Fue en el K2 donde Juan Vallejo decidió jugar la lotería del Himalaya. Caminó con sus crampones una pared de hielo cristalino y Juanito Oiarzabal lo siguió con su equipo para posteriormente alcanzar la piedra 8400, lugar más cercano a la cima de la montaña con 211 metros de desnivel. Eran cerca de las doce del día. Oiarzabal calculó tres horas para llegar a la cumbre, pero su pronóstico era equivocado, llegaría después, a las 5:20 de la tarde.

Es sabido que en el Himalaya el horario para alcanzar la cumbre de una montaña superior a los 8000 metros de altura va de dos a tres de la tarde, pero en el caso de Oiarzabal el avance fue lento y su cuerpo y el de sus compañeros estaban destrozados. Habían continuado con la expedición por no abandonarla, pero incluso antes de llegar a la cima ya padecía principios de edema pulmonar y se había saltado las normativas básicas de seguridad.

“Cada montaña tiene su particularidad, y los retos son los que cada uno se pone. He subido dos veces al K2, fui la segunda persona en el mundo que subió en dos ocasiones allí”, dice Oiarzabal algo presuntuoso, pues con 34 años de experiencia explorando el Himalaya sabe que pertenecer al mundo vertical tiene sus riesgos, y que la ley número uno es no cometer ningún error.

“El 70 por ciento de los accidentes que ocurren en el Himalaya son bajando, entonces lo que hay que pensar es que la montaña no termina en la propia cumbre, la montaña termina cuando has regresado al campamento base”, dice con propiedad. Pero esa vez, atraído como un imán, se dejó llevar por la ambición de la cima, la cual veía muy cerca y que alcanzó sin valer la pena.

En aquel descenso nocturno ocurrido en 2004 Juanito se vio a gatas. Involuntariamente se separó de Vallejo y de Edurne Pasabán, sus compañeros, y dejó de ver las linternas frontales que llevaban. Él no tenía la suya. Juanito estaba desorientado y entonces tomó la decisión de sentarse a esperar el amanecer sobre la nieve, sabiendo que sus pies se congelaban.

“Uno sabe hasta qué punto puede tener los pies fríos, pero llega otro momento en el que te das cuenta de que te estás congelando. No se trata de botas, se trata de la falta de hidratación, de la alimentación, de la exposición, de las horas; se trata de las condiciones de la nieve”.

Cuando se está en el Himalaya la falta de oxigenación y de glóbulos rojos hacen que la sangre se espese, dificultando que llegue a los vasos sanguíneos. Eso puede producir problemas que van desde embolias hasta el congelamiento. “Nos congelamos las puntas de los pies o de las manos porque al espesarse la sangre, los vasos sanguíneos también se cierran. Al cuerpo le cuesta bombear la sangre a los puntos más lejanos, a las articulaciones, y al no tener riego te congelas y te pasan estas cosas”, cuenta mientras pone sobre una mesa los dos pies descalzos y sin dedos, redondos como batatas.

Pese a todo, Juanito no cojea, pero tampoco corre. Eso lo confirma su hijo Mikel, cuando, tras la proyección de un video sobre su padre en el que se le ve haciendo su rutina de entrenamiento, asegura que intenta mantenerse en forma, va al gimnasio, pero no trota, y lleva dos años sin conquistar ocho miles. Pero la lesión de los pies no es su impedimento; después de lo ocurrido en 2004, subió cinco montañas superiores a los 8000 metros.

La imagen fue portada del diario Marca de España, fue tomada en 1999 tras su descenso del Kangchenjunga. Con este logro, Oiarzabal se convirtió en el sexto hombre en la historia en conquistar los catorce ocho miles. 

Duro como la roca

En el mundo hay catorce montañas que superan los 8000 metros y son conocidas como los catorce ocho miles. Todas se encuentran en Asia. Ocho en Nepal, cinco en Pakistán y una en el Tíbet. Curiosamente, para cumplir su objetivo de terminar de escalar por segunda vez los catorce ocho miles, a Juanito le faltan los cuatro menos altos de la lista, el Nanga Parbat (8125 metros sobre el nivel del mar); el Broad Peak (8051), en Pakistán; el Shisha Pangma (8013), en el Tíbet, y el Dhaulagiri (8167), en Nepal, pero aún no puede subir porque en 2015, tras intentar llegar a la cima del Dhaulagiri junto con Alberto Zerain, sufrió su segunda embolia de pulmón.

