Voy a resumir la semana que pasé en Afrika Burn, la experiencia que me ha dado más fe en la humanidad. Empecemos por los datos generales: es un festival (aunque esa palabra se queda corta) de siete días en el desierto de Tankwa Karoo, a cinco horas de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Forma parte de la organización Burning Man, cuyo evento principal es en el desierto de Black Rock, en Nevada. Cerca de 11.000 personas asistieron a su más reciente edición. Entre ellas, Jason, un amigo canadiense, y yo. Aunque teníamos expectativas altas, era imposible imaginar lo que nos esperaba.

Llegamos un martes en un carro alquilado con todo lo necesario para sobrevivir en el desierto. Ya en el festival vemos decenas de filas de tiendas, luces de neón, personas disfrazadas y algunas mujeres en topless. Ubicamos nuestro campamento, en el cual somos 35 personas, en su mayoría sudafricanos y europeos. El único latino soy yo. Desempacamos y armamos una pequeña carpa que será nuestra casa durante los próximos seis días.

En la primera noche no entiendo bien lo que pasa. Mi percepción es la de una gran fiesta de disfraces y música electrónica. O, simplemente, miles de hippies acampando en medio de un desierto.

Esa sería la observación más superficial, la más pobre. Luego de las primeras 24 horas, entiendo que detrás de esto hay todo un sistema y que, quizás, este tiene más sentido del que conocemos.

Poco a poco reconozco los 10 principios que rigen esta comunidad: inclusión absoluta, dar regalos, ausencia de intercambios monetarios, libertad de expresión radical, autosuficiencia, esfuerzo comunal, no dejar huella (todo lo que se lleva se devuelve con uno), responsabilidad cívica, participación e inmediación (vivir el presente).

Afrika Burn se realiza desde 2007 en un desierto inhóspito a 315 kilómetros de Ciudad del Cabo. A su última edición asistieron 11.000 personas.

Lo primero que descubro es que ayudar es indispensable para formar parte de la experiencia. Me hago voluntario en actividades como lavar platos, separar material para reciclar y construir una ducha. Cada campamento suele aportar una obra o tener un tema que lo identifica. El proyecto en el que estoy se llama Dung Beetle, un escarabajo de acero que transforma plástico en combustible y que a la vez es un escenario para diferentes DJ. Algunos miembros del equipo habían trabajado más de seis meses en su creación. Esta es solo una más de los cientos de obras que se construyen por el simple placer de ofrecérselas a los demás.

No tardo en comprobar que la solidaridad y la generosidad no tienen límite. Con algunos desconocidos, surgen sonrisas y abrazos antes de intercambiar una palabra. Esta forma de interactuar crea una energía alucinante. Después de un par de días de compartir con amabilidad y de no sentir miedo o ver ningún tipo de violencia, se revela la magia de nuestra especie.

En este festival puse en práctica frases que no creía del todo ciertas: “Lo que doy a los demás me lo doy a mí también”, “todos estamos conectados” o “lo que veo en el otro está en mí”.

La primera mañana salgo a caminar con Víctor. Tiene 11 años y es la cuarta vez que viene al festival. Él ya entiende lo que pasa aquí. Neil, su padre, me dice esa noche que él “es un niño con los ojos bien abiertos”. Me cuenta también que en la casa no tienen problema con ver películas con escenas subidas de tono, pero sí con las violentas, pues el sexo es natural y para disfrutarlo; la violencia, no.

Siento una conexión con Víctor porque creo que muchos adultos vienen para volver a ser niños. Una comparación simplista sería decir que esto es una especie de Disneylandia, porque permanentemente sorprende, pero las motivaciones de uno y otro son opuestas.

Aquí, como dije, no hay intercambios monetarios. Está el que se gasta miles de dólares en construir una estructura para quemarla al final, o el que regala pizzas, pulseras o masajes. Pero nada de eso tiene precio. Nadie se enriquece, nadie es más que nadie.

En la tarde de ese primer día llego a otro de los campamentos, en el que regalan café a cambio de piropos. Allí me encuentro con Katri, una rubia finlandesa que me llamó la atención la noche anterior. No hablamos mucho, pero hay una conexión erótica inmediata. Minutos después estamos en mitad del desierto, desenfrenados. Neil me hizo entender después que a esto se refiere el principio de vivir el presente.

Katri, una nómada que viaja por el mundo de festival en festival, fue para mí la pasión, el fuego, el placer.

Esa noche salgo con Katri y disfruto más que nunca de la música electrónica. Cuando estoy en medio de la euforia, ella me sugiere que es mejor seguir cada uno por su lado. Yo le digo que tiene un espíritu muy libre. Sonríe y se va. Me llega la punzada al ego. Aunque aquí todos nos apoyamos mutuamente, no hay espacio para compromisos, mucho menos para el machismo o los celos. Camino solo y reflexiono. Me topo con el campamento del cine, donde están proyectando Pulp Fiction. Me acuesto ahí y permito que las emociones afloren. Lentamente entiendo la lección de desapego que me han dado.

El jueves, tercer día, empieza con mi primera ducha, que consiste en un balde que cuelga de una cuerda y del que sale agua suficiente para quitarse la arena, que lo cubre todo. Luego ayudo a mover el Beetle para preparar una fiesta. Mujeres y hombres trabajamos mano a mano, para beneficio de todos. La voluntad de colaborar nace de forma natural. El sentido común rige mucho de lo que pasa aquí.

