El 30 de octubre de 1943 la revista Sábado publicó el siguiente anuncio: “Mido 1,63 de altura. Soy delgada (bonito cuerpo). Mi pelo es castaño, soy crespa, ojos claros y grandes; boca chiquita y nariz bonita. La gente dice que no soy fea. Soy antioqueña, tengo una renta considerable. No tengo suegra. Tengo 21 años. Soy algo instruida, pues he estudiado y viajado mucho. Contesten a "Pelirroja”.

Las dos semanas siguientes "Pelirroja", seudónimo que por error de imprenta o quizá por un guiño publicitario con una famosa marca de cigarrillos degeneró en "Pielroja", recibió varias respuestas. Alguien que se identificó como "Pelinegro": hombre, 28 años, moreno, 1,76 de estatura, exitoso “sin ser buen mozo”, dijo que quería establecer contacto con ella porque según las señas era la que más interés le producía; que estaba seducido con lo de la “renta considerable” y en humorística coquetería confesaba que le chocaba “profundamente que mis relaciones vayan a ser sin suegra, porque ellas son mi especialidad”. Una semana después otra persona, referenciada como "Casadero", respondió diciendo que era “tipo moreno de origen vallecaucano”, profesional de 30 años, que por lo tanto estaba en edad de buscar su “media naranja”, y que una diferencia de nueve años no era, en lo absoluto, obstáculo para la unión marital. A diferencia de "Pelinegro" (el anterior pretendiente), "Casadero" vio la ausencia de la madre de "Pelirroja" como algo a favor para la futura relación, pues “la circunstancia de no tener una suegra es presagio de eterna luna de miel”. En esa misma edición de la revista, alguien con vocación etnográfica o aficionado a la lectura de las crónicas sobre la conquista y colonización de las indias, se sumó a los aspirantes con un lacónico anuncio: “Si fuere verdad tanta belleza, conteste a Indio Catío, 1,78 de estatura, profesional, 29 noviembres”.

El semanario Sábado fue fundado en julio de 1943 por Plinio Mendoza Neira y Armando Solano, dos destacados practicantes y propagandistas de un liberalismo doctrinario y cultural. Desde octubre de ese año y hasta marzo de 1957 (tiempo en el que salieron los últimos números), este tipo de cartas fueron publicadas con los títulos de "Correo de Sábado", "Cartas de amor de Sábado" y "Correo del amor". Nada las detuvo. Ni la segunda Guerra Mundial de la que tanto se ocuparon las páginas de la revista, ni la escisión que generó Jorge Eliécer Gaitán en el liberalismo, ni el Bogotazo, ni la violencia partidista, ni la censura de prensa, ni siquiera el golpe de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953. El amor no sabía de toques de queda. En medio de los incendios, los saqueos en la capital y las movilizaciones en el resto del país por la muerte del caudillo, desde el barrio Ricaurte en Bogotá, "Anita" escribió con la esperanza de encontrar “un amigo de 30 años, bien presentado y culto, que guste de las diversiones sanas y que busque amor y comprensión”. "Anita" ofrecía su “sencilla estampa”: “no soy bonita, ni fea, hogareña suave, y cuando quiero, pongo toda la intensidad de mi alma”. Desde ese mismo barrio, una joven de 19 años de ojos azules color de mar; blanca sonrosada, en general, no muy fea, según dicen otros, contestaba a alguien que se había identificado en un correo anterior como "Cristóbal Colón", porque sintió que “Cupido había descendido de las regiones del éter”, a decirle “muy quedo al oído” que era ella la indicada para estar en “el rosal del jardín de Cristóbal”.

Estas cartas son el resultado de una coquetería cursi redomada durante años a través de la entronización popular de los poetas nacionales que llegaron a coronar reinas de belleza, la glorificación y vulgarización de la poesía de Piedra y Cielo, de los Modernistas y de los Nuevos, el culto a Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, y la afición por el drama de las radionovelas. Los medios difundían el debate político y el ensayo literario, pero también, y esto era una forma de llegar a un público más amplio, construían una pedagogía del amor y los sentimientos. Una de las participantes en un concurso de "Cartas de amor" y de "Cartas para concretar al novio" escribía: “Ya estoy cansada de ser para ti la novia eterna que espera pacientemente tejiendo quimeras en el lino de las horas”; y un hombre, con una prosa de cirujano cardiovascular, declaraba su amor: “Pretendo decirte que te amo, sin atinar con las palabras sabias para llamar a tu corazón y que se me abra el santuario en donde mi ensueño aspira a residir por el resto de las pulsaciones de mi sangre”.

