Amo esa espuma de frutos rojos. Reviso la hora en mi celular. Voy tarde. Sé que tengo que vestirme rápido pero no logro concentrarme. Estoy empezando a salir con un hombre. Anoche nos dimos besos en el carro, antes de bajarme, frente a mi casa. Su boca es grande, su lengua, suave. Solo se atrevió a agarrarme el pelo un poco más fuerte de lo usual y esa fuerza, ese tirón, me dio a entender que le gustaría dominarme. Sin darme cuenta me agarro un mechón de pelo y lo tiro con algo de fuerza. No me duele. Me excita. Imagino por unos segundos cuál va a ser mi excusa para llamarlo. Es viernes. Algo se me ocurrirá.

(Cuántos tragos debe tomar en una cita)

Limpio el espejo y me miro antes de ponerme los calzones negros de encaje. Dejo la toalla y me acaricio la piel, los senos pequeños y duros, los pezones respingados por el frío… Quiero sentir su lengua ahí, frotándome despacio. Me pongo los calzones y sobre la tela de seda me toco lentamente la entrepierna recién depilada, limpia, fresca... Me volteo para ver mis nalgas grandes. Me agacho en cuclillas todavía mirándome al espejo. Me pongo los tacones negros que usaré hoy. Mis piernas están tensas y fuertes. Así quiero que me vea, desnuda, con los calzones a media pierna y los tacones puestos.

Quiero que me vea y que no me toque. Quiero ser yo la que me toco ante él. Quiero que me chupe cuando yo diga, que me penetre cuando yo quiera. Me pongo las mallas largas y las llevo a la cintura. Me abotono el sostén a la espalda y levanto los senos. La piel sale discreta por entre el encaje. Me sale un suspiro hondo. Estoy excitada. Tengo ganas de tirarme otra vez en la cama, prender mi computador y buscar algo que me dispare la fantasía. Mis páginas favoritas de porno, mis diarios eróticos, mis videos caseros… Pero no. Hoy no. No tengo tiempo.

Apoyo el cuerpo contra la puerta de vidrio de la ducha. Mis senos se aplastan. Si estuviera detrás de esa puerta, desnudo, mirándome. Siento el frío como un corrientazo en las sienes. Mi respiración es más fuerte. Estoy a punto de olvidarme de la hora y disfrutar. Suena el teléfono. Es él. No sé qué hacer… Siento pudor. Algo de vergüenza. Ganas de vestirme, salir a la calle y dejar atrás todo. Olvidarme de él. No volver a verlo.

(El trago que pide en la primera cita lo delata)

El timbre sigue sonando. Me veo dando brincos ridículos frente al espejo y batiendo las manos desesperada. Me convierto en una niña. Mi dureza y mi seguridad se escaparon como agua entre el sifón. De repente imagino que él también está saliendo del baño y que también está desnudo, pensando en mí. Respiro. Le contesto. Es la primera vez que escucho su voz por el teléfono. Es dura, pesada, entrecortada. Está nervioso y eso me gusta. Me hace pensar que los dos estamos excitados, ansiosos por vernos.

Le contesto con monosílabos. Me invita a salir esta noche. Una comida con amigos. Tan rápido, pienso. Pero luego me veo al espejo. No reconozco ese gesto en mí. Me estoy chupando un dedo. Descubro que tengo que arreglarme el esmalte tornasolado. ¿Le gustarán mis manos con esmalte? Le contesto a todo que sí. Me gustaría que me pregunte qué tengo puesto, dónde estoy, qué estoy haciendo. Si tuviera una cámara me grabaría, para después mostrarle el video. O se lo podría mandar a su correo. De sorpresa. ¿Qué pensaría? No me importa.

Él sigue hablando, contándome su día que aún no empieza. Habla mucho. Yo me olvido de mis citas y me dejo llevar por su tono enfático, por sus palabras raras. Quiero que me hable al oído. Mis manos bajan hasta los senos cubiertos por el encaje negro. Busco mi pezón erguido y suavemente lo toco en círculos. Si me viera... Me pregunta algo. No encuentro mi voz. Insiste. Le respondo que sí, que me recoja a las 8:00.

(La aplicación que lo obliga a tener una cita)