“Si no pude convencer con mi mensaje, sería un acto de burda arrogancia dar consejos sobre el rumbo a seguir”. Con esta frase, el arquitecto del proceso de paz con las Farc, Humberto de la Calle, puso fin a una carrera política que lo llevó a ser ministro, vicepresidente, constituyente y artífice del fin de uno de los conflictos más viejos del mundo.

De la Calle tuvo un final injusto en las urnas. El fuego amigo en el Partido Liberal y la teoría del voto útil lo llevaron a obtener menos de 400.000 votos, aplastando las aspiraciones de quien, para muchos, era el mejor candidato en el tarjetón. Su desenlace fatal marca también el fin de otra figura que ha estado vinculada con buena parte de los procesos políticos de las últimas décadas: el expresidente César Gaviria (si es que se puede hablar de la muerte política de un expresidente).

El director del Partido Liberal fue visto por muchos como el responsable de la debacle de De la Calle y de un partido que durante buena parte de la historia definió quién se sentaba en el despacho presidencial. Los resultados de la elección del 27 de mayo, sumados a la derrota del ‘sí’ en el Plebiscito del que Gaviria fue coordinador, parecen ser el punto en el que el exmandatario pase la posta a su hijo, Simón, quien se ha destacado en la vida pública desde muy joven.

Otro fue el desenlace de la carrera a la Presidencia de la República de Sergio Fajardo. En medio de la algarabía por haber superado los dos millones y medio de votos, el profesor anunció que no volverá a aspirar a ese cargo. Sin embargo, el exalcalde y exgobernador deja el legado de la Coalición Colombia, que es la primera fuerza electoral en Bogotá y será determinante para inclinar la balanza en la segunda vuelta, en la que se enfrentan Gustavo Petro e Iván Duque.

Con su votación, Fajardo convirtió al electorado de centro en el botín necesario para ganar la Presidencia, obligando a los candidatos a moderar su discurso y a contagiarse de la ‘tibieza’ que tanto le criticaron. Seguirá siendo fundamental, aunque sea detrás de bambalinas.

El caso de Germán Vargas Lleras es uno de los más sorprendentes; concejal, senador, ministro y vicepresidente, todos los caminos llevaban a pensar que el nieto del expresidente Carlos Lleras llegaría un día a la Casa de Nariño. Sin embargo, y a pesar de tener uno de los programas más completos y el respaldo de algunos de los partidos y estructuras políticas más grandes del país, la gasolina no alcanzó; el ex vicepresidente se quedó con un modesto cuarto lugar, con poco más del 7 por ciento de los votos, a pesar de haber llegado a encabezar las encuestas al inicio de la campaña.

Si Vargas tiene alguna posibilidad de disputar la Presidencia en cuatro años es un misterio. Aunque el resultado en las urnas fue catastrófico, Cambio Radical tendrá la segunda bancada en el Congreso y será fundamental para la gobernabilidad de próximo presidente, por lo que una alianza con su jefe natural cobrará especial importancia al momento de impulsar reformas en el legislativo.

Y mientras unos dicen adiós, otros parecen estar más vigentes que nunca. El expresidente Álvaro Uribe, que desde hace más de 15 años ha sido determinante en todas las elecciones nacionales, no da muestra de dejar caducar su legado. Con Iván Duque a la cabeza, comienza un tránsito generacional del uribismo que toma cada vez más tintes de lo que fue (y es) el fenómeno peronista, que permeó buena parte del estamento político en Argentina.

Mientras tanto, en la izquierda, Gustavo Petro comienza a imprimir su sello en un nuevo movimiento político que, aunque apenas asoma con una pequeña bancada parlamentaria, hoy está en capacidad de tomar la batuta de los muchas veces huérfanos sectores progresistas en Colombia.

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