Incluso a quienes les tiene sin cuidado la realeza, están asombrados con la desgracia del duque de York. En grandes titulares, la prensa ha comentado un desastre que se veía venir, por su amistad con el pedófilo Jeffrey Epstein, quien se suicidó en su celda de una cárcel de la Gran Manzana, mientras era procesado por abusar de docenas de menores de edad.

Una entrevista que le dio el príncipe a la periodista Emily Maitlis, de la BBC, con el fin de limpiar su nombre de las acusaciones de Virginia Roberts, quien asegura que tuvo sexo con él obligada por Epstein, a los 17 años, en 2001, resultó una cura peor que la enfermedad. La torpeza de sus respuestas, expresada en detalles como autoproclamarse una de las personas más honestas que existen, o pasar por alto una palabra de solidaridad con las víctimas de Epstein, exasperaron a la opinión. De inmediato, el Palacio de Buckingham informó que Andrés quedaba excluido de sus deberes oficiales como miembro de la casa real, por las cuales recibía unos 422.000 dólares anuales.

La vergüenza de Andrés ha ido acrecentándose, porque no acaba de verse del todo exculpado por su vínculo con Epstein y han salido a la luz episodios que sugieren que ha sido bastante fogoso en asuntos de cama, además de ser un tipo “jartísimo”, como se diría en Bogotá.

En 1960, su nacimiento significó para Isabel el comienzo de una nueva familia con su esposo, el príncipe Felipe, dado que sus hijos mayores, Carlos y Ana, pronto se ausentarían para estudiar lejos de Londres. “El bebé es adorable. Estoy segura de que todos lo vamos a consentir mucho”, le escribió la reina a una familiar y, sobre todo por obra de ella, el pronóstico se cumplió. Siempre se ha dicho que Andrés es el preferido de sus cuatro hijos y que ha tenido ojos ciegos hacia sus acciones.

En una fiesta de Año Nuevo en Londres en 2002. Además de playboy, siempre ha sido amigo de las chanzas y el alma de la fiesta.

Cuando creció, lo dejaba andar en bicicleta por los corredores de Buckingham y el Castillo de Windsor. Pronto, el principito se ganó la fama de incorregible entre el staff de los palacios reales. La biógrafa Ingrid Seward recogió en uno de sus libros un episodio de cuando tenía 5 años: Andrés llegó a las Caballerizas Reales de Windsor armado con un palo, con el cual golpeaba fuertemente el piso y las patas de los equinos. Los trabajadores del lugar ya lo tenían entre ojos, porque solía además burlarse de ellos y patear a los perros. Como no quiso parar de molestar con la estaca, dos mozos de cuadra lo arrojaron a un montón de estiércol. Furioso, prometió acusarlos con la reina pero no hubo represalias contra ellos.

Isabel sabía lo que tenía, como se demostró, años después, la vez que uno de sus empleados, harto de que Andrés se mofara de él, lo tiró al suelo y le dejó un ojo morado. El trabajador le presentó su renuncia a Isabel, pero no le fue aceptada. Como lo relata también Seward, “ella expresó que su hijo tuvo su merecido”. Lady Diana Spencer, la futura princesa de Gales, de otro lado, lo conoció muy bien desde niño, mucho antes de casarse con su hermano Carlos, y lo describía como “muy, muy ruidoso. Me parecía que había algo preocupante en él”.

En la adolescencia empezó a dar muestras de su tendencia a la jactancia y la pomposidad. A los 17 años, sus padres lo enviaron a la Lakefield College School, en Ontario, Canadá. Allí se acostumbraba a celebrar los cumpleaños con pasteles de una panadería local. Pues bien, él prohibió cualquier festejo de su día, se instaló en la lujosa casa de su escolta y se puso a ver partidos de tenis de Jimmy Connors por televisión, contó The Times, de Londres, en una serie de artículos sobre su vida.

