Las historias suelen tener un comienzo y un final. Las dimensiones habituales de cualquier narración. Pero luego hay historias que tiene un comienzo que encierra muchos finales. Otras que empiezan y parece que nunca terminan aunque su final ya sucedió. E incluso las hay con un final que ni siquiera es aún un final, porque en realidad todavía no ha tenido lugar, pero que queda como tal. Esta, la de Charles Milles Manson (Cincinnati, Ohio, 1934 - Bakersfield, California, 2017), inductor de un asesinato múltiple, el preso más famoso de Estados Unidos, ícono maldito del siglo XX, personaje célebre de la cultura popular, monstruo humano del imaginario colectivo, es una historia que aglutina en sí misma esos cuatro tipos de historias.

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La primera es la más conocida y repetida. En el verano de 1969 Manson era el supuesto líder de una comuna hippie que vivía en un rancho en California. Había salido de la última cárcel por la que había pasado dos años antes. Entre correccionales y prisiones vivió la mayor parte de su existencia encerrado. Él mismo me contó, en una entrevista que conseguí con él hace unos años, que fue entre rejas donde creció. “Me criaron los gánsteres y los viejos de la cárcel. Yo nunca tuve un fuera en mi cabeza”, me dijo.

Aquella, la suya, su Familia, como se la etiquetó después a lo largo de un juicio que se convertiría en puro espectáculo, era una comuna más del final de aquellos felices años sesenta. Todo estaba, digamos, en orden. Neil Armstrong pisaba la Luna, había manifestaciones contra la c ruenta intervención en Vietnam y los hippies aquellos pregonaban sus eslóganes de paz y amor entre noches de sexo y LSD y de reacción, sobre todo, y oposición, al sistema. Manson y los suyos eran solo unos cuantos jóvenes (él no tanto, que ya tenía 34 años) más así. Pero la madrugada del 9 de agosto pusieron la historia patas arriba cuando acudieron al 10.050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, y mataron a cinco personas, entre ellas la actriz Sharon Tate, la esposa embarazada de Roman Polanski. Al día siguiente mataron a otras dos personas. Los asesinos y Manson, juzgado como inductor de los crímenes, fueron condenados. Presentación, nudo y desenlace. Hasta aquí la primera historia.

Ahora llega la segunda. Aquel crimen, al margen de todo lo que lo rodeó, del espectáculo mediático, del circo que crearon sus protagonistas durante el proceso, de las declaraciones de Manson, del inicio de la construcción de su personaje como hoy lo conocemos, fue simbólico.

Encerraba en sí mismo, como decíamos, muchos finales. Archivó definitivamente la década de los sesenta en Estados Unidos. Y de alguna manera finiquitó también, como algunas teorías han señalado después, el movimiento contracultural, aquel movimiento antisistema que floreció en los años sesenta, a ritmo de música beatle, mientras en Estados Unidos aumentaba la pugna social, el activismo por los derechos civiles y llegaba desde el lejano Oriente el olor de la nube de napalm. De repente uno de aquellos grupos de jóvenes que preconizaban el amor libre y la paz se convertía en una banda salvaje de carniceros que mataban a puñaladas. Como si la comuna, como si las drogas y el amor libre los hubieran vuelto locos.

El crimen impactó al mundo, pero sobre todo conmocionó a Estados Unidos. Además, en otro de los finales que encierra, aquel crimen supuso un antes y un después para Beverly Hills. La ciudad de Los Ángeles era un sitio idílico, de casas sin muros, de puertas abiertas, donde los famosos convivían con sus vecinos. Tras aquel crimen se empezaron a levantar muros y a cerrar vallas frente a las casas y las mansiones y Beverly Hills comenzó a convertirse en el Beverly Hills por el que hoy deambulan los autobuses de turistas en los que, por megafonía, se anuncia a qué famoso pertenece cada vivienda que apenas se ve detrás de cada muro a ambos lados de la calle.

Después están esas historias que terminaron pero que parece que nunca lo hicieron. Esta ya lo hizo. Manson fue condenado en abril de 1971. Ahí terminó todo. Y ahí hubiera terminado más rotundamente si no se hubiese quedado en un limbo legal. Inicialmente condenado a la pena de muerte en la cámara de gas, antes de que se ejecutase la sentencia, en 1972, la pena capital fue abolida durante unos años en California.

