El 13 de julio fue un día particularmente soleado en los suburbios moscovitas. El cielo parecía un telón añil y, mientras nueve agujas arañaban mi piel dejando una estela negra a su paso, Oleg le arrancaba la cabeza a un pescado. Llevaba más de 24 horas sin dormir y las gotas de sudor que escurrían por mi pierna se mezclaban con la tinta y la sangre, encontrando su final en el piso de madera.

A Oleg Chernikov lo conocí en Nikólskaya St. —una de las calles más concurridas de Moscú— la noche del 12 de julio. Poco antes, los croatas seguían celebrando entre arengas y cerveza el triunfo de su selección sobre los ingleses. Al otro lado de la calle, el grupo de colombianos que cada noche instalaba un parlante gigante estaba iniciando la fiesta con La gota fría, de Carlos Vives.

A medianoche la fiesta se accidentó. Producto de un corto circuito, la pequeña colonia de camisetas amarillas se dispersó buscando otro lugar para bailar. Junto con un amigo decidimos sentarnos en las escaleras de una casa de moda Raschini. Fue ahí donde Oleg apareció. Con bermudas, una camisa polo vinotinto marca Fred Perry, un inglés aceptable y una cálida sonrisa se acercó a donde estábamos sentados.

—¿Les molesta si les hablo?

—¡No, no, no hay problema! ¿Cuál es tu nombre? preguntó mi amigo.

—Oleg Chernikov, pero mis amigos me dicen ‘Che’, como el ‘Che Guevara’ —dijo mientras destapaba una botella que tenía impreso El grito, de Munch— En serio, si les molesta que les hable díganme. ¿Quieren probar? —agregó con esa generosidad tan propia del pueblo ruso.

Oleg Chernikov posando en su distrito, Belorusskaya.

Pronto invitamos a Oleg a un bar latino que estaba a unas cuadras y entusiasmado, pero un poco extrañado, aceptó. En el camino nos contó que era un hooligan ruso del Spartak de Moscú. Emocionado y recordando la manera en que la sangre le hervía al pelear, inflaba el pecho y mostraba el tatuaje que tenía en el costado izquierdo mientras me explicaba cómo persiguió a los hooligans ingleses en Marsella durante la Eurocopa 2016.

—Los ingleses son unos maricas. En serio, no son como los serbios, los polacos o los croatas, ellos sí son guerreros; los ingleses son unas mariquitas que lanzan botellas y después corren con el culo cagado. Con mis hermanos los perseguimos, les dijimos que peleáramos como verdaderos hooligans: con las manos... Pero solo corrían —mientras contaba la historia interrumpía el relato para estirar su brazo derecho con la fuerza que solo el fanatismo despierta en los hombres y entonar su grito de batalla: ¡Russian hooligans!

Al llegar a Casa Agave la fiesta estaba muerta. Entonces comenzamos a caminar con el credo de Malcolm Lowry en la boca: “The only hope is the next drink”, mientras buscábamos algún lugar donde calmar la sed. Entretanto orinábamos a la sombra de cualquier árbol mientras las ratas se dispersaban como ágiles sombras grises entre las aceras.

—En mi distrito podríamos encontrar algo, acá no conozco muy bien. La verdad es que acabo de salir de la cárcel y no recuerdo bares en esta zona. Pero en Belorusskaya están los de mis amigos.

—¿Por qué fue la condena?

—Una pelea callejera. Un hombre estaba peleando con su hija en la calle y la golpeó. Le dije que no lo hiciera y lo repitió. Entonces comenzamos a pelear; primero fueron un par de patadas y entre los golpes se desvaneció y le pateé la cabeza. Quedó en coma y me dieron tres años de sentencia. Estoy bajo libertad condicional por buena conducta, no puedo salir de Moscú y la verdad no son buenos días, salí la semana pasada.

Un par de cuadras más adelante encontramos una tienda 24 horas que vendía alcohol y comida en la que pudimos sentarnos a conversar. A medida que el sol salía, Moscú nos besaba con la decadencia y dadivosidad del alma rusa. Oleg invitaba cervezas y nosotros, intentando mantener el ritmo, hacíamos lo mismo. La madrugada se consumía entre las ascuas de cigarrillo y los sorbos de alcohol. Conforme bebíamos comenzamos a contar nuestras historias.