Aunque eventualmente alguna interesada o interesado se atrevía a pedir fotografías a través de las cartas, todo se sustentaba en la palabra. En la actualidad las redes sociales que propician citas y encuentros, además de que las posibilidades amatorias no están reducidas a la condición de heterosexual como era de rigor entonces, se fundamentan en la imagen. Todo el peso lo soporta la imagen. Es la imagen la que convence o engaña. Por mucho que en Tinder alguien se presente como una chica “seria, soltera y bendecida por la gracia de Jesucristo”, lo más probable es que el interesado no se fije en eso, sino en la foto y el escote pronunciado de una blusa que se ve en aprietos para detener la gracia de unos senos a punto de reventar. Ahora: primero está la imagen, después vendrá la palabra. Antes: primero estaba la palabra, después vendría la imagen. La palabra era prácticamente la única herramienta para seducir, convencer, engañar. Por eso se entiende el esfuerzo lírico, la precisión en la enumeración de las cualidades que se requieren en el otro o la otra, el humor y hasta la desmedida sinceridad de algunos avisos.

Las cartas de mujeres buscando pareja fueron siempre más frecuentes; en parte por “el poder del número” "había más mujeres que hombres", pero sobre todo porque las convenciones sociales veían como una rareza su presencia en los centros universitarios, desconocían su capacidad para el ejercicio profesional y las preparaban desde muy temprano, desde los 14 años ya estaban en “edad de merecer” como concursantes en la frenética carrera para encontrar “buenos partidos”. El exceso de estudio, la práctica de ciertas actividades y la participación en organismos de decisión, alejaban (decía la mayoría) a la mujer de su feminidad natural y del ejercicio de su carrera más cierta: la administración del hogar. En la coyuntura de la Segunda Guerra Mundial se elogiaba el compromiso de las mujeres inglesas que asumían funciones importantes para el triunfo de los aliados ante la ausencia de los hombres ocupados en el frente de batalla, pero los agobiaba la idea de que no volvieran a ser “mujeres” por acostumbrarse a desarrollar roles masculinos. Tan trágico como la guerra era que, a causa de esta, la mujer perdiera su "natural" condición femenina.

En 1941, en uno de los últimos números de la revista El Gráfico ?fundada en 1911? venía consignado un test para medir el sex-appeal de las mujeres y la descripción de quienes obtenían los puntajes intermedios correspondía a “muchas mujeres intelectuales”, que sin embargo tenían la esperanza de “evolucionar favorablemente, siempre que investiguen la razón de su temperamento”. Eso las libraría, según el práctico ejercicio de la revista, de estar en la escala de las que ya no tenían remedio: “Las solteronas que no se han querido casar”. La condición de la mujer como cazadora de marido había llegado a un nivel tan alto, que hasta una revista como Cromos, caracterizada por traer en sus páginas un "Consultorio sentimental" (en el que normalmente se daban consejos que perpetuaban la condición casadera de la mujer), y "Buscando corazones" (en las que se consignaban las cartas de quienes buscaban pareja), mostró preocupación ante la consulta de una joven caleña. Se trataba de una chica de 18 años que en agosto de 1955 mandó una carta a la sección "Pregunte a Soledad", en la que consultaba por un convento en la capital donde internarse a pesar de no tener vocación religiosa. Soledad respondió diciendo que en vez de pensar en esas soluciones dramáticas, seguramente generada por alguna decepción amorosa o familiar, por qué mejor no buscaba una ocupación, una profesión o se dedicaba a leer; “ya está atrás o debe estarlo, por lo menos?, la época en que las mujeres estaban condenadas a ser parásitos sociales, viviendo únicamente en función del amor, gastando toda su existencia en hacerse "objetos" atractivos para el hombre, o bien constituyendo "objetos útiles”.

La anterior respuesta más una proclama de Agitación Femenina, una revista de tiraje mensual fundada en Tunja en octubre de 1944 por Ofelia Uribe de Acosta. La revista, que sobrevivió hasta octubre de 1946, era el órgano de propaganda de quienes luchaban por el voto femenino en Colombia y por la igualdad política y social de la mujer. La publicación se mofaba de las convenciones sociales que naturalizaban ciertos roles, a través de la parodia a las secciones de belleza y a los consultorios sentimentales de las revistas tradicionales. En su primer número decía que la “feminidad”, como habían convenido llamarla los del “sexo fuerte”, era “un perfume quintaesenciado que toda mujer tiene obligación de cuidar y de mantener en un altísimo grado de concentración”. De modo que las mujeres que no querían que ese perfume se evaporara debían abstenerse de hablar de voto femenino, pues podrían ser víctimas de un castigo “con la consiguiente deserción de los buenos partidos”. Más adelante se daban consejos para la belleza femenina: “No opinar nunca para evitar los disgustos que marcan en la frente su honda huella”; “no leer jamás, a excepción de la página social de los periódicos, porque la lectura debilita la vista, acaba el brillo de la mirada y ocasiona la caída de las pestañas”.

Algunas cosas cambiaron: el 3 de febrero de 1954, más tarde que en la mayoría de los países de América Latina, las mujeres obtuvieron el derecho a la ciudadanía plena y el 1 de diciembre de 1957 estrenaron sus cédulas en las urnas y algunas regresaron a sus casas exhibiendo su dedo índice manchado de tinta roja como una marca de su logro. Por supuesto, las cartas para encontrar pareja continuaron llegando por montones a las revistas y nuestra educación sentimental chapoteaba en los ríos de tinta que gastaba la prensa para publicarlas.