Yo creo que a Betancur le dio miedo. Pero esa es mi teoría. “Cuénteme, qué es lo que quiere saber. Estoy a su disposición”, me dice por teléfono el martes 24 de abril de 2018. Habla despacio, su tono es amable. Cierro los ojos mientras lo escucho (esa voz) y regreso en el tiempo a la casa de mis abuelos y recuerdo a mi madre diciendo: “Ese hombre es un poeta, mijo”. ¿Qué quiero saber? Quiero saber, presidente, por qué no hicimos el Mundial de 1986. “Mire, sí, todo comenzó mucho antes de mi presidencia, y sin que hubiera en algún momento un compromiso claro del antes candidato y después presidente para llevarlo a cabo”, me cuenta. No sé por qué habla en tercera persona. Pero lo que dice, cualquier cosa que dice, suena bien; esa voz. El antes candidato tenía sus dudas sobre realizar el torneo en el país. Y el después presidente era claro: “El Mundial en bien de mi Patria; no mi Patria al servicio del Mundial”. Tenía lógica. Pero más allá de eso, creo que a Betancur le dio miedo.

No sucedió. El domingo 11 de julio de 1982, en la pantalla electrónica del estadio Santiago Bernabéu de Madrid, jamás se leyó el aviso: “Nos vemos en Colombia 86”. El Mundial de España terminaba con la victoria azzurri, Italia 3, Alemania 1. En la tribuna de invitados especiales se encontraba Alfonso Senior Quevedo, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol y miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA, quien sentía que algo se derrumbaba.

Tres años de lobby, en el 74, Alfonso Senior logró lo que antes parecía imposible y después confirmó serlo.

Esa iba a ser la gran noche. Así se había planeado. Los 90.000 espectadores del estadio madrileño debían tener una flor de Colombia y agitar una pequeña bandera tricolor. No pasó. Los medios de nuestro país anunciaron que 32 toneladas de material publicitario habían viajado a tierras ibéricas para comenzar la conquista del mundo. Durante el torneo se debían repartir 30.000 discos promocionales y 100.000 viseras con el logo de Colombia 86. ¿Se hizo? Pero lo que más inquietaba a Senior era la ausencia en el estadio del presidente electo Belisario Betancur Cuartas, invitado de honor del rey Juan Carlos. No viajó. Su espacio vacío era un mensaje. Esa noche, mientras Italia celebraba y Paolo Rossi reía, Alfonso Senior empezaba a temer que tendría que conformarse con eso, con ver la copa dorada desde lejos y siempre en otros países. Lo peor vino meses después.

Lo mejor había pasado ocho años antes, el 9 de junio de 1974. Ese día, desde Estocolmo (Suecia), la Federación Internacional de Fútbol Asociado, presidida por el brasilero João Havelange, anunció oficialmente que Colombia sería la sede del Mundial de Fútbol de 1986. Este, más que un logro nacional, colectivo, había sido gestado por Senior Quevedo, un comerciante barranquillero, hábil relacionista público, fundador del Club Deportivo Los Millonarios y un hombre que se codeaba con la élite política y con los ilustres barones del fútbol internacional. Senior, que jugaba en otra liga, soñó y creyó que podíamos hacer el Mundial. Se equivocó.

Los presidentes muertos

“Mi papá solía decir: ‘Si Chile fue capaz en el 62, si Brasil lo hizo en el 50, México en el 70 y Argentina en el 78, ¿por qué nosotros no?’. Era posible. Si usted revisa, ninguno de esos países era extremadamente rico, no eran potencias, pero habían realizado buenos mundiales. Colombia también podía, claro que podía”, me dice Alfonso Senior Pava (a quien todos conocen como ‘Senior Jr.’) un sábado de finales de abril de 2018, en la sala de su apartamento, en el norte de Bogotá. Con él, hijo mayor de Senior Quevedo, repasamos una historia que según la mayoría de artículos y crónicas comenzó en 1970, en los últimos meses de la presidencia de Carlos Lleras Restrepo. Sin embargo, aclara Jr.: “La idea venía rondando la cabeza de mi padre desde que terminó el Mundial de Chile”.

