Aferrado al manubrio de su moto con una sola mano, Khitian tomó la curva más pronunciada de Mugello y acarició el pavimento con la rodilla izquierda a bordo de una robusta Suzuki GSXR 600. Eso fue en 2016, en Italia, en la emblemática pista donde se hizo grande Valentino Rossi. Hoy, al llegar a nuestro encuentro en una escuálida Suzuki GS 125 y después de un largo día en el concesionario donde trabaja, Christian Cristancho se quita el casco, la bufanda y el saco. Al hacerlo, deja al descubierto la prótesis que ocupa el lugar en el que debería estar su brazo derecho. Mirándome con una sonrisa relajada se la quita y la mete en el morral que acaba de poner sobre la mesa. “Solo la utilizo para montar en moto”, dice con la naturalidad de las verdades cotidianas.

El brazo derecho le faltó a Christian desde el vientre de su madre y su familia asumió esa ausencia como una realidad completamente normal. En su niñez y adolescencia nunca se interesó por tener una prótesis, esta apareció en su vida al mismo tiempo que las motocicletas. Inicialmente, era el típico artefacto color piel, una especie de brazo de maniquí que siempre sintió ajeno. La ocultaba, no la miraba, le daba vergüenza. Entonces se reunió con un amigo tatuador para intervenirla con porcelanicrón y pintura: la llenaron de surcos en relieve y colores intensos que simulan músculos, articulaciones y tendones, como el brazo de un superhéroe bajo la piel. (Lea también: Cómo es perder los dedos)

En su portentosa GSXR 600 toma una vez al mes las curvas del Autódromo de Tocancipá.

A pesar de su impactante aspecto, esta prótesis solo le sirve como apoyo en el manubrio. Por ello ha tenido que usar su ingenio para adaptar cada una de las motos que ha tenido. La primera fue una scooter china con la que conserva una relación de amor y odio; de amor, porque con ella descubrió la velocidad, y de odio porque lo dejó tirado muchas veces. Su segunda moto tenía cambios, era una Yamaha RX 115 a la que movió el acelerador y el freno delantero del lado derecho al izquierdo. Si usted ha manejado una moto, comprenderá la dificultad que requiere maniobrarla con este tipo de adaptación. Si no lo ha hecho, basta con entender que las cinco funciones que normalmente harían dos manos, él las hace con una sola. Después llegó a su vida esta pequeña Suzuki GS125, en la que se mueve a diario por la ciudad. (Lea también: El motocross freestyle un desafío a las leyes de la gravedad)

“Esta chiquita es la mejor compra de mi vida. La otra es mi mejor inversión”. La otra es la portentosa GSXR 600, con la que cada dos o tres meses toma las curvas del Autódromo de Tocancipá, reviviendo ese recuerdo de la pista de Mugello: “Vas a 150 o 180 km/h en una curva y no te puedes quedar pensando. Son segundos de vida en los cuales no puedes detenerte en la emoción si quieres avanzar con éxito hacia donde tienes que ir. En ese camino sientes tu huella en el piso. Entonces sigues adelante sin perder la concentración, fija en el punto al que debes avanzar”, recuerda. Su prótesis no es un accesorio para ocultar su carencia, sino la herramienta que le ha permitido aferrarse a esa otra máquina en la que se siente completo.

—¿Te gustaría otra prótesis? ¿Una más tecnológica tal vez?— le pregunto.

—Me gustaría una más liviana y con una articulación en la muñeca para tener mejor manejo sobre la moto. Mira, en Europa ya las están haciendo —cuenta Khitian mientras busca en Instagram el perfil de Maurizio Castelli—, este es el campeón mundial de personas como nosotros. Le falta la misma porción de brazo que a mí pero al otro lado —dice, señalando la foto en la pantalla.

—¿Dirías que él es tu ídolo?

Mi ídolo era Alan Kempster. Le decían el Half Man, murió el año pasado. Le faltaban el brazo desde el hombro y la pierna desde arriba, de un mismo costado. ¡Y lo vieras girar en una pista! ¡Normal, como si nada!

La lejana admiración con la que Christian habla sobre su ídolo podría hacer olvidar que también él protagoniza lo excepcional todos los días. No tener un miembro no lo ha detenido nunca. No solo ha saltado del Autódromo de Tocancipá a competir en Mugello, también ha estado en Magny Cours y en Le Mans, en Francia, donde ha sido el único representante de Latinoamérica en este tipo de competencias, que incluyen el mundial para motociclistas de velocidad en condición de discapacidad, llevado a cabo este año en Francia. (Lea también: Mi papá es diferente)

Su prótesis hace más evidente que su mayor carencia es también su mayor poder. Al prensar las cargaderas, cambiar el traje por el overol y sentarse en su moto de carreras, Christian Cristancho se convierte en Khitian, el protagonista de ese recuerdo en la pista de Mugello. Su brazo llega hasta el codo… “y un pedacito más —agrega—. Ese pliegue de la articulación me sirve como pinza. Con eso agarro las pesas para hacer hombros, o me amarro una banda elástica y la piso para tensionarla y trabajar los bíceps, o sencillamente me apoyo en un balón inestable para compensar la altura de ambos brazos y hacer pecho”, cuenta mientras abre videos en su celular de sus rutinas de entrenamiento.

Al escuchar sus hazañas, ver sus fotos y escuchar la naturalidad con la que pasa de ser Christian Cristancho a convertirse en Khitian al mando de su moto de alto cilindraje, quienes lo conocen de cerca le han dicho repetidas veces una frase que alterna entre la admiración, la desconsideración y el humor negro: “No voy a lograr lo que usted hace, su bendición es no tener ese brazo. ¡Me va a tocar quitarme un brazo para ser como usted!”.

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