Stephanny Beltrán Navarrete tenía 3 años cuando su padre, Héctor Jaime Beltrán, no regresó a casa. Treinta y dos años después de la desaparición, lo primero que ella 1,50, pelo negro, trigueña, cara redonda con algunas pecas recuerda haber visto del cuerpo de su padre fue un grupo de huesos calcinados.

A simple vista, los huesos calcinados parecen un puñado de frutos secos. Stephanny vio los de su padre, conocido desde su infancia como Jimmy, en una fotografía proyectada en el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, sede Bogotá. Allí llegó el 2 de junio de 2017 con su madre, sus tres hermanas, sus abuelos y sus tíos para oír de boca de Jairo Hernando Vivas Díaz, coordinador del Grupo Nacional de Patología Forense, que los huesos hallados en una tumba en Barranquilla eran los del hombre que habían buscado en cientos de lugares y durante noches y días infinitos. En la fotografía vieron esto: un esqueleto pequeño que debió ser su padre, ‘armado’ en una camilla y con algunos huesos ausentes en piernas y brazos. 

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Stephanny nació el 28 de septiembre de 1982 y es la segunda hija del matrimonio de Héctor Jaime y Pilar Navarrete. El 6 de noviembre de 1985, cuando la pareja y sus cuatro hijas vivían en un segundo piso en el barrio San Bernardino de Soacha, Héctor Jaime se levantó a las cinco de la mañana, como todos los días. Desde hacía varios meses trabajaba como mesero en la cafetería del Palacio de Justicia, en plena Plaza de Bolívar y frente al Congreso de la República de Colombia.

Pilar tenía 20 años. El día anterior le había entregado una fotografía en la que aparecían sus tres hijas mayores y una hermana de su esposo disfrazadas, Stephanny como Papá Noel. Héctor trató de convencerla para que se la prestara y le sirviera como muestra de su familia ante una amiga congresista, con el fin de que pudiera ayudarlo con una casa.

Préstamela, Pili, te lo suplico— le insistió Héctor hasta que se durmieron, pero ella fue clara: era la única que tenía y no le permitiría llevarla.

Sin embargo, Pilar le preparó el desayuno en la mañana y cuando él terminó, le dijo que mirara debajo, donde estaba escondida la foto. Y luego le hizo repetir, con la mano derecha levantada y la izquierda contra el pecho presionando la imagen:

Yo, Héctor Jaime Beltrán, juro que si boto la foto, no regreso.

Y no regresó.

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-Desde el primer día supe que mi papá se había desparecido -dice Stephanny mientras fuma un Marlboro en un café cercano a la Plaza de Bolívar-. Por eso mi papá para mí ha sido memoria. Y esa memoria ha sido posible gracias a su madre, Pilar, quien se ha encargado de mantener la figura de Héctor Jaime intacta. Incluso contestando las preguntas más íntimas y reveladoras sobre un hombre que tenía 28 años cuando el grupo guerrillero M-19 se tomó el Palacio de Justicia y luego el Ejército hizo una retoma llena de misterios, con un resultado de decenas de muertos y desaparecidos.

Mami, ¿qué cosa no te gustó de mi papá?le preguntó Stephanny, cuando era adolescente, a su madre.

Que fumaba marihuana le contestó Pilar, sin ocultar los bordes reales del padre.

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Héctor Jaime era de Sahagún, en el departamento de Córdoba. En las fotos que se conservan puede reconocerse a un hombre bajo, 1,65, piel trigueña, bigote, patillas largas y huesos cortantes. Su voz era como el sonido del pasto seco cuando se pisa, fresco y seco a la vez, como la voz de Evelyn, su hija menor.

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El día que no regresó Héctor Jaime evitó encontrarse con su madre, quien vivía en el mismo edificio donde Pilar, él y las hijas habitaban un apartamento de tres habitaciones en compañía de la mamá de Pilar y su hermana. La madre de Héctor también era de Sahagún y, como buena costeña, lo esperaba en la ventana para verlo salir y saludarlo a lo lejos:

— !Muchachooooo!

Jaime le dijo a Pilar que saldría por el parqueadero, porque le debía dinero a su madre y no podría pagarle ese mes, pues a causa de una dolencia en un pie era posible que lo incapacitaran la semana siguiente. Por esto, la plata era necesaria para la casa y las niñas.

A raíz de este detalle se sabe que lo último que hizo en el barrio fue alejarse pantalón de poliéster azul, zapatos negros, chaqueta azul y camisa polo blanca y darle un cigarrillo al vigilante para que lo dejara salir por donde lo hacían los carros y las motos. Luego se subió a la buseta que lo llevó por la autopista, la carrera 30, la calle 19, la carrera 13 y la calle 15, donde se bajó para caminar hasta el Palacio de Justicia, como siempre lo hacía.

