Hace un año, Kevin Spacey cayó sin atenuantes del cielo de Hollywood al averno que habitan los abusadores sexuales. Al tiempo que los guionistas de House of Cards terminaban de escribir la sexta temporada de la exitosa serie de Netflix, el actor Anthony Rapp acusaba a Spacey de acoso por un episodio ocurrido en 1986, cuando Rapp tenía apenas 14 años. La respuesta de Spacey fue decir que no recordaba ese encuentro, pero, por si acaso, se disculpó. En menos de una semana tenía 15 acusaciones en su contra que incluían hasta un intento de violación. Netflix no tuvo más remedio que despedirlo y navegar en la incertidumbre de qué hacer sin el gran Frank Underwood a la cabeza del proyecto. (Lea también: Infografía Hollywood y el acoso sexual)

Cuando una serie pierde a su figura principal es muy poco lo que puede hacerse. Una opción es realizar un nuevo casting para reemplazar al actor, fingir que nada pasó y soportar la comprensible ira del público. Otra, mucho peor, es cancelar el programa. Pero tratándose de House of Cards y Kevin Spacey, ninguna de estas era una alternativa válida. Después de darle vueltas al asunto, los realizadores llegaron a la conclusión de que la única posibilidad digna era el magnicidio: matar al presidente de los Estados Unidos.

Aunque para algunos esta es una serie sobre la crudeza de la política (y también lo es), realmente siempre fue concebida como la historia de un matrimonio hambriento de poder. En la segunda temporada, Frank Underwood pasa de congresista a presidente de Estados Unidos y, luego, en la quinta temporada, su esposa Claire (Robin Wright) lo sucede. Por supuesto, ambos van dejando un charco de sangre y un rosario de intrigas en el camino a la cima.

Entonces, ¿cómo contar una historia de dos cuando falta uno? Para los guionistas Melissa Gibson y Frank Pugliese era imposible negar la existencia de Frank o eliminar su personaje sin dar explicaciones. Así que lo más lógico era matarlo tal y como sucede en el libro homónimo de Michael Dobbs en el que está basado el programa.

Independiente de lo ocurrido con Spacey, la sexta temporada había sido pensada como una en la que habría castigo, ajustes de cuentas y solo un Underwood triunfante. Poco antes de que Spacey cayera en desgracia el coletazo del escándalo de Harvey Weinstein había golpeado Hollywood y el principio del movimiento Me Too ya influenciaba a los escritores de la serie. Eso se reflejaba no solo en la ficción —con la llegada de Claire al Despacho Oval—, sino también en el set de grabaciones, donde se sentía una energía especial. (Lea también: Es usted un adicto al sexo)

Después de las acusaciones, Netflix anunció que la sexta sería la última temporada de House of Cards y que en vez de los habituales 13 capítulos tendría solo ocho. Antes de empezar a escribir las nuevas líneas, los escritores y productores tenían que hacer el duelo. Estaban sorprendidos por las acusaciones contra Spacey, pero también preocupados por el futuro de la serie y algo molestos con las consecuencias que tendrían en un proyecto de muchos años las acciones de una sola persona.

Después de varias reuniones de catarsis, los escritores ya se habían hecho a la idea de imaginar un nuevo mundo sin Frank ni Spacey. Había que barajar nuevamente las cartas y planear el asesinato.

Por fortuna para ellos, a Frank lo venían marginando desde el final de la quinta temporada, cuando Claire se sentó en el trono y dijo mirando fijamente a la cámara: “Es mi turno”. Pero con todo y eso, quedaban muchas cosas por resolver.

Una de ellas era escoger al asesino de Frank. Los primeros capítulos de la última temporada no invierten tiempo tratando de explicar cómo murió ni quién lo mató, pues eso solo centraría la atención nuevamente en él y, ya se dijo, es el turno de Claire. Solo hasta el final el televidente llegará a descubrirlo.

De todas maneras, Frank no se esfuma. Así la cámara no vuelva a mostrarlo (ni siquiera se ve su cadáver) o su voz deje de escucharse. Desde el primer capítulo de la sexta temporada, con el sonido de unos misteriosos rasguños, sigue presente en la Casa Blanca como una especie de fantasma que llega a atormentar a la viuda.

