La quiero. La quiero tanto que no puedo respirar. La veo y se me estremece la piel, se me para el corazón y los ojos se me salen de las cuencas. Quiero cogerla de la mano todo el tiempo, recorrer con ella las calles desgastadas de Bogotá, saltar con ella cada hueco y esquivar los adoquines que escupen agua en esta ciudad destartalada que ningún alcalde ha sabido arreglar. ¡Incompetentes todos!

(Diarios de fracasados: abandonado y viviendo con la mamá)

Pero con ella al lado, no me importaría ensuciarme constantemente los zapatos. O romperme un tobillo en uno de esos agujeros. 

Quiero acompañarla a donde ella quiera ir. A los rotos esos que le gustan cerca de la Caracas donde solo hay gente fea. Incluso quedar con sus amigos marihuaneros que dicen un ‘huevon’ y un ‘marica’ por cada frase y 20 por cada lapso de cinco minutos. Lo que ella diga, yo voy donde ella diga.

Quiero estar ahí para cuando cumpla sus sueños. Quiero ser el primero al que abrace y besuquee y que luego me lleve a cenar gratis para celebrar su gran victoria. Yo me dejo. Ella es una mujer independiente. 

Quiero sentirla cerca, que su aliento me golpeé la cara y sus palabras me estremezcan por dentro. Aún con el mal aliento mañanero -seguro que ella también lo tiene-, solo quiero que me hable y escucharla todo el tiempo. Da igual la huevonada que me vaya a contar: lo importante es que me cuente. 

Quiero decirle que el mundo no es tan malo como ella cree y enseñarle que en esta urbe de mierda hay más sueños que miseria y gente miserable. El problema es que ella siempre se devuelve del trabajo en Transmilenio en hora pico y, claro, normal que crea que todas las personas son maleducadas y despreciables. No lo son, mi amor, es que están mamados de todo.

(El hombre que era adicto a la heroína y se hizo millonario con un negocio de jugos de fruta)

Quiero que su camino se cruce con el mío en cada esquina. Que si hace falta me patee sin querer porque no vio mis pasos. Yo siempre veo los suyos, estoy pendiente.

Quiero enseñarle que su libertad es lo que más me importa, que yo puedo ser una figura a la sombra de sus éxitos. Podría cuidar sus hijos, a sus perros, a sus plantas, lo que necesite aunque yo no sea el padre de ninguno, mientras ella va dando forma a sus anhelos. Quiero ser quien le limpia la casa mientras ella camina por el mundo haciendo actividades más satisfactorias y plenas que las que yo voy a hacer jamás. 

Quiero cuidarla y quererla tanto, tanto, tanto… Bueno, tanto, tanto, tanto, como ella me deje, obvio. Me conformo con lo poquito que me de. 

Pero antes de nada, antes de quererla, cuidar su hogar, a sus hijos y quedarme en la casa esperándola a que regrese del trabajo, quiero tener el valor algún día de decirla todo lo que siento.

Firmado: Un admirador secreto, muy secreto. 

(¡Jamás diga estas frases si se quiere levantar una mujer! (no sea perdedor))