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-Hacer memoria es un proceso muy difícil -dice Stephany-. Pienso que hay dos tipos de memoria: la que te duele y no puedes hablar de ella, por el dolor, y la memoria bonita, en la que te cuentan qué hacía esa persona, qué gestos tenía.

La memoria bonita, la que no duele, es la que le permite a Stephanny describir a su papá como si lo hubiera visto por última vez hace algunos meses. Retazos desde diferentes lugares y personas que llegan como hojas barridas por el viento, hasta llenar su antejardín o su patio. Por ejemplo, que adoraba el vallenato, era hincha del Junior, dibujaba, compraba los cuentos de Kalimán o que conoció a su madre mientras ella y una hermana de él ensayaban para una obra de teatro.

La memoria triste, por el contrario, es aquella de las preguntas sin respuestas. Aquellas que surgieron después de una llamada en mayo de 2017, cuando una amiga le comunicó a su madre Pilar que la Fiscalía la estaba buscando y ella intuyó que Jaime, su Jimmy, el papá de Stephanny, Karina, Dayana y Evelyn, había aparecido.

¿Por qué se lo entregaron a otros y nos negaron la posibilidad de tenerlo desde el día uno? ¿Por qué no tuvimos un lugar donde llevar una flor? ¿Qué le hicieron? ¿Lo mataron el mismo día? ¿Por qué le faltaban unos huesos?

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El padre de Stephanny estuvo durante treinta y dos años en Barranquilla en la tumba del magistrado auxiliar Julio César Andrade Andrade. Gracias a la hija de este último, quien insistió durante dos años para que exhumaran a su padre, apareció Héctor Jaime. Fue una corazonada de ella dice Stephanny. Así nos lo dijo. Sentía que podía estar quitándoles la oportunidad a otros de tener a su ser querido.

Una corazonada que se dio por las irregularidades que han existido alrededor de este caso. Que luego de la toma por los guerrilleros y la retoma del Ejército hubo muertes y desapariciones. Que hubo entregas de restos para suplir el duelo de los familiares de los magistrados, sin pensar en las familias más pobres, como las de algunos trabajadores de la cafetería, entre ellas la de Héctor Jaime. Así fue como a Gabriel Andrade, hijo del magistrado auxiliar Julio César, le entregaron, días después de la toma, los huesos calcinados del papá de Stephanny, advirtiéndole que no abriera la caja y que sí era su padre, como lo mostró un pedazo de pantalón que había al lado y la cédula, intacta después del fuego que consumió el cadáver.

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Cuando apareció Jimmy hubo confusión. Stephanny y sus hermanas no podían creer que su padre hubiera pasado tanto tiempo en una tumba que no era la suya, llorado por una esposa y unos hijos que no eran ellas. Pilar, por su parte, descansó, pues cuando supo del hallazgo de los restos estuvo segura de algo: había hecho bien su trabajo en aquel lejano noviembre, porque estuvo ocho días después de la toma y la retoma del Palacio de Justicia visitando la sede de Medicina Legal, con el objetivo de revisar los cadáveres para encontrar el de su esposo.

Mientras ella buscó entre cuerpos rotos o quemados, lo que quedó de Jimmy fue metido en una caja y puesto con dos pruebas que señalaban esto: él o lo que quedó de él era otro.  

Miré hueso por hueso dice Pilar. Y que tuviera un platino.

Las señales para conducirse en medio de la oscuridad de la muerte, en medio de camillas con las partes de hombres y mujeres, fueron: un platino que Jimmy debía tener en un brazo; y que de las premolares de la parte inferior derecha las muelas después del colmillo una estuviera coca, picada, comida, y la otra ausente.

Nada: a ningún cráneo, a ninguna mandíbula le faltaba una muela, con otra dañada al lado. Nada: ningún brazo tenía un platino.

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-Nosotras no celebramos el Día del Padre. No tuvimos ese evento marcado en la vida porque sabíamos que no teníamos papá dice Stephanny sentada al lado del altar con las fotos de Héctor Jaime, en la sala de una casa del barrio Ciudad Jardín, sur de Bogotá ,en la que ella vive con su esposo, sus dos hijos y su madre Pilar.

Desde el primer día de la desaparición, ellas y su hermana comenzaron a oír de boca de su madre todo con claridad: qué había pasado, qué pudo pasar, qué podría pasar, qué esperar y qué no.

La desaparición no fue fácil, pero fue tranquila, porque me la dijeron y me la enseñaron explica Stephanny mientras mira una fotografía en la que su padre sonríe.

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¿Cómo es un hombre que no has visto, pero tienes que levantar de la nada, como un rompecabezas en el aire? 

