La primera vez que eligió su nombre ya había recibido tres, de tres comandantes guerrilleros. El suyo, Martha Irene, el que le dio su madre, no llegó siquiera a pronunciarlo, pues cuando cumplió seis meses su padrastro decidió que prefería llamarla Alba Yineth, ya que le recordaba a una aguerrida mujer del EPL con la que había combatido. Ese mismo hombre la registró como hija biológica, pero eso no le impidió abusar sexualmente de ella desde los 4 años.

A partir de entonces, Yineth empezaría la cacería de su propia identidad escapándose a nadar al río para imaginar que en lugar de una niña indefensa era una voluptuosa amazona con alas doradas, cuya extraordinaria fuerza le permitía descuartizar a cualquiera que intentara hacerle daño.

Martha Irene, la dama que soñó ser cuando niña. Vestido de fantasía. 

Mientras describe ese momento, al que llegamos casi por azar luego de insistirle que recordara algún sueño de su niñez, sus ojos se iluminan al descubrir, más de veinte años después, que sí, que a pesar de todo, llegó a tener infancia.

Cuando le pregunto de dónde sacó las imágenes para inventar semejante alter ego, aterriza de nuevo en el café en el que la entrevisto y me dice entre carcajadas que no tiene idea, pues en su pueblo el único libro que había era la Biblia y no tenían televisor, pues no había luz eléctrica.

“El primero que vi lo llevó un señor que tenía mucha plata y lo conectaba a la batería del carro. Lo pusieron en la cancha para que todo el mundo pudiera ver y la gente caminaba hasta dos horas para ver La viuda de blanco”, dice sonriendo. “En comerciales, las mujeres corrían a traer tinto y cuajada; era como ir a cine. Era el único momento tranquilo, porque los domingos, cuando se juntaban a matar una gallina y hacer parrandas, a las tres horas ya estaban borrachos pegándoles a las mujeres o dándose machete —concluye con tono lastimero—. Era terrible. Yo temblaba cada vez que eso pasaba”.

Con la violencia como rutina, cuando cumplió 12 estaba convencida de que el siguiente paso sería embarazarse, casarse, ser golpeada y embarazarse otra vez. Y aún cuando era común ver a la guerrilla recorriendo el pueblo, nunca adivinó que un comandante de las Farc llegaría a su casa para llevársela como contribución de la familia a la lucha armada. Según ellos, por ser la mayor de siete hijos esa era la misión de su vida. Nunca imaginó tampoco que al alejarse, rodeada de desconocidos, más que miedo sentiría alivio.

“Aunque fue un reclutamiento forzado, tengo que reconocer que no puse resistencia —me dice con la dificultad de quien hace una confesión—. Era la posibilidad de salirme de la casa, de saber que nadie me podía hacer daño. No te voy a negar que llegué a sentirme cómoda a veces, como cuando la gente del pueblo que me había humillado me vio en uniforme y descubrí cómo se sentía que te tuvieran respeto”.

Alba Yineth, la mayor de la casa. Vestido de su abuela. 

La amazona en la que había soñado convertirse tomaba forma en su cuerpo al caminar monte adentro cargando 35 kilos a cuestas, viendo cómo su espalda se hacía más ancha cada día y sus gestos de niña desaparecían bajo el semblante hostil de una guerrillera de 14 años que aparentaba 17 y se llamaba Lady. Ese fue el nombre que le dio el segundo guerrillero que se adueñó de su vida.

Conforme aprendía a disparar, descubrió los beneficios del Pert Plus, champú que aparecía en la dotación cuando algún asalto a proveedores salía bien. Y mientras le enseñaban a curar heridas de bala descifró en la intimidad lo que era una toalla higiénica. Al recibir su primer uniforme encontró su primer sujetador. “¡Eran de Leonisa y venían en conjunticos! La tanguita combinaba con el brasier”, recuerda entusiasmada. “No nos daban maquillaje, pero nosotras teníamos modas. Como no nos dejaban cortar el pelo, porque son muy machistas, nos inventamos este peinado: agarrabas de la coronilla hacia delante y te hacías la cola y lo de abajo lo cortabas chiquito —sonríe recordando cómo se veía, y regresa a su gesto de introspección—. Ser femenina, ser diferente a ellos, era muy importante para todas”, concluye.

¿Aretes, accesorios? “Eran un lujo —responde con tono más severo del que corresponde—. Más que lujo eran un modo de supervivencia, pues la mujer que luciera un dije o una pulserita se sabía que era de un rango alto y era intocable”. A eso se le llamaba “ranguear”. Ella misma lo hizo cuando se convirtió en la mujer del comandante de finanzas, con quien se mantuvo a salvo de ser abusada y pudo planear una fiesta para sus 15 años.

“¿Sancocho de gallina esta bien?”, le preguntó él cuando supo que la fecha se acercaba y que celebrarla era importante para ella. “Me pareció muy bonito, pero no pudimos celebrar. Por esos días el Ejército nos tenía apretados, y en medio del sancocho empezó una balacera y la ollita quedó tirada en el suelo”.