Senior Quevedo, como se cuenta en la biografía Yo puse a bailar al Ballet Azul, de Germán Zarama de la Espriella, abordó al mandatario en el lanzamiento de los Juegos Nacionales de Ibagué, en 1970, y le pidió permiso para presentar la candidatura del país en el congreso de la FIFA, que se celebraría en mayo de ese año. “Y Lleras Restrepo le dio el apoyo. Estaba muy ilusionado. De hecho, todos los presidentes le dieron el aval a mi papá para que llevara a cabo el Mundial”. Cuando Senior Jr. habla de “todos los presidentes” se refiere, y tomen nota, a Lleras Restrepo (quien gobernó de 1966 a 1970, fallecido ya, muerte natural), Misael Pastrana Borrero (1970-1974, difunto él, muerte natural), Alfonso López Michelsen (1974-1978, muerte natural), Julio César Turbay Ayala (1978-1982, murió, supongo, de vergüenza por dejarnos un país en ruinas) y Belisario Betancur Cuartas (1982-1986, sobreviviente, 95 años). Es decir, esta historia tiene más protagonistas muertos que vivos. Y con ellos se fueron muchas verdades. Por eso es difícil reconstruirla al detalle.

A falta de plata, Turbay ofreció su “apoyo moral” para la realización del Mundial.

Presidente, sigo sin comprender por qué no hicimos el Mundial. “El evento nos tomó por sorpresa a los aficionados del fútbol, porque yo lo soy; y sin preparativos de ninguna clase, sobre todo financieros. Las exigencias de la FIFA eran imposibles de cumplir por la precariedad económica del momento, no solo la nuestra; todos los países de Latinoamérica habían suspendido los pagos de su deuda. Sin embargo, Colombia mantenía su palabra de honor para cumplir esos compromisos, sin que ello significara que tuviéramos los recursos para atender el campeonato”, me dice Betancur.

Alfonso Senior Quevedo logró, solo, lo imposible. En mayo de 1974, en un congreso de la FIFA en Alemania, su propuesta para que Colombia fuera el anfitrión de la Copa del Mundo de 1986 había triunfado no por unanimidad, sino por “aclamación”, los demás miembros del Comité se habían parado a aplaudir la detallada presentación nacional. Ese día le ganamos por goleada a la delegación yugoslava, que también tenía pretensiones de realizar el evento, pero prefirió abstenerse. Senior lloró. Y con el paso de los años, cada vez que recordó ese momento, las lágrimas felices acudían. Su llanto fue una anécdota. La realidad era otra. Se fueron tres periodos presidenciales, ¡12 años para planear el torneo!, pero no lo hicimos.

Apoyo moral

Para que un evento de esa magnitud se llevara a cabo (especialmente en esos años, en los que las marcas comerciales no participaban tan activamente), lo primero que exigía la FIFA era la voluntad política del gobierno de turno. Y es cierto que siempre la hubo. El certamen tuvo el aval de todos los presidentes. El aval, no la plata. Ninguno quería comprometer las arcas del Estado. A principios de los ochenta se calculaba que realizar el Mundial costaría alrededor de 660 millones de pesos de la época (11 millones de dólares). El dinero recaudado al terminar el torneo sería repartido así: 25 por ciento para el país organizador, 65 por ciento para las selecciones participantes y 10 por ciento para la FIFA (es decir, para Havelange y sus muchachos).

“A mi papá le decían: ‘Tranquilo, Alfonso, falta mucho para el 86’. Y todo seguía igual”, recuerda Senior Jr. Su padre estaba impaciente. Él sí tenía un plan. Así como Chile 62 se hizo a la chilena, Colombia 86 se haría “a la colombiana”. A la colombiana, pero bien. Era un plan austero y posible, que reñía con las peticiones de la FIFA (que fueron creciendo a través de los años), y solo esperaba la bendición presidencial. Ningún mandatario la dio.