“Él no es académicamente brillante, pero sí astuto”, anotó también Diana de Gales, una opinión que comparten muchos. Su otra característica marcada era el gusto por las chanzas. Una vez, movió la antena de televisión de Buckingham y cuando la reina no pudo ver las carreras de caballos llamó a mantenimiento para que la arreglaran. Pero él volvía a descomponerla una y otra vez y se desternillaba de la risa ante el disgusto de su madre, quien se desquitaba con los técnicos.

A los 21 años, celebrados con una fiesta para 600 invitados y con la actuación de Elton John, era un rompecorazones. De hecho, esa noche asistieron varias de sus exnovias: Kim Deas, Trisha Money y la ex Miss Reino Unido Carolyn Seward. En ese momento ya llevaba tres años en la Royal Navy y a sus camaradas allí les parecía engreído. “No se comporta como los demás. Todo quiere hacerlo a su manera y si andas cerca de él hay que hacerle la venia. Incluso si pasa manejando en su carro por donde estés, tienes que inclinarte”, relató uno de ellos.

La famosa foto con Virginia Roberts, la mujer que causó su descrédito moral, pues asegura que fue obligada por Jeffrey Epstein a acostarse con él cuando tenía 17 años en 2001.

El ego se le creció mucho más en 1982, al regresar al país cubierto de gloria tras una honrosa actuación en la fuerza de tarea enviada por Gran Bretaña a la Guerra de las Malvinas. “Una de sus misiones era actuar como señuelo, alejando los misiles enemigos de sus objetivos, haciendo que se desviaran hacia el helicóptero que pilotaba”, informó The Times.

Andy Randy, como lo llamaban, se volvió el chico dorado de la familia real, asegura otra biógrafa de los Windsor, Katie Nicholl. Fue por esa época que se empezó a comentar su obsesión por las mujeres. “Era el alma de las fiestas de alta sociedad, en las que ponía a todos a bailar la conga y el trencito”, agregó el diario.

Tuvo muchos ligues entonces. El que más impactó fue con la actriz estadounidense Koo Stark. Ella había actuado en una película subida de tono y sus fotos “mostrona” circulaban en las revistas. Las crónicas hablaban de que se les veía desnudos en las playas de Mustique, para furia de Isabel y Felipe, quienes se volvieron a poner lívidos cuando News of the World tituló en primera plana “Andrés en un nuevo escándalo sexual”. En la crónica, Vicki Hodge, hija de un barón, afirmaba que ella, dos amigas y Andrés habían hecho el amor en las arenas de Barbados. “Él es un diablo pervertido”, remató.

Koo Stark fue su novia entre 1981 y 1983. Ella no gustaba en la familia real porque había actuado en Los adolescentes, un filme subido de tono.

En 1984, en una visita a California, roció con un espray pintura blanca sobre las costosas cámaras de los periodistas. Cuando su padre lo supo, montó en cólera y lo conminó a volverse serio y a sentar cabeza. Era hora de casarse, y la candidata ideal no tardó en aparecer, por obra de su ya cuñada, Diana de Gales, quien le presentó a Sarah Ferguson, la hija de un militar con ciertos vínculos con la realeza.

La pelirroja Fergie, como aún se le conoce, estaba igual de chiflada que él y lo secundaba en sus bromas. La reina y el resto de la familia estaban felices con ella. El 23 de julio de 1986, Londres volvió a vibrar, gracias a la ensoñadora boda de los atractivos jóvenes, nombrados duques de York.

Pero Andrés pasaba mucho tiempo lejos de su esposa y sus hijas, Beatrice y Eugenie, dadas sus responsabilidades en la Armada, y se separaron en 1992, llamado el annus horribilis (año horrible), por la propia reina, ya que también se acabaron los matrimonios de Carlos y Diana, y de Ana con Mark Phillips. El detonante de la ruptura fue la publicación, en el Daily Mirror, de una foto en la que Fergie aparecía con su amante, John Bryan, quien le chupaba el dedo gordo del pie. En 1996, los duques se divorciaron, pero nunca han dejado de ser amigos ni familia, al punto que viven bajo el mismo techo y él ha rescatado a Sarah de sus millonarias deudas.