“No me voy a ir a subir a una montaña de 8000 metros sabiendo que todavía me estoy recuperando de una embolia de pulmón, que estoy con medicación y que me voy a quedar allá”, afirma. Pese a esto, Oiarzabal sigue dedicado a las montañas. Es “tenaz y duro”, afirma su colega Juanjo San Sebastián, con quien durante los últimos años Juanito ha mantenido una amistad. “Es duro porque ha tenido experiencias fuertes. Unos cuantos compañeros han muerto en expediciones con él y nunca se ha apartado de la montaña, nunca ha tenido ningún periodo de inactividad. Juanito hizo muchos ocho miles, pero ahora sigue escalando y esquiando. Es un hombre tenaz, muy enganchado, muy necesitado de la montaña. Tiene una relación intensa con ella, es inseparable”, afirma.

“La próxima primavera quiero volver a intentar subir uno de los ocho miles que me quedan. En enero voy al Aconcagua, Argentina. He subido treinta veces allá, guiando, trabajando con clientes. Hasta ahora, y con la embolia del pulmón, he subido hasta 6000 metros de altura. En Argentina voy a subir 7000, quiero saber cómo me encuentro 1000 metros más arriba para retomar este proyecto de 2 x 14 x 8000 y empezar a subir el Shisha Pangma, en el Tíbet”, dice con la obstinación que lo caracteriza desde su juventud, cuando de la mano de su padre comenzó a explorar la orografía del País Vasco.

“Evidentemente no soy el Juanito de hace diez o quince años, pero si me recupero definitivamente de la lesión retomaré el proyecto. Ahora, si lo termino, cosa que no es imposible, pero que es complicada, tendrán que pasar muchos años para que venga otro iluminado como yo y lo repita”, cuenta con marcado acento vasco.

En los videos que enseña, la voz de Oiarzabal se torna débil y agobiada por la altura de la cumbre. Su forma de escalar se mantiene firme ante la vieja usanza que dicta subir sin tanques de oxígeno al techo del mundo. Critica a los montañistas que suben de esa manera y no le significa nada el hecho de que alguien le diga que ha subido al Everest, pues esa montaña para él ha perdido su identidad y la forma actual en la que se asciende no es correcta, pues, dice, cuenta con un cordón umbilical desde el campamento base hasta la mismísima cumbre.

Desde niño comenzó a escalar en roca guiado por su padre. Su primer ocho mil (Cho Oyu, 8201) lo alcanzó con 29 años de edad. En la actualidad, también se dedica a realizar salidas guiadas con clientes a diferentes montañas del mundo. 

Para superar una montaña de 8000 metros es necesario medir la capacidad técnica, mental y física. Matarse siempre es una posibilidad, nadie está exento de ser alcanzado por una avalancha o de desaparecer al fondo de un abismo mientras se pasa por los peldaños de una escalera dispuesta en el piso para conectar ambos extremos.

Por eso, Juanito sale de su casa asimilando el riesgo de la muerte. Dice que aparta los sentimientos porque si se marcha pensando en eso, no iría. Afirma que su familia y amigos no hacen drama, están identificados con su pasión y saben que ha tenido mucha suerte. A su lado han muerto ocho compañeros y “el que se muere, se muere; el que se queda, se queda jodido. Soy el que se ha quedado, jodido y fastidiado, y la he pasado muy mal. He vivido momentos que me dan vueltas en la cabeza, pero nunca se me ha pasado por la cabeza reprocharles a las montañas”, pues no podría vivir sin ellas y porque los accidentes hacen parte del mundo de la montaña, como la roca o la nieve. Así las cosas, Oiarzabal parece comprender a ciencia cierta de qué esta hecho. No se trata de acumular cumbres, sino de continuar aferrado a la montaña, porque cuando se han alcanzado todas las cumbres, cuando no queda más que alcanzar, se repiten los lugares y “cada vez quieres subir más”. 

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