El plan austero le parecía sensato a Jaime Castro Castro, uno de los pocos que creían en la causa. El exalcalde de Bogotá, senador en esa época y además presidente de la Dimayor (1981-1982), me lo dice en un correo electrónico: “Fui decidido partidario de ese Mundial porque creo que le convenía a Colombia. Adelanté gestiones para que fuera una realidad. Lo habríamos podido hacer siguiendo el ejemplo de Chile, sin inversiones faraónicas. Pero el que debía decidir era Betancur. Ahí murió el Mundial para nosotros”.

En medio de la controversia, a Belisario le tocó tomar la incómoda decisión de decirle “no” al Mundial.

¿Así fue, presidente? “Mire, no podíamos hacer el Mundial, habría sido una frustración histórica e histérica del país; no había preparación, ni había circulante, no había moneda. Los clásicos decían “do non ay moneda, non ay merchandía”, me dice por teléfono Betancur. Sus frases son del Libro de buen amor, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita.

El expresidente Ernesto Samper Pizano, quien lideró la Asociación Nacional de Instituciones Financieras entre 1974 y 1981, fue otro de los defensores de la causa. De hecho, la ANIF presentó un documento sobre los beneficios del Mundial. Desde Argentina me mandó un audio por WhatsApp para confirmar su postura: “Estos estudios no solo incluían un análisis económico, porque los mundiales se pagan a sí mismos; mostraban que el evento mejoraría la imagen de Colombia (…). Habría sido una especie de limpieza facial que le hubiera traído al país beneficios en materia de inversión extranjera y de negocio. Lamentablemente, hubo mucha torpeza en uno de los ministros del gobierno de la época (que nadie quiso identificar para este artículo), que llevó a desconsiderar el Mundial con argumentos populistas”.

El Mundial dividía a los políticos. Y estos se encargaron de dividir al país. Se dijo que el evento era inútil, que la nación necesitaba casitas, hospitalitos e infraestructura y que el torneo era un pésimo negocio. Hubo acalorados debates. Uno de los fieros opositores del campeonato fue el senador Federico Estrada. Colombia no creía en Colombia. Pero la FIFA sí, paradójico, ¿no? Como recuerda Senior Jr., los inspectores de la Federación “vinieron varias veces durante esos años (el primer viaje fue en 1973). Vieron los proyectos y los estadios; estuvieron en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, y siempre sus informes fueron positivos”. Lo negativo era el entorno. Y, si todo estaba mal, todavía teníamos a Turbay. En los últimos meses de su mandato intentó darle vida al campeonato a través de un proyecto de ley que, obviamente, se hundió. Para terminar su faena, en un viaje a Brasil dijo que el país no tenía dinero para hacer el Mundial, pero que él ofrecía su “apoyo moral”. Textual.

También Kissinger

Cuando se enteró, Havelange montó en colera. “¿Moral?”. A él, moral nada. A él, el billete. Y su mano derecha, Hermann Neuberger, empezó con las máximas exigencias: los cincuenta automóviles de lujo para los directivos de la FIFA, una excelente red férrea, aeropuertos imposibles, congelar las tarifas de los hoteles desde el primero de enero de 1986... ¿Por qué, si la FIFA conocía las condiciones del país y su infraestructura, hacía esas peticiones? Para presionar al gobierno ?que durante doce años nada hizo? y, seguramente, para forzar a que renunciara a la sede.