Pero no es necesario que Frank se aparezca en forma de espíritu para hacer sufrir a Claire. Su oscuro legado termina siendo la peor pesadilla para ella. Annette Shepherd (interpretada nada menos que por Diane Lane) es parte de ese legado. Amiga de infancia de Claire, controlaba la Casa Blanca de Frank con su dinero e influencia. Claire tratará de resistirse a su corrupción, pero como dijo Pugliese: “Tu peor némesis es alguien que te conoce muy, muy bien”. Ella y su hermano Bill (Greg Kinnear) serán los peores enemigos de la novel presidenta y por momentos harán que la sombra del marido fallecido pase a un segundo plano.

***

Ser la primera presidenta mujer de Estados Unidos trae sus consecuencias. El momentum del movimiento feminista y el debate sobre las mujeres al poder fueron aprovechados como estrategia para desplazar el foco de atención acaparado por Frank Underwood. Los escritores hablaron con muchos expertos en política para entender qué pasa cuando una mujer asume cargos de poder, y tomaron como ejemplo a Hillary Clinton. Aunque no fue elegida como presidenta, su sola aspiración resultó inaceptable para una gran parte de la población.

Eso se refleja en esta temporada. El primer capítulo abre con un discurso de Claire en el que pide que le lean las amenazas más crueles y misóginas que ha recibido. Y habla de cómo la primera presidenta mujer no se va a quedar callada, de cómo el reinado del hombre blanco de mediana edad ha terminado y de cómo ya nadie le va a decir qué debe hacer. (Lea también: SoHo contra el acoso)

Diane Lane. La nominada al Óscar fue la ficha a la que los realizadores le postaron para hacer olvidar a Spacey.

Además, tiene una carta bajo la manga: está embarazada de Frank por fecundación in vitro. Una decisión controversial que dentro de la lógica de la serie cobra todo el sentido. La calculadora presidenta sabe que en ese estado sus críticos serán más benevolentes, al menos durante los primeros cien días de mandanto. Y además, que estar embarazada la deja a ella, y no a Doug (el fiel ayudante de Frank), como heredera de las banderas del difunto.

Todo esto hace parte del ajuste de cuentas del que tanto hablan los escritores de la serie. Es la oportunidad de que su personaje se enfrente a sí misma. Está de luto, pero no tanto por la muerte de su esposo, sino por las decisiones que ha tomado para llegar a donde está. Ya no es el títere de nadie, ¿pero a qué precio?

Sin embargo, Claire no es buena victimizándose y no tiene planeado empezar a hacerlo ahora. Durante toda la serie mató a cualquiera que se pusiera en su camino. De hecho, ¿sería posible entonces que Claire hubiera matado también a Frank? Cuando los guionistas pensaban en el asesino de este se les pasaron muchos nombres por la cabeza, pero siempre había dos recurrentes: Claire Underwood y Doug Stamper (Michael Kelly), el perro faldero de Frank. Los dos tendrían motivos de sobra para hacerlo. La decisión final fue tan secreta, que los mismos actores solo la supieron durante la grabación del penúltimo capítulo.

Nosotros ya lo sabemos, pero por supuesto no vamos a contar quién mató a Frank Underwood. Lo único que podemos adelantar es que las razones del culpable no son las que uno esperaría. También podemos decir que habrá otra muerte sorpresiva en la que antes de fallecer la víctima pronunciará la frase “no hay más dolor”. La misma que dijo Frank en la primera temporada cuando mató a un perro que había sido atropellado.

Solo queda dictaminar si los realizadores lograron sus objetivos: terminar con dignidad una de las series más importantes de los últimos años y hacer olvidar la figura de Spacey. En cuanto al primero, podría decirse que sí, que con todos los inconvenientes el final no desentona con el resto ni devalúa el proyecto. Pero hacer que el público dejara de pensar en Frank era imposible, porque aunque la serie pretenda girar en torno a otros personajes —Claire, Stamper o Shepherd— el centro de todo vuelve a ser Frank. Por más que lo hayan querido matar, realmente nunca muere. Como Spacey, que desde su merecido infierno personal no deja de recordarle al mundo el gran actor que es.

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