Históricamente los estadounidenses han exagerado con sus teorías sobre la inminente hecatombe mundial: guerras nucleares, invasiones extraterrestres, desastres naturales, colapsos económicos y hasta el dominio de las máquinas con inteligencia artificial. Todos estos temores tomaron fuerza después de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría. Acumulaban miedos y pesadillas que más parecían producto de las novelas de ciencia ficción de George Orwell, Ray Bradbury, Aldous Huxley o Cormac McCarthy.

Una de las consecuencias de esta especie de paranoia colectiva son los preparacionistas, grupos de personas que, desde la década de 1960, empezaron a buscar formas para sobrevivir al fin del mundo, agobiados por el temor nuclear, y que en este siglo volvieron a escena para hacerle frente al cambio climático y a las constantes amenazas del terrorismo que podrían acabar con la faz de la tierra.

En 2012 el canal National Geographic no fue ajeno a esta tendencia y creó un reality: Doomsday Preppers. Durante dos años, en cuatro temporadas, y con una gran recepción mundial, “Los preparacionistas del día del juicio final”, título en español, puso al descubierto la vida de decenas de personas que se alistan para sobrevivir a cualquier desastre.

En cada capítulo los espectadores pudieron ver casas llenas de conservas, búnkeres, sistemas de alarmas, trampas e increíbles arsenales de armas. También aprendieron de sus planes de escape y sus entrenamientos de defensa personal. Para muchos solo fue un show más de televisión, pero para otros fue una revelación a un nuevo estilo de vida. Dicen que este programa fue semilla de los grupos de preparacionistas en América Latina.

Los búnkers para el fin del mundo

Estar listos para el fin del mundo no se reduce a almacenar agua y alimentos no perecederos. Los preparacionistas también se entrenan en el manejo de armas para su defensa personal.

Estaba en una tienda de camping en Buenos Aires rodeado de todo tipo de rifles de aire, pistolas de fogueo, ropa de camuflaje, botas y carpas. Tras el mostrador vi a un hombre de pelo canoso estilo militar, quijada dura y mirada penetrante quien inmediatamente me recordó al coronel Miles Quaritch, de la película Avatar. Le pregunté por un cuchillo y me respondió con un marcado acento porteño. “Hay una gran variedad. Acá tenés la navaja táctica plegable Gerber o la daga Smith & Wesson. Esta tiene el mango de plástico y aquella mide un poco más. Al final todo depende para qué la querás, ya que tenemos tipo militar, caza o supervivencia”. Mientras él me explicaba yo me preguntaba si estaría perdiendo un poco la cordura, o tal vez sufría un trastorno de paranoia... No lo sabía. Pero de algo sí estaba seguro: yo había decidido ser un preparacionista.

En esa búsqueda me encontré el Manual de supervivencia, escrito específicamente sobre la geografía suramericana por Walter A. Martínez. “Existen serios indicios y estadísticas de las dificultades por las que atravesaría la humanidad en el futuro. Sabido es que el mundo avanza inexorablemente hacia una aguda crisis de alimentos y de energía, motivada entre otras cosas por la superpoblación que pondrá en juego, tal vez, su propia supervivencia”.

Walter prestó el servicio militar obligatorio. Su primer destino fue un paraje desolador en la frontera con Paraguay, sin vías, sin electricidad, ni agua potable, pero infestado de bichos y alimañas. En medio del silencio, lo único que lo mantuvo cuerdo fue su radio transistor y su libreta de notas. “Empecé a observar cómo la gente, que no tenía neveras de keroseno, se las ingeniaba para impedir que se descompusieran sus alimentos y aprendí sus técnicas para eliminar los insectos. Todo lo fui anotando en borradores”, me contó Walter, mientras sorbía su café en una antigua confitería del barrio Caballito en Buenos Aires.

El excomandante de la Gendarmería Nacional Argentina ya va por la edición número doce de su libro y aún recibe, en su casilla de correos, mensajes de personas que afirman que les salvó la vida. Muchos grupos de preparacionistas argentinos reconocen y recomiendan la guía de este hombre de 56 años que, aunque no es de dicha colectividad, está convencido de que uno de los mayores problemas del planeta será la sobrepoblación. “Para que el mundo sea normalmente habitable, dos mil millones, repito, dos mil millones de personas tendrían que desaparecer. No te digo que mueran, pero se tendrá que dejar de fabricar seres humanos”, remató.

Nuestra conversación me dejó lleno de preguntas: ¿Estamos preparados para un desastre natural?, ¿sabríamos qué hacer?, ¿cómo actuar?, o ¿podríamos salvar a nuestras familias? Las cifras son alarmantes. De acuerdo con un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), la frecuencia de desastres latinoamericanos ha aumentado 3,6 veces en medio siglo.

La universidad de la ciencia ficción

Este panorama es lo único que vincula a Leandro Azzolin y Julián Godoy, un par de preparacionistas argentinos que concuerdan en que no pueden confiarle a un Gobierno su vida y la de sus familias.

Dos hechos importantes marcaron el rumbo preparacionista de Leandro: el primero ocurrió en 2001, cuando trabajaba en un pequeño negocio de comestibles. En medio de la crisis social y económica que llevó a la destitución del presidente Fernando de la Rúa, fue testigo de los saqueos a los supermercados. “Vimos cómo la gente se mataba por un paquete de fideos”. El segundo, la lectura de la profecía maya que le anunciaba que el mundo se acabaría el 21 de diciembre de 2012.

