Corría el año 1993, en el mundo se anunciaba la disolución de la Unión Soviética, se hacía público el ensayo de la clonación humana y Spielberg se aseguraba un lugar en la historia con Jurassic Park, la nasal voz de Ramazzotti “inmundaba” el ambiente, los pelos de Gloria Trevi salían hasta en la sopa y Axl Rose era una especie de semidiós en leggins, Argentina se proclamaba campeón de América y R. Baggio ganaba un balón de oro que, de ser posible, hubiera intercambiado sin pensar por una oportunidad de repetir el cobro de penal que ejecutaría un año más tarde.

Yo estaba cerca de cumplir mi primer año en Colombia, y para entonces ya había conocido la oscuridad de los apagones, el sonido tosco que producían las bombas de un tal Escobar, el sarpullido que produce la ingesta excesiva de frutas tropicales, las quemaduras que provoca el sol a 2.600 metros de altura, y sobre todo, había experimentado una extraña sensación que no podía entender en ese momento. Una combinación de angustia, sufrimiento y necesidad, y que solo se manifestaba durante los juegos de ese exótico equipo que era, para mí, la Selección Colombia.

Pero no quiero que me malinterpreten, porque cuando uno tiene 10 años los apagones son sinónimo de escondidas, las bombas detonan sin efecto psicológico, los sarpullidos no afectan tus relaciones sociales, la insolación indica los niveles de diversión obtenida en la calle y, con el tiempo, descubrí que esa extraña sensación que me producía aquel pintoresco equipo de jugadores de diferentes razas, estilos, peinados y temperamentos en América Latina recibía el nombre de pasión.

  

Pues justamente durante ese año empírico, más precisamente el 5 de septiembre, un día de pasión desenfrenada, fui invitado a la casa de mi vecino y primer amigo verdadero en este continente. Lo recuerdo como si fuera ayer: gritos exaltados, pupilas dilatadas, abrazos que no buscaban un dueño en particular, la paradisiaca cumbia, la entrecortada voz del narrador a punto de quebrarse, tres generaciones envueltas en amarillo, azul y rojo, y un exuberante y desconocido olor que salía de la cocina, le daba el toque final a un cóctel de sensaciones que estaba alterando, no solo mi manera de percibir el fútbol sino la vida misma.

La responsable de aquel brebaje embriagante era la Selección Colombia, que al término del primer tiempo le estaba ganando 1 a 0 al reinante campeón de América. Cuando de repente, ante mis ojos apareció, sobre un plato, un humeante bulto envuelto en unas hojas de una especie de repollo tropical. La fuente de aquel aroma desconcertante, y que para ese momento ya se había apoderado de toda la casa, era un tamal. El segundo tiempo estaba a punto de arrancar, así que todos con tamal en mano se apresuraron a volver a sus respectivos puestos, dejándome solo con la tarea de descifrar cómo carajos se comía esa vaina.

Tenía hambre, así que me dejé guiar por el instinto el cual me indicaba que debía comenzar por desamarrar la cuerda que le otorgaba al bulto su forma de ancheta, una palabra que aprendí esa navidad. Tan pronto quité el nudo, el tamal se abrió como se abrió la defensa Argentina para que el Tino anotara el segundo de Colombia. La euforia lanzó un par de tamales al aire, cual birrete en graduación, y si no es por el hambre y la curiosidad que había despertado en mí nariz, también el mío hubiera acabado en la boca de Paco, el perro de la casa. Después de unos minutos todos se volvieron a acomodar y yo finalmente pude darle una probada.

El sabor no era parecido a nada que haya comido antes: era amargo, carrasposo, difícil de masticar y pasar, pero como yo provenía de un país con una historia difícil, jamás me hubiera permitido despreciarlo. Así que respiré profundo y para cuando Freddy anotaba el segundo de su cuenta personal, yo ya me había comido casi todo, solo me faltaban un par de esas hojas verdes que tanto me costaba hacer bajar por la garganta, pero nada que un vaso de gaseosa no haya podido solucionar.

El partido acabó y la algarabía se apoderó del lugar. La madre de mi amigo pasaba presurosa con una bandeja recogiendo los platos. Cuando llegó a mi lugar yo ya tenía la mano estirada y lleno de orgullo sostenía mi reluciente plato, pero a cambio ella me devolvió un gesto discordante. Miré la bandeja que cargaba y observé que los demás platos tenían las hojas de repollo intactas, me puse nervioso y pensé que tal vez se había molestado porque el plato vacío era un gesto descortés que insinuaba que la ración estaba pequeña. Pero ella volvió casi de inmediato, y con escoba y recogedor en mano comenzó a buscar algo en el piso justo donde yo me encontraba sentado. Al no hallar nada se dirigió a mí para averiguar dónde rayos yo había tirado las hojas del tamal.

Al principio no entendí muy bien lo que me preguntaba pues mi español aún era limitado, pero cuando logré comprender lo que ella estaba buscando, me tranquilicé y le dije que todo estaba bien y que me había acabado hasta la última hoja de repollo. Esto hizo que su mirada se tornara aún más extraña que la de hace unos segundos, y después soltó una carcajada que me dejó absorto, y que hizo que todos los que andaban celebrando, volcaran su atención hacia el extranjero de mirada confundida y cara pálida.

Lo que siguió después ya se lo podrán imaginar, solo voy a decirles que después de más de 20 años, aún sigo siendo objeto de burlas referentes al caso. Pero eso no fue lo único que me quedó de ese día, ya que ahora cada vez que veo una tribuna vestida de amarillo, azul y rojo el estómago se me revuelve, la garganta se me pone carrasposa, las manos me sudan y mi corazón se agita cuando, perdonen el atrevimiento, mi Selección salta a la cancha.

Dedicado a mi amigo José D. S. J.

Gracias por tantos años de amistad.

Esta entrada fue tomada de su blog Cucapatada

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