El duque nunca volvió a formar un hogar y retomó la vida de playboy. Tras su salida de la Royal Navy, la gran pregunta de la reina fue: “¿Y ahora cuál rol le damos a Andrés?”. La decisión fue nombrarlo representante especial del Reino Unido para el comercio y la inversión. Era una oportunidad de oro para hacerse un nicho propio. No hay que olvidar que con el nacimiento de su sobrino William, en 1982, dejó de ser el segundo en la línea de sucesión al trono (hoy es el octavo) y ese desplazamiento no dejaba de agobiarlo. Pero en vez de sacarle buen partido al puesto, metió la pata. Según The Times, “daba la casualidad que sus viajes siempre eran a lugares con buenas canchas de golf, deporte que practica, o que acogían eventos deportivos importantes, como el Gran Premio de Baréin”. Surgieron además quejas por los costos de esos desplazamientos, en los cuales se rehusaba a usar medios de transporte públicos. En 2005, por citar un caso, los periplos del duque le costaron más de 600.000 dólares al erario. Se le criticaba también que se trasladara con un séquito de secretarias, caballerizos y hasta un valet encargado solamente de llevar una mesa de plancha vertical de dos metros.

Y ni qué decir de su desatinado comportamiento. “Fue rudo y patán. Tenía una infantil obsesión por hacer las cosas al contrario de lo acordado y se sentía experto en todas las materias”, señaló Simon Wilson, quien lo atendió en Baréin. En una reunión con el renombrado director de una conocida casa de modas su saludo fue: “Nunca había oído de ti”. Otra vez, movió a un escolta de su asiento porque le tapaba la vista y se puso como un perro rabioso cuando le exigieron pasar por el control de seguridad en un aeropuerto. Se le ha oído hablar de los negros despectivamente, trapeó el piso con un policía que lo confundió con un intruso en el Palacio de Buckingham y metió a su país en un lío diplomático por criticar públicamente al presidente George W. Bush.

También generó preocupación lo que hacía en su tiempo libre, cuando su sucesión de romances con “mujeres-trofeo” no paraba. Según The Times, Aurelia Cecil, las modelos Catrina Skepper, Caprice Bourret y Angie Everhart, la mesera Heather Mann y la ex Miss Estados Unidos Julie Hayek, entre otras, pasaron por su cama.

“Tengo los pies en la tierra más de lo que cualquiera pudiera esperar de un miembro de la realeza”, le dijo a Tatler en 2000, pero sus acciones señalaban lo contrario. También se le dio por entablar amistades con hombres de dudosa reputación, como el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, quien tiene fama de déspota y corrupto; y el diplomático tunecino Sakher El Materi, descrito como “un hombre espantoso”.

Ninguno de ellos ha sido tan nocivo para él como Epstein. Lo conoció por medio de la propia Fergie, quien a su vez había entrado en contacto con él a través de su compatriota Ghislaine Maxwell. Según numerosas víctimas de Epstein, esta última era la que reclutaba a las jovencitas de las cuales abusaban sexualmente él y amigos poderosos y ricos como el propio Andrés.

El príncipe aceptaba sus frecuentes invitaciones a su isla en el Caribe o sus casas en Nueva York y Florida. En 2001, durante unas vacaciones organizadas por Epstein, un paparazzi lo pilló en un yate rodeado de mujeres topless. “Yo estaba leyendo mi libro. No era consciente de lo que cada quien estaba haciendo”, declaró para esquivar el alboroto.

Desde la tumba, Epstein le sigue causando problemas al duque, quien con la fatal entrevista a la BBC que lo acabó de hundir, pareció confirmar lo que dijera de él un exempleado de palacio: “El problema con Andrés es que su boca se mueve más rápido que su cerebro”.