"Todas las familias felices se parecen”, escribió Tolstói. Al entrar en la casa de Brigitte Baptiste, la mujer transgénero más famosa de Colombia, conocerla a ella, a su esposa y sus dos hijas, es posible asegurar que la suya es una familia feliz. Una felicidad que hace pensar en otras familias felices, en los gestos y las complicidades que todas comparten. 

Primero, está Adriana Vásquez, la mujer con la que Brigitte lleva veinte años de matrimonio y quien encaja en lo que muchos relacionan con la palabra madre. Y luego está Brigitte: madre también y padre, por supuesto (papá o pa le dicen sus hijas). O ni madre ni padre, solo Brigitte a secas, mezclando roles y géneros en una metamorfosis inconclusa: un par de tetas 36C, como una amenaza; un caminar firme, masculino; minifalda, medias de malla, aretes XL, labios rojos, pelo largo y azul, y una voz grave y fuerte, como un acantilado inmutable ante el golpe de las olas.

Conversar con Brigitte es una experiencia renovadora, porque es una mujer inteligente, afable y sensible, pero también es una brisa, un viento suave y fresco que te recuerda que hay revoluciones que no necesitan violencia. La revolución de Brigitte se hace con ternura, humor y argumentos claros y respetuosos, con los que desarma, despierta admiración y encanta. Sí, no es difícil encantarse con la magia de alguien que profesa con su cuerpo y sus palabras dos ideales humanos: libertad y felicidad.

Esta entrevista transcurrió en la casa del barrio Teusaquillo donde vive la familia Baptiste Vásquez, un lugar repleto de veraneras moradas que comparten con dos gatos: Orión y Venus.

Usted ha dicho que nunca pensó en tener hijos, ¿cómo ocurrió?

Con mi experiencia de género, en la cual me tardé tanto tiempo en reconocer cómo quería vivir y expresarme, lo que menos pensaba era en tener hijos. Si es muy difícil tener pareja, tener hijos es aún más complicado, incluso loco. Pero ocurrió, ellas hicieron su espacio y nos colonizaron.

Es una mujer transgénero y en su cédula se lee “sexo: femenino”. Hablando de roles y teniendo en cuenta su metamorfosis palabra que usted defiende, ¿es padre o madre?

Realmente no me interesa definirlo. Pero sí es un tema recurrente de conversación con Adriana y con todas en la casa. Es muy divertido, porque en la casa todas hacemos de todo y es muy desordenado, pero encontramos el camino sin necesidad de decir: usted es la que hace tal cosa. Vivimos la familia de una manera muy espontánea.

Hablemos de las figuras de maternidad y paternidad.

La maternidad y la paternidad son construcciones culturales complicadas, figuras realmente arcaicas, que están más cargadas de tareas infundadas y programación dogmática que de afectos. Y lo triste es que eso lo siente uno muy cerca, porque ha afectado la capacidad de muchas parejas amigas para construir relaciones más estables. Es decir, las tenemos instauradas y requiere una actitud autocrítica muy fuerte. La maternidad y la paternidad son los mecanismos que usa cada cultura y sociedad para adiestrar a las nuevas generaciones. La figura de pro-ge-ni-tor, en ese sentido, es terrible. Adriana y yo coincidimos en que debemos acompañar a nuestras hijas y darles oportunidades para que descubran el mundo y entiendan que uno tiene su propia vida. Además, no sabría cómo definirme: ¿papá? ¿Con la imagen de mi papá? Pues algunos elementos hay, y de mis abuelos seguramente. Pero ya todo está revuelto.

¿Podría desarrollar un poco más el tema del adiestramiento?

Hay unas coordenadas muy evidentes que vienen en esa programación cultural que uno puede debatir, contrastar y rebatir. Por ejemplo, que el papá es el proveedor, el fuerte, el que tiene la razón. Pero hay unas mucho más sutiles, acerca de la sexualidad masculina o femenina, el carácter dominante del padre en la familia o las pequeñas luchas de poderes en las decisiones, que provienen de miles de prejuicios y ensamblajes que son tremendamente difíciles de identificar y controvertir. Eso hace la vida diaria nuestra.

¿Hay cosas más importantes que esas figuras arcaicas?

Sí. Tengo una expresión femenina pública muy marcada porque me gusta, es algo muy importante en mi vida en sociedad, pero finalmente en la casa eso no es relevante; lo importante es la equidad, la justicia, el diálogo, que son valores humanos muy profundos que no son femeninos o masculinos, con los que uno cuestiona todo: a quién le toca arreglar la casa, por qué unas somos más desordenadas que otras, ¿eso es masculino o femenino? Simplemente somos personas que convivimos y tratamos de ayudarnos las unas a las otras para ser felices.