“Estaba con un amigo de la facultad y nos fuimos a un mercado conocido. En una casa de electrónica encontré mi mayor hallazgo: una radio verde de cuatro bandas, con panel solar, linterna, sirena y sistema dínamo... ¡Tenía de todo! Metí la mano en el bolsillo y tenía la plata justa, eso, y para ir hasta mi casa. Fue el primer artículo que compré”, recuerda.

Él nunca quiso ser como los preparacionistas de Estados Unidos, a quienes considera unos tipos fatalistas con mucho dinero. Dice que se necesita de la “picardía del argentino” para estar listo ante las circunstancias peligrosas. El 26 de septiembre de 2012 creó Preppers Argentina, uno de los primeros grupos de este tipo en Facebook, conformado por survivalistas que tienen formación médica y en autodefensa de emergencia, saben almacenar comida y agua, y se preparan para ser autosuficientes y construir estructuras que pueden ayudar a sobrevivir a una catástrofe. “Si usted no se considera uno de estos, tal vez este no sea su lugar”, dice la descripción. En su espacio no se habla de religión, política o fútbol.

“Allí solo se comparten técnicas de supervivencia, métodos de primeros auxilios o almacenamiento de productos esenciales. Y algo vital: la forma ideal de armar su propia bug-out, las mochilas que deben tener todo lo necesario para sobrevivir. No sabía que se llamaban así. Era de los que pensaba: ‘Bueno, por las dudas, guardemos comida’. Luego entendí que lo primordial no son los alimentos, es saber reaccionar si te quedas sin agua, o aprender a hacer fuego”, dice Leandro. “Hay un montón de cosas a las que uno no les presta atención”, completa su esposa, Nur Flores. Ella es maestra y Leandro trabaja en una tienda de construcción. Salen, van a comer, hacen asados, tienen amigos. Llevan una rutina normal y hablan muy poco de la otra parte de su vida. Como preparacionistas siempre están pensando en nuevas herramientas para su equipo de supervivencia; en las conservas que les hacen falta y en las prácticas que requieren. A sus hijos les enseñan a través del juego.

Por su parte, Julián Godoy decidió dejar Mar del Plata para irse a vivir en un pueblo de la provincia de Mendoza, alejado de todo y muy cerca de la cordillera de los Andes. Pensaba que las ciudades eran epicentro de peligros: “Créanme, prefiero carecer de estas ventajas a cambio de un entorno donde no haya disturbios por injusticias sociales, protestas por decisiones políticas, malestares típicos de la ciudad, que ya muchos aceptan como parte del paisaje”, dice en uno de los videos que tiene en Julián 545, su canal de YouTube que tiene cerca de 150.000 suscriptores.

Sin mostrar nunca su cara, da lecciones para poner trampas de ratones, sembrar huertas autosostenibles, deshidratar frutas y vegetales, hacer una lista de los 22 medicamentos que se deben almacenar, de la exploración de cuevas como búnkeres naturales de supervivencia o de técnicas de escape dentro de una ciudad.

Nada de esto le es ajeno. Creció en una familia numerosa que habitaba una casa en medio del bosque cerca de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. “Mis padres fueron preppers sin darse cuenta, porque tenían la costumbre de juntar cosas, por si les llegara a faltar el trabajo. Yo llevé esto un poco más lejos”, afirma.

Todo comenzó una noche cualquiera, en un pub de la ciudad de Mar del Plata. Julián fue testigo de la golpiza que le daban a un hombre borracho a quien decidió defender, y era Jorge Muñoz, coronel de la Fuerza Aérea Argentina y excombatiente de la Guerra de las Malvinas en 1982. Desde ese momento se trazó una gran amistad que perduró por más de dos décadas y le permitió a Julián incorporarse en un equipo de fuerzas especiales, que por cuestiones de seguridad no puede nombrar.

Allí aprendió prácticas de supervivencia extrema y se convirtió en instructor. Actualmente tiene dos hijas, una de 11 y otra de 13 años, que saben usar ballestas, curar heridas, pescar, cazar y hasta comunicarse por medio de código morse. Pero sus vidas son como la de cualquier otra joven. “Tienen celular, juegan en la tableta, salen con sus amigas y van al colegio. Pero no dejan de lado lo otro, que les va a ser muy útil para toda su vida”.

Los preparacionistas pueden parecer muy reservados. Casi todos guardan secretos: búnkeres, lugares de almacenamiento de comida, puntos de encuentro, estrategias de escape... Al final, es una vida llena de anonimatos. Sin embargo, dicen que esta necesidad de cambio se le puede presentar a cualquiera.

“Bueno y vos para qué lo necesitas”, me preguntó el vendedor de la tienda. “Para salir de excursión”, le mentí. “Y cuál preferís entonces”, insistió. “Gracias, pero creo que por ahora no me voy a llevar nada, de pronto vuelva en otra ocasión”. Mientras yo salía, el hermano gemelo de Miles Quaritch me siguió con su mirada y sin decir nada movió la cabeza. Unos metros más adelante entré a una farmacia y compré un botiquín de primeros auxilios y dos litros de agua. ¡Quién sabe, es mejor estar preparados!

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