Tania, bailarina exótica. Uniforme de trabajo.

Huyendo de su fiesta de 15 para intentar cumplir 16, Lady comenzó a ser reemplazada por Yira, nombre con el que la bautizó otro comandante que resultó ser compañero de su padre biológico cuando militaban juntos en las Farc. En ella reconoció los rasgos del amigo y decidió llamarla Yira, en honor al finado Yuri.

“Momento. ¿Tu papá biológico y tu padrastro estuvieron en la guerrilla?”, le pregunto sin poder creerlo. Ella asiente y como contando el capítulo más jugoso de una telenovela, me aclara que uno fue del EPL y el otro de las Farc. “Fue muy bonito conocer a ese hombre, sobre todo porque a través de él conocí al padre que no tuve, y cuando me lesioné la espalda en combate y quedé paralizada él me ayudó mucho”.

Imposibilitada como nunca para decidir sobre su cuerpo y su vida, sometida a la voluntad de compañeros que la cargaban monte adentro, pero que podrían abandonarla en cualquier momento en medio de un combate, Yira entendió que debía usar las alas de la amazona y volar. Decidió que tenía que recuperarse y huir. Así fue como al menor descuido comenzó a correr sin detenerse por dos noches y tres días, y cuando llegó a la carretera se subió al primer bus que se atrevió a detenerse. Al llegar a Florencia el chofer le dijo que hasta ahí, y reparó con preocupación en su vestimenta. Ella notó su gesto, pero la adrenalina de haber huido le impidió entender que lo que antes la camuflaba, ahora la hacía demasiado visible. Solo comprendió lo que podía sucederle cuando se cruzó con unos policías bachilleres que al preguntarle por su ropa recibieron un rudo “ábrase, tombo patiamarrado”.

“Me encendieron a bolillo —cuenta como si no le hubiera dolido—. Sentía que me escurría sangre entre las piernas, pero estaba tan concentrada en taparme la cara que no imaginé nada grave. Gracias a Dios pasó un policía en moto, se bajó a protegerme y me llevó al hospital. Cuando desperté supe que me había volado embarazada y me habían tenido que hacer un legrado”.

Fue de la mano de aquel policía, el primer hombre que le daba ayuda desinteresada, que Yira comenzó a convertirse en un recuerdo. Cuando le regaló su primera piyama y muda de civil, cuando comenzó a compartir la mesa con él, su esposa y sus hijos de 8 y 10 años.

Al cabo de dos meses tuvo que dejar a aquella familia para no ponerla en peligro, pero para ese momento ya era Yinan, nombre al que respondió cuando la recibieron en un internado de monjas en Armenia. Era una joven de 17 años que en pocos meses se convertiría en técnica en sistemas. Para celebrar su grado dejaría que sus demás compañeras la maquillaran y le plancharan el pelo por primera vez. Ese día, al mirarse en el espejo, se sintió segura de estar cerca de ser la amazona alegre y poderosa que nunca había podido ser, y en cuanto pudo viajó de vuelta a su casa.

Por primera vez desde que comenzamos la entrevista, sus ojos se llenan de lágrimas y le cuesta volver a hablar.

“El señalamiento familiar fue terrible, ese es uno de los temas más difíciles para cualquier reinsertado —me dice buscando una servilleta, previendo que lo que sigue le va a doler—. Mi madre había estado en una clínica psiquiátrica luego de que le mataran a su nueva pareja y le quitaran todo. Mi hermana estaba embarazada y todos decían que nada de eso hubiera pasado si yo no me hubiera ido. Mi madre preguntaba por qué había vuelto, por qué no me habían matado”.

La fuerza que había reunido para llegar hasta allí se esfumó de un solo golpe, y tras una fuerte discusión con su madre decidió suicidarse inyectándose todo lo que solía usar para controlar su dolor de espalda. Doce días después se despertó en una clínica psiquiátrica igual de desamparada. Su madre se negó a verla y el único consuelo que encontró fue un médico que, sin saberlo —aún no lo sabe—, le daría la razón más poderosa que encontraría para vivir en aquel momento: su primera hija.

Embarazada y sin hogar, cuando las Farc amenazaron con matar a su madre si no regresaba, accedió a reintegrarse a las filas casi por inercia. Lo único que atinó a pedir fue permanecer en la ciudad, pues sabía que no sobreviviría en el monte. Así comenzó a vivir, por primera vez, bajo sus propias reglas, sintiéndose feliz. Era una madre soltera que trabajaba de día y coordinaba seguimientos y conexiones el resto de tiempo. Cuando su niña cumplió un año ya estaba enamorada de un hombre con quien, incluso, pensó compartir el resto de sus días. Tener que ocultarle su vida paralela no le pareció un problema.

Yineth, reinsertada. Sastre.