—He recorrido Moscú buscando a alguien y no lo encuentro —dijo Oleg.

—¿Alguna chica? —pregunté.

—No. ¿Cómo se dice?... Eh, no recuerdo la palabra. Es como traición… ¡Ah, un traidor! Verán, antes de entrar a la cárcel reuní a mis hermanos y uno de ellos, uno de mis mejores amigos, me dijo que había salido con mi chica… Masha. ¡Esa perra! Mientras estuve en la cárcel cada noche veía el rostro de ese traidor… Porque, ya saben, esa rata estaba comiéndose a mi mujer. A la madre de mi hijo. No podía dormir. Veía su rostro en el techo de la celda riendo. Quiero verlo. Quiero tenerlo en frente y matarlo.

—¿Matarlo?

—Sí, matarlo. Ese es el precio de una traición.

La conversación fue interrumpida por el tendero, que, gritando ¡piba! ¡piba! —cerveza en ruso—, nos alcanzó otras tres botellas. En la mesa del lado un hombre de unos 30 años, de cabello rubio y ojos azules no dejaba de mirar a Oleg. Pronto se acercó y le comenzó a hablar. Aunque no entendimos nada, haciendo las veces de traductor, Oleg nos presentó.

—Él es Ivan.

—¿Ya se conocían? —preguntó mi amigo.

—No, no, nos escuchó hablar del Spartak y resulta que él es hincha del CSKA. Pero no hay problema, hoy no somos rivales.

Después de presentarnos seguimos vaciando botellas hasta que Ivan dijo que era un maestro tatuador. Entonces pasó lo que siempre pasa a las tres de la mañana cuando cuatro borrachos están hablando: aparecen las malas ideas.

—Bueno, decidido, vamos a Belorusskaya, tomamos algo más y después a la casa de Ivan para tatuarnos —gritó Oleg mientras golpeaba la mesa con una gran sonrisa que dejaba entrever un espacio negro donde alguna vez estuvieron las muelas del costado superior izquierdo.

—¡Que así sea! —respondí.

—Pero antes una pregunta. Muchachos dijo con un tono serio, si surge algún problema, una pelea… ¿qué van a hacer?

Utilizando el traductor escribí: “Nunca caminarán solos, ahora somos hermanos”. Acerqué la pantalla a sus rostros. Entusiasmado, Oleg me abrazó y empezó a entonar cánticos rusos que intentamos imitar. Después nos pidió que le enseñáramos algunos colombianos. Solo se nos ocurrió empezar a cantar sin parar: “¡El tigre Falcao!”.

Nos detuvimos en un bar cerca a la casa de Oleg. Después de pedir cuatro pintas, tres chicos de unos 17 años cruzaron la calle. De inmediato la expresión de Oleg cambió. Dijo algo en ruso y junto a Ivan se levantaron y fueron detrás de ellos gritando. Un cabezazo de Oleg y un golpe seco de Ivan rompieron con el diálogo. Me acerqué recordando mi promesa. Un joven de cabeza rapada, manos inquietas y uñas sucias no se movía de su posición. Se podía sentir su rabia e impotencia frente a Oleg. Con una patada en el culo y la mirada de un verdadero hooligan les indicó que se fueran. Volteó su mirada hacia mí y sonrió.

—Lo siento, pero no, en mi barrio no voy a permitir esa basura antifascista. Esos niños no saben qué es ser ruso y andan por la calle con símbolos estúpidos y agitando banderas que no les corresponde ondear.

—Entiendo.

—No es nada con ser nazi. Yo no odio a los negros o a los judíos. Es respetar lo que significa ser ruso. A mí no me importa que acá vengan musulmanes, no los quiero sacar. Lo único es respetar lo que es correcto, nada de maricas ni antifascistas.

Al llegar a la casa de Oleg vimos que sobre la cama había una pancarta de Mussolini encuadrada. Cuando le preguntamos nos respondió que era original, un recorte de un periódico italiano en el que se enaltece la labor del dictador. Mientras Oleg le comentaba a mi amigo sobre su vida en el ejército, Ivan Donoff, quien no sabía nada de inglés y se valía del traductor de Google para hablar, me contaba que los nazis le habían cortado las piernas a su abuelo por haber sido un agente al servicio de la Unión Soviética. Antes de salir del apartamento, Oleg frenó en seco. Abrió una puerta, se despidió de su madre, sacó un mantel blanco con flores bordadas y manchas de café y me lo regaló.