El Mundial colombiano murió poco antes de que se disputara la final de 1982 en el Santiago Bernabéu. La ausencia de Belisario Betancur en el torneo colmó la paciencia de los dirigentes de la Federación Internacional de Fútbol Asociado. En el artículo ‘Colombia pagó el pato’, publicado por Semana el 20 de julio de ese año, se habla de una cena secreta que tuvieron Havelange y Henry Kissinger, un aficionado al “soccer”. Esa noche, el que fue secretario de Estado de Nixon le pedía al presidente de la FIFA que considerara a su país como sede del torneo ante el fracaso silencioso de Colombia. Con ellos estaba el presidente de la Federación Estadounidense de Fútbol, Gene Edwards. Las conspiraciones habían comenzado. El Mundial, finalmente, se haría en México, país que sí pudo realizarlo a pesar del brutal terremoto de 1985.

Aunque la empresa privada nacional intentó ayudar (tarde, por supuesto) al poner en marcha la Corporación Colombia 86, liderada por el Grupo Grancolombiano, la FIFA había sido clara: para que la Copa del Mundo sea una realidad se necesita del irrestricto apoyo (económico y moral) del gobierno. Y este no existía. De otro lado, por fortuna Havelange y su tropa no aceptaron la propuesta de los empresarios del país, ese mismo año se destapó el escándalo financiero del Grupo Grancolombiano, así que el final habría sido el mismo: un fracaso.

De izquierda a derecha: Alfonso Senior, Havelange y Turbay, en uno de sus intentos fallidos de poner de acuerdo a la FIFA con el gobierno colombiano. 

A finales de octubre de 1982, el presidente Betancur ya lo había decidido. Tomó el teléfono y llamó a Senior Quevedo. “Belisario comenzó diciendo: ‘Alfonso, cada hombre mata aquello que ama’. Mi padre le respondió: ‘¡Oscar Wilde!’”, recuerda Senior Jr., así terminó todo. Al día siguiente se haría el anuncio oficial. “Guardo una foto que simboliza el final de tantos años de esfuerzo. Salió en un diario capitalino que hoy ya no existe. En la imagen se ve a mi padre en bata y piyama, con él está su hijo menor, Diego Fernando, quien tendría 2 años ?hoy trabaja para National Geographic en Estados Unidos? y en el televisor está Belisario hablando. Esa imagen lo dice todo. El batacazo fue terrible”.

El 26 de octubre, Belisario Betancur en un discurso televisivo dijo: “Aquí en el país tenemos muchas cosas que hacer, y no hay tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios”. Entonces terminó el partido. El mandatario había recibido una nación en ruinas, con reducción en los precios internacionales del café, con una deuda externa de 5000 millones de dólares, con una caída de 19,8 por ciento en las exportaciones y con una inseguridad atroz (era el inicio de una década sangrienta). Por eso, creo yo, a Belisario le dio miedo. Quizás era irresponsable hacer el Mundial. Quizás no. Quizás el evento pudo ayudarnos, al final, lo único que nos une a los colombianos son el fútbol y las tragedias. Pudo haber sido una oportunidad. Quién sabe.

El Nobel

Presidente Betancur, ¿por qué le dijo que no a la Copa del Mundo? “No fue así. Yo no lo suspendí, solo que nos llegó inoportunamente. Entonces lo que hice fue sustituir la tristeza del Mundial por la alegría del Nobel”. Esa voz. ¿El Nobel, presidente? “Los dioses dispusieron que en ese momento en Suecia (21 de octubre de 1982) anunciaran el Premio Nobel de Literatura para García Márquez, y con eso se atenuó, un poquito, la pesadumbre unánime de los colombianos, incluida la tristeza del propio presidente. Pero yo también estaba triste”. ¿Qué tan triste, presidente? “Mire, por razones de mi propia vida, crecí sin saber llorar para afuera, pero lloro para adentro, es una implosión que produce un nudo desagradable en la garganta, eso fue lo que me ocurrió a mí, llorar, llorar para adentro. Hasta ahí tengo memoria. Lo demás es desmemoria entristecida”. ¿Se arrepiente, presidente? (guarda silencio) “Dice el poeta que todo tiempo pasado fue mejor”. No sé si aún está hablando en tercera persona.

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