Para hacerse una idea de la personalidad de Tina Brown, basta decir que en 1983, cuando fue designada editora jefe de Vanity Fair, tenía apenas 29 años. No solo eso, se trataba de una mujer abriéndose paso en el mundo editorial machista de la época, y de una británica que viajaba, nada menos, que a conquistar Nueva York, la ciudad más importante del planeta. Todas esas batallas las ganó con una mezcla de brillantez y ego, además de una capacidad de trabajo descomunal. (Más allá de los golpes, la última biografía de Ali)

Más impresionante es que cuando llegó a la Gran Manzana ya tenía un extenso recorrido en la prensa escrita. Había empezado temprano. A los 21 años, cuando aún no se había graduado de Literatura Inglesa en Oxford, ya colaboraba con The Sunday Times. Tras enredarse sentimentalmente con Harold Evans, editor de esa publicación con quien luego se casaría, tomó la decisión de empezar a escribir para la competencia, The Sunday Telegraph, para que a ningún malqueriente se le ocurriera poner en duda su talento acusándola de trepadora.

Uno de los años más decisivos para su futuro fue 1979, pues asumió la jefatura de Tatler, una decadente revista de sociedad inglesa, y al poco tiempo logró sacarla del estancamiento creativo y comercial en el que se encontraba, sumándole firmas de primer nivel y fotógrafos de la talla de Helmut Newton y David Bailey. Salvar a Tatler fue su primer golpe de autoridad, pero era solo el comienzo.

Cuando llegó a Nueva York el panorama de las revistas no era nada promisorio. La época dorada de publicaciones como Vogue, Esquire, Life y la misma Vanity Fair había pasado y todos los intentos de restaurar su antiguo esplendor terminaban en el fracaso. La rubia, que no había cumplido los 30 años y daba órdenes con ese acento que tanto fastidia a los estadounidenses, tenía el reto de atraer nuevamente a los anunciantes y a los lectores. El tiraje de la época no pasaba de 200.000 ejemplares y hubo ocasiones en que las páginas de publicidad no pasaban de 12.

Sin embargo, la fe en sí misma y su creatividad a la hora de elegir enfoques interesantes llegaron de nuevo al rescate. Tanto así, que dos años después ya se imprimían 1.200.000 copias y los lectores tuvieron que acostumbrarse a que la primera mitad de la revista estuviera dedicada casi exclusivamente a publicidad. (Gorbachov ¿el libro de un héroe o un traidor?)

Pero Brown no solo fue la salvación de un título, sino un bálsamo para la industria de las revistas en general. Algunas de las portadas más icónicas de la segunda mitad del siglo pasado surgieron de su cabeza: la que mostraba a Demi Moore desnuda y embarazada, o la de Ronald y Nancy Reagan bailando, por ejemplo. Y fue con ella que Annie Leibovitz alcanzó el estrellato fotográfico.

Aunque para muchos su nombre no diga nada, lo cierto es que fue de la mano de Brown que la opinión pública llegó a conocer los rasgos más íntimos de muchas de las celebridades y grandes estrellas. La infelicidad de la princesa Diana (de quien además escribió un exitoso libro), la personalidad infantil de Michael Jackson, la cara de caucho de Rupert Murdoch o la perturbadora mirada de Jackie Kennedy (a quien pinta como una loca en potencia) quedaron consignados en los cuadernos de apuntes que siempre llevaba consigo a sus entrevistas y que recuperó para The Vanity Fair Diaries 1983-1992, su reciente libro, que en pocas semanas se convirtió en un best seller.

Sin embargo, a pesar de su éxito, muchos le han criticado la falta de modestia que proyecta en el texto. Una mordaz reseña del diario británico The Guardian escrita por John Craze se burla de su petulancia y pone en su boca frases como “volé a Washington a organizar una sesión fotográfica con Ronald y Nancy antes de ir donde Norman Mailer y Joan Didion para una tranquila cena con 90 de nuestros amigos más cercanos. Luego fui a casa a leer un poco de Shakespeare para recordarle a todo el mundo que soy
bastante brillante”.

A Brown nunca le han faltado enemigos. Luego de su paso por Vanity Fair se convirtió en la primera mujer en dirigir The New Yorker, a pesar de la resistencia de muchos de sus colegas que de antemano la juzgaron pues, decían, llegaría a frivolizar una de las revistas más sesudas del país. Se equivocaron, claro, pues como ya era costumbre llevó a la publicación de regreso al top de las más importantes del mundo.
Seguramente Tina Brown, al igual que Anna Wintour, su archirrival y directora de Vogue (en quien se inspiró la película El diablo se viste a la moda), no es la persona más cálida ni humilde del planeta. Si lo fuera, hoy nadie estaría hablando de ella.

The Vanity Fair Diaries 1983-1992 / Weidenfeld & Nicolson,
448 páginas.

(El libro que muestra que el arte es para todos)

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