La cosa funciona así. El usuario primero debe pasar un test on-line que certifique su salud mental y su deseo voluntario de morir. Luego, tendrá acceso a los planos de la máquina, los cuales podrá descargar gratuitamente de internet e imprimirlos en 3D (solo en impresoras de gran formato). De este modo obtendrá una especie de sarcófago futurista de ahí viene lo de Sarco montado sobre un contenedor de nitrógeno líquido.

Una vez lista la máquina, el suicida se acostará en el habitáculo y cerrará sobre sí una compuerta de vidrio (opaca o transparente según desee). Luego, introducirá en una pantalla táctil el código que le fue dado al momento de pasar el test y se le pedirá que confirme su voluntad de morir. Una vez hecho, la cámara empezará a liberar nitrógeno y reemplazar el oxígeno. A los pocos segundos, la persona se sentirá mareada y eufórica (hasta ahí estará en capacidad de arrepentirse y detener el proceso) antes de perder la conciencia en aproximadamente un minuto. Morirá pocos segundos después por hipoxia (falta de oxígeno en la sangre), en lo que, según sus creadores, será una muerte rápida y apacible.

Detrás del invento están el médico australiano Philip Nitschke y el ingeniero holandés Alexander Bannink, quienes lo presentaron en una feria funeraria en Ámsterdam, en abril pasado. Allí, a los visitantes se les ofrecieron gafas de realidad virtual para que sintieran “la experiencia”, sin reparar en lo tétrico que resultaba promocionar Sarco como si fuera un electrodoméstico cualquiera.

Como era de esperarse, la opinión pública se dividió, pero a pesar de ello, estos particulares emprendedores anunciaron que los planos estarían disponibles en la web para 2019 bajo la premisa de que es preferible quitarse la vida sin dolor y apretando un botón, que con un dramático salto a las vías del tren.

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