Esa noche, caminando con Jason, conocemos a Sina, una alemana con quien en adelante pasaré la mayor parte del tiempo. Esta relación es la más difícil de describir, la más sublime. Si las almas gemelas existen, esto sería lo más cercano. Con ella recorro unos 40 kilómetros en los tres días restantes. Visitamos instalaciones como una inmensa red roja con un colchón, una cama de agua con vista a las estrellas, arañas de madera, globos fosforescentes, todo tipo de vehículos extraterrestres, entre muchas otras obras.

Sina parece leer mi mente. Su inteligencia me sorprende hasta el último instante. Esa noche, hablamos por horas y nos vamos a dormir, cada uno a su campamento. Acordamos encontrarnos al día siguiente, a las 11:00 de la mañana o a las 2:00 de la tarde. Advertimos que “si alguno no llega no pasa nada”.

A las 11:00 estoy allí sin bañarme y vamos al human car wash, la ducha comunal del festival. Nos empelotamos y hacemos fila tomando vino durante unos 40 minutos con decenas de personas también desnudas. Luego nos enjabonan y nos bañan con los brazos levantados, uno tras otro, como a los carros. Refrescados, retomamos la exploración. El sol está picante y la energía del festival se ha afianzado. Lo bueno está por ponerse mejor.

Disfrazarse es esencial en el festival. Sina me pinta la cara y cada uno se pone el atuendo que eligió para salirse del personaje que interpreta en su vida terrenal. Llegamos a un campamento en el que unas 30 personas tienen un conversatorio sobre el poliamor. Allí, Jason se encuentra con una mujer con quien había viajado recientemente y tenía una relación abierta. Pero ahora ella lo está ignorando y encontrársela en este escenario lo deja en shock.

Así es vivir en un matrimonio abierto

En ese momento uno de los participantes en la charla se refiere a los retos de estas relaciones con más de una persona, a lo difícil que es soltar y amar de manera desprendida, de diferentes maneras y a distintas personas. Otro toma el micrófono y habla de la importancia de la honestidad y la comunicación, y del desafío de redefinir el amor. El concepto del poliamor me queda dando vueltas en la cabeza. En este festival se rompen tantos paradigmas que son necesarios estos espacios para desahogarse y comprender otros esquemas. Sina y yo seguimos explorando. Jason se queda enfrentando la situación con su amiga y me dice después que, aunque con dolor, logró quitarse un peso de encima. A cada quien le llegan sus lecciones aquí.

Sina sigue asombrándome. No sé qué tiene, pero hay algo muy especial: podría ser mi pareja en otra vida. La relación es cómoda y relajada, pero a la vez sorprendente y absurda. Nos acabamos de conocer, estamos desconectados de la civilización, no sirve el celular, la superficie parece la de Marte y a nuestro alrededor solo hay vehículos de apariencia extraterrestre, fiestas y seres con atuendos de otra dimensión.

Esa noche el festival alcanza el clímax con su evento principal. Miles de personas forman un círculo para ver la quema de San Clan, la estructura de madera más imponente. Llamas de gran tamaño se levantan por el aire. El acto transmite el espíritu de Burning Man: una obra de arte que requirió mucho esfuerzo, tiempo y dinero ahora se derrumba para deleite de los presentes.

San Clan, la estructura principal, en llamas, uno de los momentos más emocionantes del festival.

El sábado en la mañana, mientras desayuno veo a Katri llegando amanecida. Se nota que ha gozado más que cualquiera. Me ve lavando platos y me ayuda. Cruzamos pocas palabras. No espero nada de ella, pero aún siento algo atravesado en el pecho. Luego, voy por unas cervezas y me la vuelvo a encontrar, de frente. Nos miramos, nos rozamos la piel y de nuevo la chispa se enciende.

Me baño, arreglo mi carpa que está cubierta de tierra (las tormentas de arena son comunes) y a las 2:00 de la tarde me encuentro con Sina. Aunque tengo pensamientos confusos sobre lo correcto o incorrecto del poliamor, entiendo que no está mal en sí mismo tener más de una relación. Hay un sistema predominante que lo castiga, pero no necesariamente tiene que ser así. Hay otras reglas posibles. De nuevo pongo en práctica una frase que pensé que solo existía en los memes: “La culpa solo existe en la mente”. Sina es mi compañera, mi alma gemela, mi amiga. Katri es la pasión, el fuego, el placer.

Paso la tarde con Sina. El atardecer recuerda esa belleza sin límites. Lo vemos desde una estructura de madera con reggae de fondo, mientras Víctor baila y hace maromas. Sina y yo terminamos la noche en una cama de agua en medio del desierto con vista a las estrellas. Máxima plenitud. Otra forma de erotismo.

Cosas que debería atreverse a probar en el sexo

El domingo en la mañana me levanto a desayunar y a empacar. Nos despedimos y nos llevamos todo lo que trajimos. Mientras manejo de regreso a Ciudad del Cabo se me viene a la mente lo que me dijo un amigo cuando volvió del Burning Man en Nevada: “Va a encontrar lo que quiera, todo lo que quiera”. También me acuerdo de su cambio al regresar del festival. Tenía otra mirada.

Luego pienso que desde arriba y en cámara rápida esto debe verse como una flor que nace, revela toda su belleza, muere y desaparece. Ahora mismo, este desierto está vacío, limpio y en silencio.

La verdadera esencia del sexo