Hay un chiste que lleva varios años circulando en la red: "Debemos empezar a preocuparnos por qué mundo le vamos a dejar a Keith Richards”. Y tiene sentido más allá de la ironía o de lo absurdo que parece. El guitarrista de los Rolling Stones, la banda más grande de todos los tiempos, es un sobreviviente de los años de excesos del rock. Es el caballero cruzado, el ajedrecista que derrotó a la muerte en el Séptimo sello, de Ingmar Bergman. Sobrevivió a varios incidentes serios como la caída de un arrume de libros sobre su cabeza en su casa a las afueras de Nueva York; a una batalla campal al final del concierto en Altamont, en diciembre de 1969; a su adicción a la heroína; a las bombas nazis que destruyeron su casa en Dartford durante la Segunda Guerra Mundial y al más serio de todos los episodios y del que más se ha hablado: a una tremenda caída de un árbol.

De este hecho, ocurrido en las Islas Fiji en abril de 2006, se ha dicho de todo. Que Richards cayó de una palmera a una altura de cinco metros y se fracturó la cabeza; que el accidente no fue en un árbol sino mientras montaba en una jet ski; que estaba borracho, drogado y etcétera. El propio Richards se encargó de aclarar el suceso en Life, su autobiografía. “Después de bañarme en el mar me recosté sobre una rama horizontal de un árbol que estaba caído sobre la arena. Cuando me levanté para ir a comer, calculé mal un paso y me resbalé. Intenté agarrarme de un tronco que estaba cerca, pero mis manos mojadas se resbalaron, perdí el control y me fui hacia atrás golpeando mi cabeza contra el tronco”. Aunque algo magullado, no notó nada grave y siguió su rutina de descanso normal. Pero dos días después del suceso, empezó a sufrir de fuertes dolores de cabeza que lo dejaban “casi ciego”. Al notar que no disminuían con una aspirina, acudió al médico en Auckland, Nueva Zelanda, y el diagnóstico fue devastador: su cráneo estaba fracturado, sufrió hemorragias internas que generaron hematomas. Su vida corrió peligro. Estuvo varias semanas hospitalizado y logró salir adelante gracias a “dosis extras de morfina”. Otra señal de que sería eterno. Y lo es. Tiene 74 años, tres vidas y la muerte ya se aburrió de esperar.

En la foto de Nicholas Wright para la portada del álbum debut de los Stones (1964) aparecen los cinco miembros del grupo, de pie y perfilados hacia la lente del fotógrafo. Visten elegantes trajes oscuros confeccionados a la medida. Hay dos extremos que brillan: Brian Jones a la izquierda, firme, con estilo y con algo de misterio en su aura. En el otro costado está Mick Jagger. Mira a la cámara con firmeza y nos dice que él manejará el destino de ese barco. En el centro aparecen el baterista Charlie Watts, el bajista Bill Wyman y junto a Jones, Keith, sano, bien peinado, atlético y determinado. Supongo que ese año era difícil identificar quién era cada uno de los Stones. Se parecen, tienen el mismo corte de pelo, la misma boca ancha, los mismos pómulos marcados y ninguno sonríe. No están enfadados, son la representación viva de la rudeza del rock que conquistó a los gringos a pesar de ir en contra del estereotipo que exportaba Hollywood.

Es un milagro que Richards haya terminado en el mundo de la música y no en una oficina archivando folios. De eso hay varios culpables: la música que emitía la BBC, las tiendas de discos, su abuelo Gus el hombre que le dio su primera guitarra—, el bluesman Muddy Waters el músico que tiró la primera piedra y Chuck Berry el pastor que le mostró la llama del rock, a quien le aprendió la afinación hacia la inmortalidad. La historia del reencuentro afortunado de Jagger y Richards en la estación de tren de Dartford es bien conocida y sabemos que fue el punto angular del nacimiento de los Stones en octubre de 1961 y de obras cumbres como Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile on Main St. (1972), álbumes que llevan toda la magia de los sonidos de la guitarra de Richards.

