El fútbol se juega con hambre.
Con sufrimiento.
Con pasión.
Con una
sola
pier-
na.

Entrenan en un arenero detrás del Cementerio Universal de Barranquilla a la sombra de mausoleos y árboles torcidos. Lo hacen cuando les queda tiempo y consiguen permiso en sus trabajos. Lo común es una vez a la semana, por mucho tres. No los patrocinan adidas, Nike o Puma. A diferencia de otras selecciones, no tienen las tres comidas del día aseguradas o un sueldo mensual. No juegan en ligas profesionales y tampoco saben lo que es llevar un cuerpo técnico de treinta personas —entre nutricionistas, entrenadores, fisioterapeutas y psicólogos— a un mundial. De hecho, hasta ayer muchos no tenían pasaporte.

***

Jueves 25 de octubre, 4:46 a. m. En el Aeropuerto Internacional El Dorado, Candelario Donado le pide al equipo que se acomode para una selfie. Muchos sonríen al lado de sus maletas, otros posan serios, achinando los ojos y apretando la mandíbula. Nadie dice “whisky” pero todos miran a la cámara. Vienen directo desde Barranquilla y tienen una escala de una hora antes de seguir el viaje hacia Guadalajara, en donde deberán tomar un bus que los llevará a San Juan de los Lagos para instalarse en el Hotel Andaluz. Los dieciocho integrantes de la selección viajan con una camiseta azul atravesada por una curva amarilla y roja y blue jeans. La ansiedad solo es superada por el sueño y el frío. No hay cámaras de televisión ni periodistas con micrófonos.

El primer partido será contra Polonia el domingo 28 de octubre en la calle Romelio Ruiz. Después seguirá Japón y, para cerrar la fase, Costa Rica. Colombia no es favorita, pues por falta de recursos ni siquiera pudo asistir a la Copa Centroamericana y viaja a México con una nómina que apenas ha jugado dos partidos junta. Los reunió Guillermo Cepeda, un personaje enjuto y pintoresco que nunca deja de hacer chistes y a quien todo el mundo le agradece por su excelente gestión al frente de la Asociación Colombiana de Fútbol de Amputados.

—Déjeme entender, Guillermo. ¿Usted los reúne, les ayuda a conseguir los tiquetes, a muchos incluso les consigue trabajo y no gana nada?

—Ajá, sí. Pues cuando se puede.

—¿Por qué?

—Pues primero, porque yo también soy mocho. Y segundo, porque alguien tiene que hacerlo, ¿no? Esto es muy difícil. Nosotros tuvimos que pagar una sanción que nos puso la WAFF (World Amputee Football Federation) de 1200 dólares porque ya se había vencido el plazo con los transportes y no habíamos mandado el itinerario. Pero es que con qué plata, si no teníamos ni para una bolsa de agua.

—¿Cómo hicieron?

—Pues nos fuimos donde el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, y le dijimos: oiga, somos la Selección Colombia de Amputados y no tenemos tiquetes para el mundial. El man nos dijo que ya estábamos en México y, a pesar de que tocó puyar un poco, cumplió y allá llegamos.

***

La gente camina lento al lado de un amputado. Lo hace con cautela, con miedo a herir, como si dar una zancada larga fuera una ofensa. Pero cuando uno se pasea al lado de Candelario hay que apretar el paso, casi saltar, para poder mantener la conversación sin que el oriundo de Guacamayo, Bolívar, tenga que mirar atrás y esperar a que llegue su interlocutor. Hace 23 años, antes de convertirse en la estrella del equipo y en goleador de la Selección, perdió la pierna izquierda en uno de esos episodios inverosímiles que inundan el país.

Caminaba por el monte junto con su madre, su hermano y un par de primos buscando leña para cocinar. Lo que sucedió después fue demasiado rápido para recordarlo con claridad. Al atardecer, mientras regresaban a la guardería en la que trabajaba su madre, dio un par de pasos torpes y sin darse cuenta una mapaná rabo seco se lanzó sobre su pierna. No recuerda el dolor o la sensación del veneno recorriéndole el cuerpo. Solo sabe que corrió y gritó con todas sus fuerzas para que su madre lo escuchara.

Temiendo que fuera una serpiente venenosa, decidieron llevarlo a donde un curandero y, como era de esperarse, la falta de tratamiento produjo una gangrena que eventualmente terminó en amputación. A él no le preguntaron si quería que le quitaran la pierna, pero le suplicó a su madre que no lo permitiera. Después de la operación aprendió a hacer todo lo que hacía antes pero apoyado en una muleta de madera.