A Manson se le adjudicó entonces la segunda pena en importancia que existía: cadena perpetua con revisiones de libertad condicional. Desde entonces, casi cinco décadas después, Manson había vivido en la cárcel de Corcoran, en California, en una unidad especial donde no solo se vigilaba por lo que pudiera hacer él, sino sobre todo por lo que otros reclusos pudieran hacerle a él en busca de notoriedad.

Y desde entonces, también, había tenido una docena de vistas de condicional a las que acudía para lanzar mensajes absurdos y apocalípticos, que pueden encontrarse fácilmente en YouTube o en las transcripciones oficiales. O a las que ni siquiera acudía porque directamente no quería. En una de ellas llegó a decir que no iba porque estaba trabajando en su página web. Da igual. Aunque la ley le diese ese derecho a poder aspirar a la condicional, nunca hubiera salido de la cárcel. La última sesión fue en abril de 2012. Manson no asistió a la vista y se fijó la siguiente con el plazo máximo: 15 años.

Pero aquel limbo legal inicial en el que estuvo permitió que durante años se terminase de construir su personaje. El de ese Manson entrevistado en la cárcel en contadas ocasiones, cuando el gobierno de California aún permitía que se entrevistase a los reclusos en persona. Hoy ya está prohibido. Cuando lo entrevisté tuve que hacerlo por teléfono, pues traté de conseguir un permiso para visitarlo cara a cara, pero el Departamento de Prisiones del Estado lo rechazó. Manson telefoneó así desde la cárcel a uno de los amigos que tenía afuera y este me rebotó a mí la llamada. Con esas entrevistas en las que el viejo Charlie fue asomando su hocico entre los barrotes y lanzando sus pintorescos mensajes se ha creado el personaje. Hay gente en Estados Unidos hoy que aún confesaba temer que Manson saliese de la cárcel, aunque nunca lo habría hecho. Incluso que decían haberlo visto por la calle, aunque no había salido jamás de la prisión en casi 50 años. Hasta Quentin Tarantino está preparando un filme sobre el personaje.

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El crimen y algunos criminales generan atracción pública. Fascinación. Morbo. Dicen los expertos que los crímenes de Jack el Destripador en el Londres de finales del siglo XIX fueron los primeros que crearon ese runrún en la opinión pública y con los tabloides. Hoy parece que ya no hay periódicos, pero Manson ha vivido sus décadas de gloria con ellos, con la consolidación de la televisión, con la llegada de internet, con las redes sociales... Con toda la artillería, vamos. Porque no ha sido siquiera él quien realmente ha espoleado todo eso. Sí, dirán, algo ha hecho, su mérito tiene. Es verdad. Ahí están aquellos videos de sus entrevistas durante los años noventa o de esas vistas de condicional. “Si yo empezara a matar, no quedaría nadie”, dice en uno de los más populares, tras un festival de muecas y de haberse agitado durante un rato. O sus declaraciones de los últimos años. “Soy muy mezquino. Soy muy mal hombre. Sucio. Estoy en la plaza de toros. No juego. Disparo a la gente. Soy un forajido. Soy todo lo malo”, me dijo a mí. “Cuando me voy a dormir no estoy entre estos muros. Estoy alrededor tuyo. Dentro de ti. Soy todo el mundo”.

Mensajes así tienen su mérito, cierto. Si se hubiera callado se hubiese difuminado su figura. Pensemos en otros criminales mediáticos, como Mark David Chapman, por ejemplo, el asesino de John Lennon. Pero Manson ha seguido hablando. Y sobre todo ha continuado rodeándose de gente a su alrededor, de extraños personajes, inofensivos totalmente, que han vivido incluso en Corcoran para estar cerca de él o que se han puesto en contacto con él.

