado de los cachetes con la esperanza de que por ser gorditos fueran amables, limpios y bondadosos. ¡Error! Este chef tenía barba y una linda sonrisa, pero, después de hacerla venir como pocos, le dijo que se veían en unos días porque debía ir a la cárcel por manejar borracho. Además de no limpiar el carro y acumular basura de semanas de comida en la silla trasera, llegó borracho a la cita después de estar preso. No hay orgasmo que pague ese desastre.

El criterio de selección se va a la mierda con el tiempo y ese tipo de experiencias. Al rato encontró uno de los especímenes más peligrosos de este mundo moderno que está al revés: el chico sin barba, con sentimientos, que sabe combinar mejor los colores que cualquier mujer. Y que se asustó y salió corriendo en calzoncillos porque le daba miedo enamorarse y que no lo dejara dormir en cucharita en su cama.

Luego llegó el peor: el mentiroso invisible. Estuvo un mes escribiéndole y mandándole dildos caros y plata para que comprara pasajes a Miami para al final destapar su verdad: era un esposo sexualmente frustrado que no se dejó ver la cara, que no se llamaba como decía ni se veía como la foto que tenía en su perfil. Si aprueban la ley de castigar a los mentirosos este sería un gran candidato a cadena perpetua. Este humano le calentó lo que sea que se les calienta a las mujeres y la dejó ahí, paradita en las ganas de vivir.

En conclusión, para seducir manténgase lo más cercano a la verdad, escoja ser misterioso en vez de inventarse una vida paralela, deje descansar las fajas, los peluquines y las espumas en las posaderas, tómese la foto sentado, hágale zoom a lo que sí le gusta de su cuerpo y siempre quítese las gafas de sol. Sea concienzudo y rigurosamente honesto. Y no le pregunte a su mamá si es lindo… Todos quisiéramos ser aunque sea la mitad de lo que las mamás piensan de nosotros.

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