Adolf Hitler no era un hombre de fútbol. Lo suyo era el boxeo. Pero aquel 7 de agosto de 1936, en plenos Juegos Olímpicos de Berlín, todos los caminos conducían al Poststadion para ver a la selección de Alemania (que venía de arrasar a Luxemburgo 9-0) frente a la chica y débil Noruega. A diez minutos de terminar el partido, Hitler abandonó la tribuna oficial. Iba amargado. Y con él, su séquito en pleno: Goebbels, Hess y Göring.

La derrota 0-2 les sentó peor por el hecho de que los goles de los noruegos fueron anotados por un tal Isaksen. Goebbels escribió entonces en su diario: “100.000 personas (siempre exagerado, porque en realidad eran 55.000) abandonaron el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar algún pueblo en el este…”.

Casi seis años después, en junio de 1942, tras su embestida a la Unión Soviética, Kiev estaba bajo el control de los ejércitos de la Alemania nazi. Había ojos y oídos en todas partes y lo mejor era andarse con cuidado para evitar terminar colgado o fusilado. Algunos, como Josef Kordik, se las arreglaban mejor que otros. Sabía alemán y, además, no era ucraniano sino checo. Los invasores no confiaban en él, pero sabían que tenerlo de su lado era una buena idea. Kordik era panadero y por eso lo dejaron al frente de uno de los principales expendios intervenidos por los nazis en la ciudad. No era un colaboracionista; la suerte mala o buena lo había puesto allí.

El saludo nazi era habitual en eventos deportivos durante la Segunda Guerra, como en este amistoso entre Alemania y Francia.

Aparte de amasar, el checo tenía otra pasión: el fútbol. Antes de la invasión era una presencia habitual en las tribunas del estadio local. Su amor por el deporte lo llevó a querer sacar a la luz un juego que con la guerra había desaparecido en la práctica. Y la ruta era clara: había que dar con los jugadores que solo tres años atrás llevaban multitudes a alentar al Dynamo de Kiev.

Algunos de esos hombres se habían marchado para unirse al Ejército Rojo. Otros estaban confinados en las mazmorras por sus raíces judías o acusados de rebelión o espionaje. Todos estaban a la espera de una condena a trabajos forzados o su ejecución. Había también quienes vagaban en las calles procurando conseguir algo para subsistir.

Uno de estos últimos era Mykola Trusevych. Andaba en los huesos, pero para Kordik no dejaba de ser el que siempre había sido: el gran Trusevych, el arquero del equipo amado. Por eso lo rescató y le dio trabajo. Pero no fue el único. A las pocas semanas, la panadería había reclutado jugadores no solo del Dynamo sino de su enconado rival, el Lokomotiv. No había espacio para pelearse por los colores de una camiseta. Dos veces a la semana, con el permiso de los ocupantes, entrenaban en el estadio Zenit o en predios aledaños. A medida que la gente comenzó a enterarse, empezó a ocupar las gradas y ‘los Panaderos’, que en el fondo eran el Dynamo y el Lokomotiv, formaron una hinchada. El despegue del equipo de Kordik ocurrió cuando se enfrentaron al onceno de una guarnición militar al que demolieron sin problema. Luego vinieron otros, todos terminaron derrotados y humillados. Las goleadas fueron épicas. Era natural: se trataba de jugadores de fútbol profesional derrotando a rivales entusiastas. Jugaron 12 partidos y ganaron 12, marcaron 56 goles a favor (casi cinco por juego) y recibieron 11 en contra (menos de uno por encuentro).

Cartel promocional del juego entre el FC Star y el equipo Nazi.

Ante tal éxito, el Zenit, estadio construido en 1927, se quedó chico. Más cuando los nazis no resistieron la tentación de jugar contra lo que ya era un equipo en toda regla, el FC Start, como fue rebautizado el FC Panaderos, y el 6 de junio de 1942 todo Kiev tenía puestos los ojos en ese campo. El 5-1 que les propinaron a los alemanes disipó cualquier duda sobre su invencibilidad.

Después de eso, los oficiales de la Wehrmacht y los jefes de la Gestapo llegaron a la conclusión de que era necesario poner freno a lo que podía ser el germen de un levantamiento popular cimentado sobre un balón. Pero antes debían demostrar la superioridad de su raza. Así que trajeron refuerzos (aviadores de la Luftwaffe que formaban parte del equipo de fútbol de esa institución) y pusieron como árbitro a un SS. El 9 de junio, tres días después de la primera derrota, los once alemanes, en perfecta formación, hicieron temblar el estadio con el coro de “¡Heil Hitler!”. Los ucranianos sorprendieron con una consigna deportiva que con el paso de los meses se había vuelto grito de guerra: “¡Larga vida al deporte!”. Era sovietismo puro, un evidente acto de sublevación.

El primer tiempo terminó con un cerrado 2-1 a favor del Start. En la segunda mitad, sin embargo, la diferencia se amplió a un contundente 5-3. Mientras Kiev gritaba la victoria, los nazis se fueron aburridos. Más allá de la goleada, el gesto de uno de los jugadores causó una enorme emoción en el estadio. Oleksiy Klimenko dribló a sus marcadores del Flakelf, nombre del equipo alemán, y tras hacer lo mismo con el arquero y con la portería descubierta decidió patear el balón al centro del campo en lugar de anotar el gol. Un mensaje con claros tintes de humanidad a los vencidos que buscaba llegar a los corazones de los opresores. Los nazis aceptaron un juego más con el FC Start. Fue el 16 de junio contra un equipo de Kiev de auténticos colaboracionistas, al que despacharon con facilidad 8-0.

Se vino entonces el segundo tiempo de esta historia, pues los alemanes tenían sed de venganza. Desde hace rato el Dynamo, más que un equipo de fútbol, era visto como un centro de formación comunista; una pieza de la Policía soviética. Las detenciones empezaron el 18 de junio en la panadería y otros sitios. Cuatro de los jugadores fueron objeto de juicio sumario y condenados a muerte. Entre ellos estaban Trusevych (el arquero), Kuzmenko y Klimenko (sí, el mismo driblador aquel). Terminaron fusilados. Otros fueron a dar al campo de concentración de Syrec, donde murieron ejecutados, torturados o víctimas de fatiga a causa de los trabajos forzados. Sus muertes se sumaron a las de entre cinco y ocho millones de civiles ucranianos que fallecieron tras la invasión (500.000 de ellos judíos). La epopeya del FC Start, contada por testigos, terminó hecha un monumento en Kiev que el fútbol del siglo XXI recordará en estos días con motivo de la final de la Champions League.

Pelé es uno de los protagonistas de Escape a la victoria, película basada en la historia del FC Start.

Fue sobre esa misma gesta que escritores y cineastas edificaron sus propias producciones, comenzando por la más exitosa de todas: la película Escape a la victoria, dirigida por John Huston y con la actuación de Sylvester Stallone, Michael Caine, Pelé, Bobby Moore, Osvaldo Ardiles y Kazimierz Deyna, entre otros. Una película con el final hollywoodense que hubieran deseado los inmortales del FC Start.

‘El Partido de la Muerte’, con todo y su trágico desenlace, significó una victoria anticipada sobre el nazismo. Sus autores no vivieron para contarlo, pero la historia sí.

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