—¡Es una tradición rusa! —dijo sonriendo.

Después de varios intentos un taxi aceptó llevarnos a la casa de Ivan. Oleg me comentó que íbamos a los “malditos suburbios” a las afueras de Moscú. Después de más de 40 minutos en un taxi llegamos a Lukhmanovskaya St., un enorme complejo de apartamentos completamente distinto a las calles moscovitas a las que estábamos acostumbrados.

—¿Qué va a decir el tatuaje? —preguntó Oleg ya en la casa.

—No lo sé realmente, quiero algo que me recuerde a Rusia siempre.

—¡Lo tengo! La noche no se acaba en Rusia… No, no, mejor: siempre de fiesta en Moscú.

—No, ya sé, quiero que diga "dejé mi corazón en Rusia" —dije entusiasmado.

—¡Oh! Es una gran frase —replicó Oleg abriendo los brazos para abrazarme. —Lamento que no te podamos dar nada mejor, pero este es un regalo que esperamos que disfrutes— agregó.

La plantilla estaba lista. Fuimos al baño e Ivan me depiló la pierna con una máquina de afeitar ligeramente sucia. Un par de vellos rubios se asomaban entre las cuchillas. Después me lavó el muslo afeitado con jabón y agua marrón que salía del grifo. Volvimos a la sala e instaló una mesa al lado de la cuna de su hija, que le ayudé a cubrir con vinipel. Colocó la plantilla sobre mi muslo izquierdo y después de un largo sorbo de cerveza me preguntó si estaba listo. No supe qué decir, por lo que asentí y me dispuse a aguantar el dolor.

El gato de Ivan se asomaba con intenciones suicidas por la ventana y en el microondas se descongelaba un pedazo de pollo que nos disponíamos a compartir para disminuir las arcadas. Pensé que el estar borracho haría que el dolor fuera menor, pero eso no sucedió. La aguja iba y venía, rasgando mi piel y dejando una sensación de ardor a su paso. La sangre y el exceso de tinta escurrían por mi rodilla y podía sentir el aire caliente saliendo de la boca de Ivan sobre mi muslo. Parecía un miope intentando encontrar una aguja en un pajar. Pasó media hora y el tatuaje no podía verse peor. Cinco cúpulas se asomaban torpemente de la frase chueca que había decidido imprimir en mi piel.

En el tatuaje se lee “Dejé mi corazón en Rusia” en cirílico.

Oleg salió del apartamento y regresó con dos pescados ahumados que parecía haber sacado de un río cercano y cocinado con el exhosto de un carro. Me preguntó si quería, le arrancó la cabeza a uno y me dio pedazos de la carne y una que otra vértebra que se había colado por la violencia con la que lo desgarró. Estaba amargo pero no sabía mal, o al menos eso creo.

Seguí apretando la mandíbula mientras las agujas perforaban la piel. Entonces, de la boca de Ivan salieron las únicas dos palabras en inglés que le escuché en toda la noche: “Sorry, man”. La tortura siguió durante casi una hora y media más. Para tranquilizar a Ivan le hacía señas de que estaba quedando genial y Oleg, mientras veía el tatuaje, decía que se quería hacer una esvástica en el brazo por amor a la patria.

Mientras Ivan pasaba una servilleta con fuerza para limpiar el pigmento que sobraba la zona empezó a inflamarse. Continuamos tomando para aplacar el calor que se apropiaba del apartamento. Después de agregar un par de detalles con tinta blanca y pedir perdón una vez más, Ivan sacó de un frasco de lentes de contacto una piedra de hachís e improvisó una pipa con una botella de Coca-Cola vacía. Fumamos un poco antes de envolver mi ensangrentada pierna en vinipel.

A la salida del apartamento caminamos un rato hasta encontrar un bus que nos llevara a la estación de metro más cercana. Por las ventanas se lograba ver la realidad de miles de moscovitas que no viven cerca del centro rodeado de parques y calles impecables. El cansancio, el dolor y la sangre que escurría por mi pierna eran insoportables. Una vez en el metro, con una mirada obnubilada y las manos en los bolsillos, Oleg esbozó una sonrisa. Tras caminar un par de metros levantó la mano derecha y se perdió entre la multitud. Nunca lo volvimos a ver.

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