En el pecho, el californiano Mark Robertson lleva tatuado lo que él llama su family grass: los nombres Annie, Gracie, Claire y el suyo están grabados en cursiva en su piel, anclados en un bosque negro de hiedras, para recordarle de dónde viene y para dónde va. Hace tres años Sayulita se le presentó como una casualidad y ya ha vuelto 12 veces, atraído por el efecto hipnótico de este pueblo hippie surfero de la Riviera Nayarit, en el Pacífico mexicano.

Si ilustrara a Sayulita en su pecho, que hoy resiente el golpe del sol de mediodía por cuenta de una resaca, no habría colores oscuros posibles. No habría lugar para las delicadas líneas de la hiedra. No existiría el orden estricto de un árbol genealógico. Habría cientos de diminutas chaquiras multicolores, las de la cultura huichol, que juntas contarían, en fragmentos desordenados, la historia de un pueblo que pasó de vivir de las plantaciones y del aceite de coco a ser un destino de surf. Habría iconografías muy mexicanas, siempre una catrina, pero también la nariz de una tabla y las plumas de un atrapasueños. Habría una imagen de alguien que viene de fuera y de un mexicano. Y, quizá, una frase: Live what you love.

Ese tatuaje debería sintetizar lo que el instructor de surf Carlos Domínguez define como el Sayulita’s Way. Para este tijuanense que ha vivido más de la mitad de su vida en Sayulita, el secreto “es la gente, las olas y las buenas vibras”. Para Mara, con su maleta de cuero rojo que rueda (y aúlla) en la playa mientras le dan entrada a su hotel, es el color y la vida sin pretensiones. Para Joel, que viajó 22 horas en carro desde Chihuahua y acaba de alquilar su tabla por 500 pesos el día (80.000 pesos colombianos), es encontrarse con gente de todo el mundo que trae su cultura y sus pasiones.

Este mediodía de octubre el oleaje es agresivo, y eso desmotiva a algunos instructores. Un día así es difícil garantizarle a un novato que se pare sobre una tabla y acaricie, así sea por unos segundos, la ola. Hoy andan lento las modestas carpas playeras de enseñanza y de alquiler, así como las tiendas y escuelas especializadas de la calle principal, encumbrada con banderines de papel. Hoy suena, lánguido, un organillo en medio de un puñado de bañistas desprolijos. Pero en unas cuantas semanas, y hasta marzo, comenzará la temporada alta. Rodarán las camionadas de tablas, de a 50 por viaje, y los extranjeros y los mexicanos buscarán olas de hasta cuatro metros. En la Bahía de Banderas, donde está metida Sayulita, se dividirán en dos grupos: aprendices en el sur y expertos en el norte. Vendrán también los amantes del paddle board (surf de remo). Se hablará en inglés. Habrá niños tomando clases. Los bañistas tapizarán la playa sin dejar ni un huequito para tumbarse. Y arrancará la competencia tácita entre los instructores originarios de Sayulita y los que vienen de otros lados.

Get Up, Stand Up

“Somos maestros profesionales de Sayulita. Nuestro trabajo está garantizado”, dice el instructor Heriberto Barraza, en la zona sur de la playa, quien aprendió solo, a los 6 años. Con el eslogan Get Up, Stand Up y con la imagen de Bob Marley impresos en su carpa blanca, Heriberto y su hermano Eric prometen 15 minutos de instrucción en la arena, una hora en el agua y, por lo menos, unos segundos sobre la tabla por 800 pesos. “Si no te paras, te regreso tu dinero para atrás”, agrega Heriberto, trigueño, ligero y pausado. Cuatro personas de su familia están metidas en el negocio del surf. Su respaldo es provenir de uno de los mayores semilleros de surfistas aztecas. Sus cuentas arrojan que la mitad de las selecciones mexicanas de surf y de paddle board son de Sayulita y San Blas, a 120 kilómetros. Esa historia la han tejido, con las líneas que deja la tabla en el agua y la entrega que supone aprender a leer las olas, los deportistas élite Guillermo Cadena, Dan Hernández, Adrián Rodríguez y dos hijos de inmigrantes que se embelesaron hace décadas con Sayulita: Kalle Carranza, de madre finlandesa, y Dylan Southworth, de padre estadounidense.

“Hay gente que no es de acá”, remarca Heriberto, quizá sin notar que para turistas e inmigrantes lo especial de Sayulita es su apertura, pero muy consciente de que mientras más instructores lleguen, más complicada será la subsistencia en su carpa sencilla, sin la infraestructura de los sitios de enseñanza que quedan en las calles empedradas de Sayulita.

Dicen que cuando languideció el negocio de las plantaciones de coco, los estadounidenses se fueron con sus cultivos a Centroamérica y que llegó, en los sesenta, una nueva ola de gringos, pero de un talante distinto. Eran los californianos, que traían sus tablas y su alma hippie. Los locales se contagiaron y aprendieron. Y algunos de los que venían de lejos se quedaron. Tres décadas después, los canadienses y los estadounidenses empezaron a llegar en masa ante el rumor de un paraíso de surf tan original. Puede que los haya atraído el eco de un mundial patrocinado por Reef o una elogiosa crónica de The New York Times. Nadie lo tiene claro. En todo caso, hoy medio Sayulita vive del surf, calcula Heriberto, y operan 15 escuelas independientes, puntualiza Carlos, instructor de Lunazul, el sitio que creó Kalle Carranza.

La llegada de los extranjeros, y sus monedas fuertes, encareció al pueblecito de 20 chozas que los locales tienen como referencia histórica en su imaginario. Decir pueblo hippie para designarlo ya no es suficiente. ¿Será hippie chic? Heladerías, pizzerías, bares, galerías de arte, tiendas de objetos mexicanos, taquerías... Todos están ahí para el disfrute experiencial y estético, pero Sayulita sigue siendo un lugar donde nadie necesita ni quiere lujos.

Un grupo de latinoamericanos va a ponerse a prueba esa tarde de octubre en el mar. Ninguno ha surfeado. Primero, bajo una amplia carpa que los cubre de un sol radiante, Carlos les advierte: no brinquen ni claven. Les pide que se acuesten boca abajo sobre la tabla y que, para levantarse, hagan una lagartija. El pie de adelante debe ubicarse en paralelo con el de atrás. Todo suena muy bien. Se van al mar. A la zona sur de la bahía. Carlos los pone en contexto: “El agua está picada”. No importa, dicen. Vamos adelante. Pero controlar la tabla y el oleaje al tiempo es otra cosa. La tabla se vuelve un arma. Y la cuerda elástica que une al aprendiz con la tabla puede ser su verdugo. Muchos intentos. Mucha agua salada cruza por las gargantas. Solo dos de siete logran subirse; al resto lo vence la dificultad. Afortunadamente, Sayulita está abierta también para los que fracasan en el agua. 

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