El primero en notar algo trascendental en el guitarrista fue Andrew Loog Oldham, el hombre que descubrió a los Stones en una noche primaveral en el Station Hotel de la zona de Richmond en Londres y que lideró el rumbo del grupo entre 1963 y 1967. En el libro Rolling Stoned, Andrew describe la primera vez que vio a Keith: “Desde la izquierda del escenario, con el cabello disparejo y negro como la noche, tal vez con cara de bebé sobre un cuerpo de niño racionado por la guerra, conectado a su guitarra, este chico de mejilla hueca efectuaba un intercambio alquímico consigo mismo al calor de su mano suave y cambiaba de acordes con rapidez”. Esa noche el mundo de Andrew y el de los Stones se cruzaron. Al cabo de unas semanas dejaron de ser “otra” banda de blues de la zona de Richmond para convertirse en el contrapeso necesario para opacar, un poco, el talento insuperable de The Beatles.

Sería injusto arrodillarse ante un periodo de consolidación y de álbumes emblemáticos en la carrera de los Stones sin darle crédito al mentor y faro luminoso de ese camino empedrado, sin rumbo definido, que recorrió el grupo en sus primeros años. El cincuenta por ciento de los riffs de la primera etapa de los Stones viene de Chuck Berry (Around and Around, Come On, Roll Over Beethoven y tantas otras que hicieron parte del repertorio), el hombre que le dio pleno sentido a la vida de Richards y el único que fue capaz de darle un puñetazo en la cara. “Fue después de un concierto de Chuck”, le dijo al periodista Jimmy Fallon en 2016. “Entré en su camerino y vi su guitarra sobre un sofá, metida en el estuche. Me dije: ‘Vamos, Keith, dale solo un toque a esa guitarra’. Y lo hice. Entonces llegó Chuck y me dijo: ‘Nadie toca mi guitarra’. Y me dio un tremendo golpe en la cara”. Richards termina la historia con algo de humor e ironía: “Fue uno de los grandes hits de Berry”.

No fue la primera vez que ‘padre’ e hijo se enfrentaron ferozmente. Para deleite de los seguidores de ‘su santidad’ Richards hay un episodio que quedó registrado en el documental Hail! Hail! Rock and Roll, de 1987. Fue un proyecto en el que Keith puso todo su empeño e ilusión para homenajear a una de las glorias vivas del rock and roll con grandes invitados como Eric Clapton, Roy Orbison, Ronnie Wood, Etta James, Linda Ronstadt, entre otros. El momento cumbre del largometraje se da durante los ensayos de la canción Carol, clásico de Berry que se sumó al amplio repertorio Stone. Richards interpreta el punteo inicial de la canción con mucha seguridad. Lo había hecho constantemente en los últimos 25 años. La cámara capta el momento de la verdad, el alumno ante el maestro. Pero súbitamente Berry se detiene, le toca el hombro a Keith y le dice que se detenga: “Así no es, no, no, te lo digo yo que la he compuesto. ¿Quieres hacerlo bien, por favor?”. La cara de Richards lo dice todo. Cree que es un chiste, pero Berry insiste en que lo está haciendo mal. Richards lo increpa, pero Berry le hace repetir el riff de Carol una y otra vez, hasta que suena como quiere.

Sigue rodando

En 1989, cuando los Stones lanzaron el álbum Steel Wheels, nadie daba un peso por ellos. La lucha de egos entre Jagger y Richards casi acaba con el grupo. Pero los milagros existen y gracias al guitarrista Ronnie Wood la máquina rodó de nuevo tras casi tres años de nulo contacto y de proyectos en solitario. Al lanzamiento del álbum le acompañó una gran gira por Estados Unidos y Europa entre el 89 y el 90 (Steel Wheels Tour y Urban Jungle Tour) a la que los críticos llamaron cariñosamente “la gira de la silla de ruedas”, la última junto al bajista Bill Wyman. Los Stones eran vistos como una especie de dinosaurios en vías de extinción (a pesar de que Jagger y Richards no pasaban de los 46 años) y para sus seguidores daba la sensación de que ese tour sería la última oportunidad de verlos en vivo. “Los Stones llevaban 26 años tocando y la gente creía que estaban muy viejos para seguir rodando. Los vi en el desaparecido Shea Stadium de Nueva York en octubre del 89. Sentía que era ese momento o nunca. Pero me equivoqué, después de esa gira han vivido 29 años más”, recuerda el escritor Sandro Romero Rey, que le ha seguido la pista en vivo al grupo desde entonces.

