Cinco horas y tres minutos transcurrieron para que el lote de ciclistas arribara a Saint Georges, después de un viaje de 213 kilómetros, a lo largo de los cuales se batió el récord del aburrimiento en el Tour de Francia. De nada valió que el grupo marchara a 42,5 kilómetros por hora y que el viento que soplaba de costado amenazara con desorganizar el recorrido. De nada sirvió porque nuevamente se dio la llegada masiva, los seis kilómetros finales de brío, codazo y coraje, y la nueva victoria de Kittel que, en esta ocasión, se zanjó con una diferencia de un milímetro sobre el noruego Edvald Boasson Hagen. (Lo que más le molesta a Nairo Quintana que diga la gente)

Salvo la clasificación de la regularidad, la de la camiseta verde, que ahora comanda el alemán indestructible de las llegadas masivas, todo sigue igual.

Para los ojos del novato, gastar horas monitorizando una etapa de estas no tiene sentido. Es una pérdida de tiempo. Los que llevamos décadas siguiendo el ciclismo, en cambio, preferimos seguir las etapas de transición con el ojo malicioso, cruzando los dedos para que no haya caídas ni cortes en el pelotón. Y si los hay, esperando que los nuestros salgan bien librados.

El Trek-Segafredo, que junta en su nombre dos de las cosas que en esta vida nunca podrán faltar –ciclismo y café–, intentó provocar el corte del pelotón en tres ocasiones. Quisieron aprovecharse de los vientos, ubicándose en la punta del grupo y acelerando a fondo para que los distraídos se rezagaran. Movistar estuvo atento. Armó un tren de ciclistas, con Nairo subido en el vagón de primera clase, y pedaleó a la par por el carril central del grupo. El movimiento de los azules lanzaba una duda: ¿colaboraban o defendían?

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El Sky, sin embargo, respondió y también lo hizo el Astana, aunque con menos corredores. Si bien los movimientos no tuvieron trascendencia, sirvieron para dejar en claro quiénes quieren pelear por la clasificación general. Que lo consigan es cuento aparte. (Mario Sábato, el loco del ciclismo)

A lo largo de los kilómetros finales, las cámaras de los helicópteros volaban en reversa y mareaban la transmisión buscando la camiseta verde, que distinguía a Arnaud Demare como líder de la regularidad y, curiosamente, la amarilla de Christopher Froome que viajaba en la parte central del pelotón, como nunca suele hacerlo. Era una escena clave, un efecto cinematográfico para sembrar drama y puntos de giro posibles en la película del Tour pero que, como todo lo de hoy, también puede ser intrascendente.

De todas formas, pedalear a 42 kilómetros por hora, durante cinco horas, y acelerar hasta los 70 kilómetros por hora en los kilómetros finales, hace repicar el corazón y quema las piernas de los ciclistas. En esa aceleración, parte del aire que se toma escapa por la boca antes de llegar a los pulmones y, si se suma el calor, la deshidratación debilita y apaga la electricidad que acciona los músculos. Pero los efectos no se ven durante el ímpetu de la etapa, sino al día siguiente que, en este caso, es la jornada ocho, la primera de alta montaña.

Así las cosas, los 187 kilómetros que llevarán al Tour hasta la ‘Estación de las Rosas’, que no ‘El Alto de Rosas’, revelarán quiénes han gastado de más y quiénes están para competir en el podio de París.