La fiesta, la fiesta fiesta, la de carnaval o picó, la de sudor y salsa, la de take tarake take, la rumba; de esa fiesta estamos hablando. Y esa fiesta involucra necesariamente al menos dos cosas, dos elementos claves e imprescindibles: gente y música. Y cuando hay gente y hay música, generalmente hay trago u otra droga.

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No es que se necesite estar borracho para irse de fiesta. Hay gente que logra lanzarse en ese trance de gozo puro a palo seco. Benditos ellos. Otros gustamos de sustancias para alimentar ese gozo puro, para entrar en ese trance. Pero no siempre fue así.

La primera vez que me fui de fiesta debía ser un niño. El apartamento de mis papás, lleno de gente de noche. Los recuerdos son borrosos y felices. Todo ocurría desde esa perspectiva de menos de un metro. Era una selva en movimiento de piernas, medias veladas y zapatos elegantes, de manos con cigarrillos que esquivaban mi infancia trasnochada, caminando por ahí asombrada, sorprendida por bocas alicoradas que descienden para dar besos apretados de aguardiente y perfume. La música sonando fuerte, podrían ser los Gipsy Kings, “Djobi, Djoba, cada día yo te quiero más”, y ahí me fui, me dejé ir, en un abrazo, en una vuelta con mi papá o mi mamá, con algún amigo de ellos, en la seguridad del clan, me fui de fiesta.

Porque uno se “va” de fiesta, se “va” de rumba. Y ese irse no habla tanto de desplazarse a algún lugar físico, de salir a la calle, a uno u otro bar, sino de salir del estado mental convencional. El lugar a donde uno se va de fiesta es un lugar siempre muy parecido, más allá de que sea al Goce Pagano, a las fiestas de Pink, a Quiebra Canto los miércoles, a Armando, a Video Club, a un apartamento con unos parlantes de computador. Por eso, el sitio es casi irrelevante si está la gente y está la música, si están alineadas las emociones para dejarse ir.

(Un fofisano en clase de rumba)

Presiento que Li Saumet no va a poder darme una mejor fiesta con Bomba Estéreo que la que me dio en una casa por allá a las afueras de Bogotá, cuando era desconocida y cantaba en Mister Gomes en Bombay. Ese día hubo magia, creo. Y creo, porque más que un recuerdo preciso, es como una reminiscencia de una sensación enajenante, en la que no estaba yo, estaba fuera de mí, no era rico, no era pobre, no era blanco ni era negro: nadie lo era, estábamos de fiesta.

Y es que la fiesta bien lograda carece de lenguaje, de historia y de memoria. Sucede ahí mismo y se esfuma. Se vive en el momento y si de ella queda algo, es más bien un poco de culpa posterior (nunca simultáneamente, nunca hay fiesta y culpa al mismo tiempo) y seguramente un ligero trajín neuronal.

Por eso la fiesta es criticada. Porque, dicen a los que acusamos de aburridos, es un desperdicio de inteligencia y de tiempo. Es una crítica que abarca a veces al espíritu nacional, al colombiano que deja en una noche el sueldo del mes. Todo en exceso es malo, pero la buena fiesta siempre es un exceso. Y ese exceso, en su medida justa, es uno de los alimentos de la vida. Esas fiestas, cuando el final esté cerca –y para los que creemos que la muerte llega sin un más allá–, serán la acumulación del placer que logramos exprimirle al paso por este mundo. Lo bailado no lo quita nadie, dicen. Pero como la fiesta, la vida también se acaba, y más vale que cuando eso pase uno pueda decir que estuvo buena, que logramos irnos de fiesta antes de irnos del todo.

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* Periodista. Director del programa Zona franca, del canal Red Más, y columnista de El Espectador.

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