***

Domingo 28 de octubre, 3:52 p. m. A los siete minutos del segundo tiempo, un delantero polaco pisa a un defensa colombiano que se desploma, el árbitro no dice nada y permite que el ataque de los eslavos siga. El arquero colombiano, como si fuera una araña, despeja dos remates con su único brazo, pero al tercero los polacos anotan. La defensa se desmorona. Lanzan sus muletas frustrados y el arquero busca el balón dentro de la cancha. El ánimo cae y los siete jugadores colombianos en la cancha (los que juegan por equipo en este torneo) miran al piso. Los polacos gritan. El número 10, quien acaba de marcar el gol, el único gol, se apresura a saltar. Dejando los bastones a su paso y apoyado sobre la pierna se levanta la camiseta y celebra endemoniado. Sus compañeros llegan por detrás y todos terminan de rodillas. Lo que queda del partido es un resumen de nuestra historia en el deporte: muchos casi, mucho empuje, mucha hambre y poca definición. Después del partido no había palabras. Candelario dice que faltan cosas por mejorar, Guillermo se queja del arbitraje. Nadie levanta la cabeza. El sueño comienza a alejarse.

El lunes la historia cambia, los rostros de preocupación se desvanecen en el minuto 13, luego del autogol de un defensa japonés. Diez minutos más tarde y con menos marca, producto del desespero nipón, Candelario marca el tercer gol de Colombia después de un tiro de esquina en el que conecta un cabezazo firme al palo izquierdo. Los abrazos llegan, todo el banquillo celebra y la esperanza regresa. En la cancha todos señalan al cielo, como agradeciéndole a alguna deidad por el resultado. El martes, Colombia vuelve a sonreír, esta vez después de un 2-1 contra Costa Rica en un partido bastante cerrado que se resolvió a la mitad del segundo tiempo. Todos salen sonriendo, haciendo chistes y recargados de esperanza.

En el fútbol de amputados a los jugadores les debe faltar alguna de sus extremidades inferiores y tienen autorizado el uso de una prótesis en caso de que les falten las dos piernas. Los arqueros solo tienen un brazo y no pueden usar el muñón del otro bajo ninguna circunstancia. Tampoco pueden salir de su área, así como los jugadores no pueden tocar el balón con el bastón. A simple vista parece torpe, un poco lento, pero el esfuerzo de los jugadores es agotador.

Colombia es líder del grupo C y se juega todo el viernes 2 de noviembre contra España. Durante los treinta minutos que dura cada tiempo los colombianos sudan la cancha. Apoyados en sus bastones corren detrás de cada balón que se les cruza. Presionan. Se desploman en choques aparatosos. Uno que otro bastón se rompe. Es una auténtica guerra. Los colombianos saltan con hambre, buscan el arco, rematan, fallan. Los últimos veinte minutos de tiempo extra España ataca y Colombia se atrinchera. La mitad del campo está desierta y Jerry Herrera, el arquero patrio, parece imbatible. Hay esperanza.

Son las siete de la noche en San Juan de los Lagos, Jalisco, y Candelario se acerca a patear el penalti que abrirá la serie contra España en los octavos de final del Mundial. Respira profundo, acomoda el balón con las manos y toma impulso. El árbitro pita, todos miran al cielo y Candelario da dos pasos alargados. Patea fuerte al costado izquierdo y falla. Minutos después y tras haberse cobrado cuatro de los cinco penaltis, es el turno de Acevedo, el número 10. La serie va 2-2 y solo queda un tiro para cada equipo. También patea fuerte, abajo. También falla. Lanza sus bastones, se tira en el suelo y se cubre la cara como ocultando una vergüenza.

La serie terminará 3-2 a favor de los españoles y Colombia, a pesar de su derrota, terminará entre las diez mejores selecciones de un torneo de 24.

Así, sin liga profesional, sin fogueo, comiendo lo que se les atraviese y sufriendo las consecuencias. Armados con un spray para los golpes y con las piernas llenas de morados, la Selección que llegó sin nada se va dentro del escalafón mundial junto a las grandes.

***

Martes 6 de noviembre, 10:15 a. m. En el Aeropuerto Internacional El Dorado, Guillermo Cepeda se apresura a recibir a la Selección Colombia de Amputados. Llegan separados, cansados, con el peso del viaje bajo los párpados pero con una sonrisa enorme. A su llegada, Guillermo los recibirá con un “¿cómo vamos, papi?”, seguido de un puño y una indicación sencilla: pónganse todos la camiseta que tenemos fotos con la “revista Chow” —refiriéndose a SoHo—. Ninguno pregunta, todos se alistan y una vez se completa la nómina siguen al parqueadero del aeropuerto para comenzar la sesión.

—Seño, a mí me pone ‘la Bestia Negra’ ¿sí? —grita uno.

—La fotógrafa se ríe y dice que está bien.

—Ve, y yo dónde puedo ver esas fotos —pregunta otro antes de ser interrumpido por los gritos de los demás. —¡Uy, pose sexy! ¡Peínese, peínese!... oiga, remánguese, tras de mocho acomplejado —todo es risa, alegría y juerga.

—No se le olvide, ‘la Bestia Negra’, ¿está bien?

***

Miércoles 7 de noviembre 5:30 a. m. En Soledad, un municipio al norte del Atlántico colombiano, Candelario Donado prepara el desayuno de su hija. Hace cuatro días estaba en San Juan de los Lagos enfrentando a España por un cupo a los cuartos de final del Mundial de Fútbol de Amputados México 2018. Hoy se alista para el turno de las ocho de la mañana como asesor comercial atendiendo pagos de servicio público, giros y compra de chance en Supergiros.

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