¿Cuál es su principal autocrítica a la maternidad y la paternidad?

En ambas, el autoritarismo gratuito, que proviene del machismo. Por ejemplo, cosas que se deben hacer de una manera o principios que hay que obedecer porque sí. Adriana y yo somos muy anarquistas y cuando nos enfrentamos a esos espacios del deber ser es tremendamente complicado, sobre todo hacia afuera y con la inserción de nuestras hijas en el mundo.

Usted plantea que las respuestas en la vida solo nos sirven por un tiempo, ¿cómo ha resuelto las preguntas de sus hijas en diferentes etapas?

Todo es muy espontáneo, nunca se plantea directamente, pero siempre estamos hablando de roles de género, de cómo son los papás o las mamás de otras familias y por qué son cómo son, con mucho cuidado y afecto. Analizamos qué significa para ellas la masculinidad y la feminidad a medida que van creciendo, o dialogamos sobre temas que les ayudan a construir su propia identidad y a estar cómodas consigo mismas, a definir la feminidad a su manera. Creo que eso es lo más importante: liberar la marca del género.

Su cuerpo es una presencia fuerte. Hablemos del cuerpo y la relación con sus hijas, y de la sexualidad, teniendo en cuenta que son adolescentes.

El tema del cuerpo es interesante, muy bonito. Tratamos de liberarlas de todas las cargas de qué significa y cómo debe ser. Con respecto a la sexualidad, son muy introvertidas al respecto, pero no sabemos si es porque en todas partes el tema es así o si mi sexualidad es muy visible, entonces ellas nunca quieren estar en la mitad de la discusión. Soslayan un poquito la posibilidad de esas discusiones. Pero aquí siempre estamos tomando del pelo y hablamos de género y sexualidad, aunque ellas son autónomas, como: “Ya, hasta aquí”. Además, esos temas con los papás son terribles. Una vez Juana Pasión dijo: “No, no, ni lo intenten, para eso está Google” (risas). La construcción de la identidad en la adolescencia es muy complicada. Ahí sí yo no creo que las chicas trans, los chicos gays, sufran más per se sufren más dependiendo del contexto, si tienen uno represivo, por supuesto que es terrible. Pero siempre uno se cuestiona acerca de su propio deseo, su organismo, mientras los medios y todo el mundo dicen, empujan, hablan, proponen. Es un poco fatigante y atemorizante.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido de tener hijos?

Que funcionan solos. La vida es absolutamente robusta y positivamente invasora. Cuando uno levanta a su hija o hijo por primera vez, a las horas de nacido, y lo mira, piensa: “¿Y yo qué hago con esto? ¿Cómo lo cuido?”. Y salen adelante. Es decir, la vida y los afectos funcionan solos. Soy bióloga, entonces eso me parece maravillosisísimo. A mí, por ejemplo, me hubiera gustado amamantar, engendrar probablemente en el futuro se pueda elegir todo eso. Pero aún así mi experiencia con ellas, desde el momento de la concepción y la gestación, fue profundo.

Hay un poema de José Manuel Arango que concluye con estos dos versos: “Cara detenida de mi padre / bajo la piel, sobre los huesos de mi cara”. Con la edad uno reconoce a su padre en las acciones propias. ¿Qué ha pasado en relación con su padre y cómo lo ve desde su identidad en relación con sus hijas?

Muy bello el poema. Y sí, es terrible. Es una sensación espantosa (risas). Uno se da cuenta cuando habla con ellas, “¿estoy siendo como mi papá o mi mamá y eso es bueno o malo?”. Hablamos mucho de la conciencia y la importancia de la incidencia de ambos padres en la crianza, porque permite trazar relaciones y afinidades. Mi papá es una persona muy austera, muy generosa. Es muy difícil hablar del papá (risas), sobre todo si está vivo y va a leer. Es retraído, como muchos bogotanos, hombres enseñados a no manifestar emociones. Ahí hay un factor asociado con la masculinidad del cual me distancié muy rápido, porque mi papá es una persona que considera, seguramente, que de eso no se habla, que los temas emocionales son señal de vulnerabilidad, espacios de temor, de vacíos.  

¿Siente que a Adriana le ha costado más romper con los roles?