“‘Dime si tienes algo que contarme’, me decía él cada tanto, y yo no entendía por qué”. Una madrugada en la que salió a hacer una entrega, tras dejar a la niña durmiendo, se encontró rodeada por la Policía en el punto de encuentro. En ese momento descubrió que el hombre del que estaba enamorada la había engañado y ahora la entregaba al Ejército. Él mismo le informó que su hija estaría en manos del ICBF y que si la quería volver a ver tendría que viajar a Bogotá y acogerse definitivamente a un proceso de reinserción.

“Si ese hombre no me hace eso tan horrible, yo no hubiera salido de ahí. Me vine sin un peso encima, hablé con todos los rangos más altos que encontré y en menos de dos semanas mi hija estaba a mi lado en una ciudad que no conocía y sin un peso, pero con ella”, concluye.

“¿Cómo reinsertada no recibías un subsidio?”, pregunto. Sonríe. Se llena de paciencia para explicar. “La gente tiene la idea de que el Estado te da casa, carro y beca por dejar las armas, y eso no es así. Menos hace 12 años, cuando nadie sabía cómo hacer el proceso y todo era muy precario. Hoy en día nuestro modelo está catalogado como uno de los mejores del mundo por la baja tasa de reincidencia que tenemos. En ese momento uno llegaba a un albergue por veinte días y luego pasaba a una finca, donde empezaba a trabajar. La cosa es que eso era como meter un león, un tigre y una pantera en una jaula, porque había gente del ELN, las Farc y paramilitares, todos juntos cuidados por el Ejército —comienza a sonreír—. ¿Y sabes qué era lo mejor? Que juntaban el subsidio de transporte que nos daban y se ponían a tomar hasta que terminaban agarrados. Como yo estaba acostumbrada a ver eso en mi pueblo, no me importaba tanto, pero tampoco quería quedarme”.

Entonces nació la última mujer de esta historia, una sensual bailarina llamada Tania, quien trabajaba de siete de la noche a tres de la mañana ofreciendo tres bailes por cada botella de trago que el cliente consumiera. Con ese nombre honraba a una joven guerrillera descuartizada y enterrada de pie por varios guerrilleros por haber cometido el crimen de ser hermosa.

“Convertirme en Tania fue muy duro al principio, pero si te cuento me vas a dar la razón cuando te digo que los ángeles sí existen —me dice tomando impulso para contar la que reconoce como su última vida—. Llegué a ese bar descalza porque las chanclas que tenía se quedaron sin suela, y el dueño apenas me vio mandó pedir comida para mis dos hijas —porque ya había llegado la segunda, me prestó plata para mi primer traje y me dijo ‘fresca, que me lo paga con el primer turno’. Cuando me presenté con las chicas, una me ofreció dejar a las niñas con la señora que cuidaba a la de ella, otra me prestó maquillaje, otra me depiló y otra que me vio toda achantada cuando tocó bailar me dijo ‘usted tiene dos hijas, ¿cierto? Que se van a morir de hambre si usted no trabaja, ¿cierto?’. Yo le respondí que sí y ella me dijo ‘ah, bueno, venga le enseño a putear’. Me zampó tres aguardientes y hágale, mi amor”.

Sin nombre, traje de gala. El futuro.

Con Tania aprendió a emborrachar a los clientes sin emborracharse ella, las señas que se usaban para protegerse si alguno intentaba tocarla y cuándo debía alejarse si la situación se salía de control.

“Nunca vi tanta violencia cuerpo a cuerpo como la que vi ahí, mujer. Eso era borracho que se pasa, puñal que sale, cadáver que arrastra el celador para fuera con la señora del aseo detrás limpiando. Y todos callados. Lo que había ahí era una fraternidad tremenda de la que no se daban cuenta los clientes. Aunque había una competencia muy fuerte entre todas, si alguna no sabía tomar y se le iban las luces, la sacábamos; si otra no había levantado nada, uno le decía al cliente ‘mira que mi amiga también baila rico’. Así, de una u otra forma, a todas nos iba bien”.

“¿Qué tan bien?”, pregunto con curiosidad. “El solo turno se pagaba a 40.000 pesos, pero por cada baile se podía cobrar hasta 80.000. Y si uno se coordinaba con el DJ para que la canción se cortara antes de tiempo, uno empezaba a facturar otro baile. O por cada botella que consumían también recibía uno una comisión y yo aprendí a desocupar una botella de aguardiente en 10 minutos sin tomarme un solo trago, ¿ves? —concluye sonriendo y abriéndome los ojos—. Para mí eso era economía, facturar para el arriendo, para una mesa, para la cama que quería comprar”.

A los siete meses de haber llegado, estaba lista para salir de ahí. Pasarían aún casi diez años antes de llegar a completar su ruta de reinserción, de la cual se graduaría en 2014, pero el tramo más difícil de su camino había sido conquistado. Regresó a su primer nombre, Alba Yineth, segura de haber dejado atrás a esa niña cuyo destino le había sido arrebatado y de tener en sus manos el poder de levantarse ante cualquier caída, convertirse en cualquier mujer en la que desee convertirse y adueñarse de cualquier nombre.

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