Es una canción: The Wall, de Pink Floyd, que cantaba cuando llegaba del trabajo y te cargaba. Es un dicho: “Miedda seca acabá e cagá”, que tu madre te explicó como estar fregado y que te caiga, de repente, otra cosa peor. Es un olor: Old Spice. Es una forma de caminar: con las piernas abiertas, como empujado hacia adelante por el viento. Es un movimiento: la ceja izquierda levantada de manera constante, como la barriga de alguien que se infla y se desinfla mientras duerme.

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Sueños. También tu padre pudo ser un sueño, pero Stephanny nunca soñó con su padre. Solo lo hizo por primera vez cuando aparecieron los restos. No así Pilar, su madre, quien soñó varias veces que un familiar de otro desaparecido la buscaba en las calles de su sueño y le extendía la mano:

Mira, mi tía era tu Jimmy.

Mira, mi hijo era tu Jimmy.

Mira...

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-¿Aquí había otra muela? -preguntó Pilar en la sede de Medicina Legal cuando reconoció los huesos de Jimmy, frente a frente.

Pilar solitaria para evitar que sus hijas vieran a su padre por primera vez reducido a trozos de una extinción.

Sí, pero estaba floja le contestó el médico forense, mientras caminó para buscarla.

Segundos después la muela coca ocupó su lugar, en una mandíbula oscura sobre una camilla.

Apenas se la puso Jimmy me sonrió dice Pilar recordando aquel instante, mientras su hija Stephanny la observa detenidamente, con los ojos brillantes y fijos.

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-Perdónenme por llevarme a su papá -les dijo Gabriel Andrade a Stephanny y a sus hermanas, arrodillado, el día de la entrega técnica de los restos que creyeron, durante tres décadas, eran los de su padre, el magistrado auxiliar Andrade.

Después de esa entrega técnica, Stephanny, sus hermanas y su madre decidieron que el 18 de septiembre de 2017, el día en que Héctor Jaime cumpliría 60 años, fuera la entrega oficial. Y ese día fue la segunda vez que Stephanny entró al Palacio de Justicia la primera fue el 6 de noviembre de 2015, cuando el presidente Juan Manuel Santos les pidió perdón a las víctimas del holocausto ocurrido allí, treinta años después. En la despedida, planeada por Pilar, sonaron las canciones que su esposo amaba y se vieron varios pendones con fotos de diferentes etapas de su vida.

Nuestra reparación son las fotos. Amamos las fotos dice Pilar, reforzada por su hija Stephanny.

Y no solo ellas encuentran un significado especial en las fotos, también otras familias en la misma situación, como lo muestra el gesto que tuvo la esposa del magistrado auxiliar Andrade, quien puso en el altar donde ha estado la foto de su esposo la imagen de Jimmy que Pilar y sus hijas cargan en el pecho en todas las manifestaciones y eventos relacionados con esta tragedia. Dos hombres unidos por varias cosas: el lugar de trabajo, el lugar de la desaparición y una tumba, equivocada para uno y ahora vacía para el otro, esperando el hallazgo de los restos.  

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-Oiga, René, ¿y en esa visita a Gámez le contó algo de Jimmy?, ¿vio a Jimmy? -preguntó Pilar.

La escena ocurrió en 2007 en las inmediaciones de la revista Semana, cerca al Parque de la 93, en Bogotá, luego de asistir a la visualización de un video en este medio de comunicación. En la imágenes hablaba Ricardo Gámez Mazuera, uno de los pocos testigos exiliado en Europa de lo que pudo ocurrir en las instalaciones del Palacio, luego de la toma y la retoma por parte del Ejército, y relataba torturas y escenas no autorizadas llevadas a cabo por los uniformados.  

Sí, claro le contestó René Guarín, hermano de la desaparecida en Palacio Cristina del Pilar Guarín, quien se reunió con el testigo en Europa.

¿Y cuándo lo vio? le preguntó Pilar, mientras tomaba un café.

Apenas pasó la toma del Palacio.

¿Y cómo lo vio?

Lo vio mientras los enfilaban. Tenía una camisa blanca le contó René a Pilar. Y algo en el pecho que se tocaba constantemente.

Algo: la foto del comienzo del día y el dolor del final.

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¿Qué es lo que más falta hace cuando tu padre desapareció?

Todo.

Que hubiera estado en momentos como mis quince, mi grado, el nacimiento de mis hijos, las navidades, mis cumpleaños y los de él dice Stephanny.

Se pierde todo, representado en momentos, como la misma Stephanny lo aclara una tarde de mayo en la iglesia San Bartolomé la misma donde están Héctor Jaime y los otros desaparecidos del Palacio, en medio de la misa por la despedida de su abuelo, Héctor Beltrán, padre de su padre.

Nunca supe qué es esto dice en voz baja, mientras ocurre la comunión.

Esto: una despedida, porque, a pesar de la aparición de los restos, su padre siempre será aire, algo impalpable, un fantasma. ¿Y cómo se despide un fantasma?.

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