Esa gira de 1989 les dio un nuevo aire a los Stones y la sabiduría para encarar la década de los noventa con madurez y determinación. Richards y Jagger comprendieron que la marca Rolling Stones era más grande que sus egos, y aunque insistieron con algunos proyectos en solitario, la necesidad de mantener la chispa creativa pudo más y decidieron volver al ruedo. Para eso tenían que rearmar al grupo, que había perdido a Wyman, su estandarte rítmico, y luego sentarse de nuevo a componer canciones, un proceso que conocen perfectamente y que afinaron desde el año 64 cuando Loog Oldham los obligó, literalmente, a innovar. “Es más difícil para nosotros escribir juntos que cuando estamos separados, pero también tiene sus beneficios en cuanto a que volvemos a los temas desde un ángulo diferente”, le dijo Richards a The Wall Street Journal a principios de marzo de este año. En 1994, los Stones lanzaron el álbum Voodoo Lounge con el que recorrieron gran parte del mundo, incluidas Ciudad de México y Buenos Aires, donde juegan de local cada vez que tocan.

Desde 1994 y hasta 2007 la maquina Stone rodó y rodó por el mundo sin parar. Un álbum era el motivo para emprender giras que duraban entre dos y tres años o simplemente saciar las ganas de tocar en vivo. Seguían desafiando al destino y cada vez sonaban mejor. Basta con ver detenidamente los cinco conciertos que vienen en el DVD The Biggest Bang (2007) para corroborar que son más que un mito o una imagen. “Algunas noches somos mejores que otras, por supuesto, pero todo lo que sé sobre esta maldita banda es que siempre queremos hacerlo mejor que la noche anterior. Y esa es una de las cosas que nos ayuda a seguir”, le dijo Richards al WSJ. Y tiene sentido, pues la magia de los Stones radica en la fidelidad en vivo al sonido de sus álbumes. Pocas bandas o artistas lo han logrado.

El final del Biggest Bang Tour dejó a Richards desubicado. Ha dicho reiteradamente que no se siente bien cuando no está ocupado o cuando los Stones están hibernando. Así que decidió pelar poco a poco la cebolla de su vida, liberar equipaje y sacar el libro más exitoso que haya escrito una leyenda del rock. Ni las primeras autobiografías publicadas de George Harrison, Frank Zappa o Chuck Berry lograron lo que Life obtuvo para la historia de la literatura del rock. Más de un millón de ejemplares vendidos y best seller durante un mes en The New York Times. Nada mal para alguien a quien la mayoría veía simplemente como el desaliñado guitarrista que siempre tenía un porro en una mano y una botella de whisky en la otra.

Richards escarbó en los laberintos de su memoria durante tres años para desmitificar una parte de su historia que no había manera de contar desde otra perspectiva. El libro rompió la premisa de que “la ropa sucia se lava en casa” y más de un personaje cercano a su vida recibió algunas indelicadas atenciones. Tal vez el más afectado fue Mick Jagger, a quien describió como “insoportable” o “pequeño juguete sexual”. Sin embargo, son nimiedades o anécdotas que nutren titulares del tabloide The Sun. De fondo es una obra maestra, indispensable e imprescindible si se quiere entender la vida en el rock. “Escribir ese libro casi me mata. Cuando lo terminé, sentí que había muerto dos veces”, le aseguró a El País de España en 2016.

En 2015, Richards lanzó Crosseyed Heart, su tercer y más sincero álbum en solitario, un homenaje a las leyendas del blues que le dieron sentido a su vida. Coincidió con una extensa gira de los Stones que los trajo nuevamente a Suramérica y por primera vez a Bogotá en marzo de 2016. El guitarrista dejó de usar su cuerpo como un laboratorio de pruebas para todo tipo de drogas hace varios años. Asegura que su única droga es la música. “Si miro hacia atrás, la música ha sido mi principal droga. La diferencia es que la música, además de metérmela, la saco de mi cuerpo. Mientras que las otras drogas lo único que hago es ponérmelas. He experimentado mucho. Me he convertido a mí mismo en un laboratorio. Soy de los que piensan que mi cuerpo es mío y puedo hacer con él lo que quiera”, le dijo a The Telegraph en 2016. Ni por su cabeza ni por la de Jagger pasa la opción de retirarse. Aunque la llegó a contemplar tras la publicación del libro Life, aseguró que estaba mintiendo. Keith se ha tomado muy en serio envejecer, dice que es fantástico. Y si piensa seguir los pasos de Chuck Berry, que vivió hasta los 90 años, todavía nos quedan, por lo menos, otros dieciséis años de blues. El tiempo está de su lado.

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