A las dos nos ha costado mucho, por el carácter inconsciente y programado de todos esos gestos. Yo, personalmente, tengo que ser muy cuidadosa porque me costó y me tardé tanto en tratar de encajar 35 años, y hay muchas cosas de mi comportamiento que aún son muy masculinas con las que tengo que luchar todos los días. Y eso es lo que finalmente nos hace más mujeres. Por ejemplo, hay un estereotipo de género en mí, que nos persigue y trabajamos, que podría provenir de la línea patriarcal, y es cierta laxitud y frescura. Digamos, que la niña quiere salir a una fiesta, ¿qué dices? Yo: “Pues a mí me parece muy bien”. Pero quien expresa más preocupación y le persigue el estómago es Adriana, porque ella viene de una familia de solo mujeres que cuidan mujeres y conoce y siente en las tripas los riesgos para las niñas, siente más las urgencias. Yo soy más serena, pero nos complementamos muy bien.

¿Qué sucede en su familia el Día del Padre y el Día de la Madre?

La crianza es una labor colectiva y es algo que se olvida por los roles tan marcados del padre y la madre como actos biológicos. Y lo que la gente celebra son los afectos, sus referentes. Por ejemplo, el Día de la Madre celebramos con las abuelas y aquí, en la casa, mi feminidad y mi participación en la familia desde esa perspectiva. Y el Día del Padre todas celebramos la manifestación de paternidad de Adriana, porque no hay roles específicos.

Por último, usted es una gran lectora, ¿tiene algún referente literario sobre la paternidad, de acuerdo a su experiencia?

La literatura clásica en Occidente es terrible con esa figura porque exacerba sus cualidades y defectos, mediante personajes atroces que solo el paso del tiempo convierte en digeribles. También en los libros de viajes y aventuras lo que uno ve, más que la figura de maternidad o paternidad, es el patriarcalismo, siempre el heroísmo masculino y la dependencia femenina, cosas que se están rompiendo en los últimos años en el mundo de los súper héroes y las mujeres resignificadas. Por otro lado, soy muy aficionada a la ciencia ficción, que es muy iconoclasta con la familia, porque casi siempre trata de soslayar o romper estos parámetros que plantean la familia como un escenario persistente a través del tiempo.

Las opiniones de Juana Pasión Baptiste, hija, 13 años



El colegio en que estoy es de mente muy abierta, entonces la gente no tiene problema con nada de eso. Cuando estaba más chiquita había un chico, que ahora es mi amigo, que decía: "Si yo tuviese un papá así, no lo querría". Y yo decía: "Se nota que no tienes un papá así. ¿Decir que no querrías a tu papá? Obvio lo querrías, es tu papá".

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Yo le digo papá. Y en muchas cosas uso el femenino, porque es lo que es y le gusta ser.

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De algunas personas pienso: Qué tristeza vivir con odios sin sentido hacia alguien que no te ha hecho nada y es distinta a ti, y que no tiene por qué ser tratada diferente. Lástima, porque eso te quita oportunidades, gente chévere a quien conocer.

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Mi mamá es mi mamá y mi papá también es mi mamá, y es mujer. Yo le digo papá. No es muy complicado. No hay que darle tantas vueltas al asunto. Ella es como es. La gente no está muy familiarizada y entiendo que estén curiosos y hagan preguntas, pero mientras respeten y no sean groseros, está bien.  

Las opiniones de Adriana Vásquez, esposa

Los trans generan risa, lo que a mí me produce una profunda ira. ¿Se están burlando de qué? Y Brigitte no se entera, por eso estoy atenta y a veces es agobiante. Entiendo que la gente se sorprenda, pero la risa es un acto muy violento.

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Las niñas no tienen prevenciones, porque toda la vida ha sido su familia. Lo difícil y fuerte es pasar a que ellas entiendan que hay personas que no respetan y pueden agredir.

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Alguna vez una de las niñas dijo que a una amiga el papá no la dejaba venir a esta casa hasta que Brigitte fuera un hombre. No sé si no nos han contado más cosas, porque ellas también son muy inteligentes y no creo que estén alejadas de esas reflexiones. Además, están en un colegio que es totalmente reflexivo en materia política. Y lo de Brigitte es un acto político.

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A mí todavía me cuesta el femenino. Siempre trato de buscar el indefinido, porque nuestra relación inició en masculino, pero cuando hablo con otras personas, por respeto a Brigitte, hablo en femenino. Estoy trabajando en eso (risas).

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Realmente no festejamos esos días. Es una excusa para los abuelos y las abuelas. Pero el Día de la Madre me lo celebran a mí y el Día del Padre a Brigitte, y a ella le dicen papá. Así de sencillo.

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