Falta la otra parte, dice Ferrari, y ella, confundida, y él insiste, falta la otra parte, y como ella no reacciona, la agarra de la camisa del colegio, la de la tela arrugada y ahora sudorosa, y la mete debajo de las escaleras y la empuja hacia la pared, algo así como un beso que en realidad es un meterle pero muy hondo la lengua, áspera y no babosa, y ella siente entre las piernas algo del pantalón de él intentando salir, aruñando la superficie de la tela de su falda gris de pliegues…

Es el final de la historia que estoy escribiendo, sobre esa vez que cometí uno de mis peores errores: haberle vendido mi tortuga a un niño por cinco mil pesos para ir a un concierto de Shakira y Ricky Martin; un niño que después me exigió por la venta de mi tortuga una manoseada de la que aún no sé cómo el personaje de mi cuento va a salir librada. Digamos que yo me dejé meter la mano, dejé que jugara con mis calzones, que me tocara las tetas, pero cuando intentó lamerlas ya no me dejé; de repente, un reflejo, una revelación: eran las tres de la tarde y todo estaba pasando debajo de las escaleras de la entrada de mi casa, que formaban un espacio donde uno podía esconderse pero no a las tres de la tarde y, pues, mi mamá podía llegar en cualquier momento. No sé cómo seguir esta historia.

Para todo esto que quiero contar necesito un empujón, y como siempre que necesito un empujón, voy a los clásicos, y lo clásico de lo clásico en materia de movimientos y bultos intrapantalones es Anaïs Nin, Delta de Venus. Y leo el prefacio. Nin cuenta la historia de cómo un coleccionista le encargó a Henry Miller que escribiera historias sexuales para un cliente misterioso; historias de sexo, explícito, nada de filosofía ni de poesía. Un día Miller se cansó y le encargó a ella que siguiera escribiendo las historias eróticas y ella eventualmente también se cansó y delegó el trabajo a otros escritores que necesitaban el dinero.

Hay algo de lo que cuenta Nin acá que retuerce mi imaginación: el hecho de que este encargo que un viejo fantasma le hizo a Miller convocara a una comunidad de escritores y escritoras, quienes pusieron toda su energía creativa al servicio de la escritura pornográfica. Lo más interesante de la producción de estas historias no es su escritura, sino más bien la manera en que Anaïs Nin y sus amigos empiezan a jugar con estas historias y a decidir si habían sucedido o no. Pero esto tampoco era lo importante, lo importante era decidir si eran plausibles. Y la manera en que probaban esta plausibilidad era con sus propios cuerpos. Se provocaban, se experimentaban, se tocaban, se herían.

Esta escena de los escritores probando sus historias hace que mi imaginación se vuelva física, circule por entre arterias, vellos, calor en una oreja, pestañas, piernas, intensa, brillante, líquida. Los imagino, por ejemplo, probando la historia de Mathilde, la vendedora de sombreros francesa, jovencita, cuya presencia provoca un lenguaje sin mediación, todos los hombres que la ven le hablan explícitamente, nada de poesía (como le exigían a Miller), y va hasta Lima para encontrar hombres que la seduzcan con palabras que no sean “te la quiero meter”, sin venirse sobre su vestido rojo de terciopelo cada vez que se acercan. En Lima, Mathilde encuentra hombres que por fin le hablan con poesía y entonces se vuelve prostituta y se pinta los vellos púbicos de rojo que, al contraste con la blancura de su piel, vuelve locos a los esposos limeños que le lamen los pezones entre tres, cuatro, cinco y se la meten por todas partes y fuman opio y se inyectan cocaína en el tapete persa del burdel de la francesa.

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