George Stimson fue uno de ellos, durante los años noventa. Recientemente Stimson me contaba que hay mucha gente que se ha dirigido a Manson, cada uno con diferentes motivaciones. Hay quien ha buscado incluso el negocio, tratando de conseguir alguna carta o algún objetivo suyo que subastar en internet, donde es el criminal más cotizado de un fenómeno que se conoce como murderabilia, la subasta de artículos que pertenecen o han usado algunos asesinos. “Pero Manson es consciente de todo y sabe ver las motivaciones detrás de cada persona”, me dijo. Stimson también destacó la “positividad” que el preso seguía teniendo a pesar de su vida. Rose, una mujer de Texas con la que Manson charlaba de vez en cuando por teléfono, me llegó a confesar que tras fallecer su madre recibió una llamada del preso y que aquello la consoló como nada. También me dejó escuchar grabaciones de sus conversaciones en las que básicamente ella lanzaba preguntas al aire y Manson respondía lo que le daba la gana. “¿Que qué pasará con mi cuerpo cuando muera?”, le respondía repitiéndole su pregunta una de las veces. “¡Yo soy solo una verga!”. Fernando, un joven educado y con estudios universitarios de Brasil, me contó que se puso en contacto con el preso porque cree en su visión sobre el medio ambiente y en el movimiento que lideraba desde la cárcel, bautizado como Atwa (acrónimo, en inglés, de Aire, Tierra, Agua y Animales). Tanto llegaron a creer sus acólitos que en 2012 lo inscribieron en el Registro de Asociaciones de Caridad de California y fue aceptado por el Estado y reconocido así oficialmente, con exención de pagar impuestos incluida.

Craig Hammond y Afton Burton, un septuagenario y una veinteañera bautizados por Manson como Gray Wolf y Star, vivían en Corcoran para atenderlo, para acudir a sus visitas o tratar de ganar algún dinero también vendiendo camisetas o los dibujos que Manson hacía a través de la página charliesarts.com. Burton, de 29 años, incluso intentó hace dos años casarse con él en la cárcel, pero les denegaron el permiso.

Son todos ellos los que han contribuido también a inflar la leyenda. ¿Si aquella Familia que tuvo en los sesenta cometió aquellos crímenes, qué podría hacer una nueva Familia? Pero el enunciado es falso. No son nadie. Ni siquiera han dado nunca algún problema en el pequeño pueblo de Corcoran, donde viven, como me contó uno de sus jefes de Policía. Han sido los medios de comunicación los que han consolidado y perpetuado el Manson icónico. Con entrevistas, con reportajes en los que cada año, cada aniversario, se recordaban aquellos crímenes, o convirtiendo en noticia cada hecho que tenía, aunque sea de refilón, algún tipo de relación con Manson. Si solo hubiera dependido de él, la historia de Charles Manson habría terminado en 1971 con su condena.

Y sin embargo, lo más paradójico de esta historia que esconde tantos finales, es que el final de Charles Manson ya se había producido antes de que finalmente falleciese el domingo 19 de noviembre por la noche, tras agonizar en un hospital durante varios días. Y no una, sino varias veces. Hace tres años terminó difundida en los medios de comunicación una noticia falsa que decía que había muerto. Las reacciones en las redes sociales lo convirtieron en trending topic. Pero Manson seguía vivo. Como me dijo a mí hablando en español cuando lo entrevisté: “La hierba mala no muere”. El pasado enero volvió a suceder. Manson sufrió una hemorragia intestinal y debió ser trasladado a un hospital fuera de la prisión. Las noticias y las reacciones en las redes entonces fueron las mismas que si hubiera muerto. Las mismas que se repitieron ahora en noviembre en los días en los que estuvo ingresado. Las mismas también que sucedieron días después tras anunciarse por fin su muerte, con 83 años recién cumplidos, y los medios volvieron a recordar entonces lo mismo que llevaban recordando periódicamente desde hace casi 50 años.

Las mismas historias que recuerdan la versión oficial que quedó de sus crímenes y cómo, ido por las drogas y alucinado, quería espolear una guerra racial tras la que supuestamente él y los suyos liderarían el mundo. Y las mismas teorías contrapuestas que han ido conociéndose durante estos casi 50 años en las que se niega aquella versión que estableció el fiscal Vincent Bugliosi en el juicio. Todo igual. Así que cuando de verdad llegó su final biológico no importó, porque ya había sucedido muchas veces antes. Esta era, en definitiva, una historia con un final que ya se había contado. Una historia en la que poco importaba, aunque parezca mentira, que su protagonista, Charles Manson, un mito del siglo XX, estuviese vivo o muerto.

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