Hubo alguna vez un hombre que, contrario a los que pierden la mitad de o toda su fortuna al divorciarse, logró amasar un patrimonio de varios millones de dólares. Y no lo hizo solo una vez: Porfirio Rubirosa Ariza (República Dominicana, 1909-1965) logró divorciarse cuatro veces, dos de ellas con dos de las mujeres más ricas del mundo de la época, que le dejaron una pensión alimenticia de 25.000 dólares anuales, una flota pesquera en África, varios autos deportivos, dos bombarderos B-25 modificados en uno se estrelló, una casa de cuatro pisos del siglo XVII en París donde instaló un ring de boxeo que usó como tarima de conciertos para fiestas improvisadas, una plantación de café en República Dominicana, ocho caballos de polo, joyas, cuarenta trajes, veinte pares de zapatos y 2,5 millones de dólares en efectivo.

Además, Rubirosa tenía una característica ideal para el que quiere saltar de matrimonio en matrimonio sumándole cifras a su patrimonio: era estéril. Hay dos teorías: sufrió de paperas en la niñez o tuvo un accidente jugando polo su deporte favorito, además de las carreras de automóviles. Así, ni por equivocación, la custodia o la pensión alimentaria de un niño no fueron para él siquiera un problema remoto. Estaba diseñado, por naturaleza, para ser un vividor empedernido.

Este es el hombre que encarna Manolo Cardona en Rubirosa, una nueva serie de Claro Video. Para el papel, Cardona me dice que evitó juzgar al personaje para poder entenderlo: “Desde el lado de Manolo hacia Porfirio, creo que se quedó muy pegado en el tema del poder y el dinero. Eso sería lo único que le rechazaría, porque de resto pienso que era un personaje único, que vivió su vida al límite y siguió sus convicciones”.

Si nos ceñimos de manera estricta a las definiciones del diccionario el Oxford, en este caso, Rubirosa fue un gigoló que se convirtió en playboy. Gigoló viene del francés y se usaba para hablar sobre los compañeros de baile, y luego sirvió para designar a un hombre joven apoyado en lo financiero por una mujer, casi siempre mayor, para ser su acompañante o amante. Playboy, en cambio, viene del siglo XVII y habla de “un hombre rico que pasa su tiempo disfrutando de sí mismo, especialmente uno que se comporta de manera irresponsable o tiene muchas relaciones sexuales casuales”.

Sin embargo, la mujer que le dio a Rubirosa el gran poder para hacer cuanto se le diera la gana no era mayor que él, sino seis años menor. Su primera esposa fue Flor de Oro Trujillo, hija del dominicano Rafael Leónidas Trujillo, uno de los dictadores más sangrientos de la historia, que gobernó la isla por treinta años a costillas de la vida de miles de personas unos dicen que en esa dictadura murieron 3000, otros cuentan hasta 50.000. Así que no es exagerado decir que su primer divorcio casi le cuesta la vida.

Tiempo después, Rubirosa y Trujillo restauraron su amistad en unas vacaciones en París, donde, según el manuscrito de las memorias inacabadas del vividor, le ayudó a su exsuegro a acostarse con una vendedora de estampillas en la Torre Eiffel. Así, mientras Trujillo estuvo en el poder, a Rubirosa no le hizo falta nada en la vida, por su calidad de funcionario diplomático consentido de República Dominicana. También ejerció ese cargo en Berlín, París, Buenos Aires y La Habana. Quién sabe qué horrores le ayudó a esconder al dictador como para perdonarlo por serle infiel a su hija e, incluso, golpearla.

Rubirosa murió cuatro años después que su suegro, así que la agonía de no tener un puesto diplomático fue corta. Habría logrado el quinto divorcio si después de una noche de tragos no se hubiera estrellado contra un árbol en París en su Ferrari 250 GT. Es más, se dice que ya había pensado en casarse con Patricia Kennedy Lawford, hermana del expresidente de Estados Unidos John F. Kennedy.

¿Por qué ninguna de las mujeres con quienes estuvo se dio cuenta de que era un trepador? Los signos de su desinterés en ellas pero interés en sus fortunas eran muy evidentes. En su obituario en The New York Times cuentan que cuando se casó con la periodista Doris Duke para muchos la mujer más rica del mundo de su época, no por su profesión, sino por ser la hija del hombre que, nada más y nada menos, tuvo la licencia de la primera máquina para envolver cigarrillos estuvo fumando durante toda la ceremonia, y solo soltó el cigarrillo para intercambiar las argollas.

Luego, en su siguiente matrimonio, con Barbara Hutton otra multimillonaria, heredera del hombre que se inventó los supermercados a bajo precio y las góndolas de productos, se casó con la misma chaqueta del matrimonio anterior. Además, el periodista Gary Cohen rescata un detalle revelador en un extenso perfil de Rubirosa en la revista Vanity Fair: “Hutton tomó suavemente la mano de Rubirosa y puso su brazo alrededor de su cintura. Después de que se firmó el contrato (de matrimonio), la señora Rubirosa le preguntó a su nuevo esposo: ‘¿No vas a besarme ahora?’”.

Por si fuera poco, varias de sus mujeres contaron haber sido golpeadas por él. Flor de Oro, la hija del dictador, le contó en unas cintas a su amiga Maritza Quiñones que él la golpeaba cada vez que le preguntaba dónde le habían manchado la camisa con labial.

Pero la víctima más famosa de sus golpes fue, sin duda, la actriz Zsa Zsa Gabor, quien, con un parche en el ojo, contó en una rueda de prensa en Las Vegas que Rubirosa la había golpeado porque no se había querido casar con él. “El hecho de que me golpee demuestra que me ama. Una mujer que nunca ha sido golpeada por un hombre nunca ha sido amada”, dijo a la prensa. Era 1953, el mundo tomaba el maltrato a las mujeres como un chiste. Un chiste contado, incluso, por ellas mismas.

Quién sabe si hoy, más de medio siglo después, hubiera podido existir alguien como él. Infiel y maltratador, ¿por qué, entonces, ninguna mujer se resistía a sus encantos? Kahlil Heche, uno de sus amigos del polo, le contó a Vanity Fair que “protegía su piel con miel; se cuidaba mejor que una mujer”. En el mismo artículo, varias mujeres recuerdan que después de conocerlo, recibían una rosa con una nota: “A la más bella de las mujeres”. Sin embargo, a Gabor, después de conocerla en un ascensor del hotel The Plaza, en Nueva York, no le envió una sola rosa, sino que le llenó la habitación, con una nota en inglés: “Don Porfirio Rubirosa, ministro plenipotenciario de la República Dominicana. A la más bella de las mujeres”.

Pero desde el principio de este texto usted se debe estar haciendo una de las preguntas más obvias que surge sobre un personaje de estas características. Truman Capote fue la persona que más claro respondió a esa pregunta: dijo que el pene de Rubirosa era más grande que su zapato, talla 11. Un amigo del vividor desmintió en Vanity Fair el rumor de que Rubirosa era capaz de balancear una mesa con su pene: “Sería inconcebible que lo sacara debajo de una mesa o encima de una mesa. Fue un caballero. Ni siquiera hablaría de su pene”.

Pero sus mujeres sí que hablaron de él: “Me llevó al lecho nupcial. Tenía miedo, ¡esa cosa se tambaleaba hacia mí! Estaba disgustada y tuve miedo, corrí por toda la casa”, contó Flor de Oro en las cintas que le envió a su amiga, confesándole, además, que quedó adolorida por una semana.

La escritora Susan Crosland le contó a Vanity Fair que durante una entrevista que le hizo a Rubirosa, en 1963, ella entró al baño de su suite y al regresar se sorprendió: estaba “sonriente en sus calzoncillos con monograma, a través del cual estaba su miembro estilo de burro. Me arrojó sobre su cama sin hacer, y se produjo un combate de lucha libre cuando esta cosa grotesca giró alrededor”.

Pero, en realidad, puede ser muy injusto decir que Rubirosa era un hombre pegado a un pene. Era un hombre que vivió los momentos más importantes del siglo XX casi de primera mano: sobrevivió a una de las peores dictaduras de la historia, se dice que compartió palco con Hitler en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, vendió visas dominicanas a judíos que querían huir de Europa, usó su pasaporte diplomático para sacar joyas de España y, según dicen, quedarse con varias de ellas en el proceso, naufragó en un barco en el Caribe con unos cazadores de tesoros buscando naufragios, se dice que se acostó con Eva Perón en su paso como diplomático en Argentina, departió con Fidel Castro antes de la Revolución y habló de tú a tú con John F. Kennedy en su yate para limar con Ramfis Trujillo, su excuñado y sucesor de Rafael Trujillo en el poder.

En definitiva, sean ciertas o no las historias del pene descomunal de Porfirio Rubirosa, hay que hacerle justicia y decir que debió ser uno de los hombres más interesantes para conversar que haya alguna vez nacido. Como bien le dijo a Vanity Fair Mildred Ricart, esposa de un diplomático que trabajó con él: “Hay muchos hombres que son excelentes en la cama, pero no puedes salir a cenar con ellos”. Él, en definitiva, era uno de ellos.

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