Salvo por un aviso en el cuarto piso que dice “Se arrienda”, el edificio pasaría inadvertido. No se escucha música ni hay borrachos botando cenizas de cigarrillo por las ventanas. Después de timbrar en la portería, entramos a un lobby en el que nos requisan y vemos a cerca de veinte hombres haciendo la fila para registrarse en unos computadores y pagar. “Contribution: 49K - VIP 75K”, así, en inglés.

Los asistentes son hombres jóvenes, la mayoría transitando por los 30 y unos pocos por los 40. Hay miraditas furtivas, una que otra sonrisa coqueta, pero se siente nerviosismo en el ambiente. ¿Timidez, vergüenza? Estoy temblando del miedo, como la primera vez que manejé sin un adulto responsable al lado. Enrique, el amigo con el que voy, no es precisamente un “adulto responsable”: estuvimos bebiendo desde el mediodía y al acercarse la medianoche no tengo ningún tipo de criterio. Lo que empezó como una borrachera común y corriente, dio un giro cuando Enrique me contó sobre estas orgías y me convenció de superar el miedo que me impedía experimentarlas.

Después de registrarme, indicar mi número de cédula, dejar un número telefónico y aclarar quién me recomendó el lugar (en mi caso el mismísimo Enrique, que ya había pasado por aquí un par de veces), subimos las escaleras hasta el tercer piso. En el segundo, las puertas anuncian un instituto preuniversitario de los que pululan en los alrededores de la Universidad Nacional, pero por ser sábado en la noche el local está vacío. La música que ya se anuncia al subir es pura electrónica de fiesta. Los beats suenan duro, pero sin ser estruendosos. Al llegar al tercer piso, a cada asistente le dan una bolsa plástica blanca para que guarde la ropa y el celular. Debemos quitarnos todo, excepto los zapatos y las medias, que según la publicidad que me mostró Enrique definen el dress code: blancas para pasivos, negras para activos y otro color para versátiles. No ponerse calcetines puede significar muchas cosas. Por si las moscas, en la entrada venden medias blancas y negras. Yo llevo negras, como casi siempre, y no me las cambio para pasar por muy machote, aunque Enrique me aclara que adentro ya nadie se fija en eso.

Al pasar la puerta del apartamento, en la cocina, unos muchachos vestidos de negro recogen las bolsas, las sellan con cinta, les ponen un número y entregan una ficha con un elástico para ponerse en la muñeca. El apartamento, ubicado en la esquina de dos avenidas y con la arquitectura sesentera típica de esta zona de Teusaquillo, es gigante. En la sala junto a la entrada, frente a la cocina, hay una mesa con bebidas (barra libre de licores, gaseosas, agua) y un DJ en un rincón. En una sala contigua beben y descansan hombres sentados en pufs enormes. Los vidrios negros de la terraza impiden que desde afuera se vea a un montón de hombres desnudos fumando. El olor de sus cigarrillos se esconde en el de Ajax, y las miraditas furtivas y las sonrisas coquetas de abajo se repiten, aunque ahora las miradas apuntan a la verga primero y a la cara después.

Lo bueno, dice Enrique, sucede en las tres habitaciones que quedan a lo largo del corredor: con muy poca luz, en cada cuarto hay unos veinte tipos tirando. La mayoría delgados, con la contextura típica de los colombianos; los devotos del gimnasio pasan pavonéandose. Un gordito, de esos que llaman “osos”, se me acerca con una erección. Si antes estaba nervioso, ahora estoy que me orino del susto. Al ir al baño me encuentro con otros cinco tipos. La ducha hace las veces de orinal y me toca mear en medio de dos mamadas, bajo la mirada del gordito que se masturba. La monótona música se pierde entre los gemidos de hombres teniendo sexo en medio de olor a blanqueador, que por alguna razón se asemeja al olor a semen. Al fin y al cabo, por eso este evento se anuncia como una megaorgy... Las orgías ya son muy anticuadas.

***

Una semana después me reúno con el organizador del evento para hablar de orgías. Nos citamos en el mismo apartamento, pero de día, con el tráfico de estudiantes de la Universidad Nacional en la avenida y el de aspirantes a estudiantes de la Universidad Nacional en el edificio.

Ángel tiene 40 años, mide 1,70 y podría pasar por estudiante: se viste y se ve bastante joven. Es médico de profesión y vivió un par de años en París, donde pasó por varias fiestas sexuales muy organizadas, sin la sordidez que se suele asociar al “entretenimiento adulto”, como él mismo llama a este exprimido sector de la economía naranja.

En 2013, Ángel regresó a Bogotá y para 2015 ya tenía una red de contactos con la que empezó a armar orgías pequeñas en Teusaquillo. El edificio es suyo y él es la única persona que vive ahí, los demás apartamentos ahora son oficinas o salones de clase que él renta, así que no le toca lidiar con vecinos chismosos ni con quejas por parrandear. En febrero de 2016, para su cumpleaños, Ángel decidió celebrar con una orgía en la que la única prenda fuera un corbatín (y los calcetines) como homenaje a los Premios Óscar que se entregaban ese fin de semana. Invitó a cincuenta contactos de su red y llegaron más de cien. Entonces nació su marca: Angel’s Naked Party, un reventón mensual al que han llegado hasta 270 hombres en un solo sábado.

Por supuesto, la idea de las orgías no es ninguna novedad. Por lo menos desde la antigua Grecia se hacen fiestas sexuales. Hace unas décadas se puso de moda el término swinger para referirse a unos eventos cerrados de sexo grupal, regularmente enfocados al intercambio de parejas heterosexuales. Y buena parte de las películas pornográficas (y hasta la última de Kubrick) tienen una orgía en algún momento, lo que ha arraigado la idea de estas como una fantasía, pero también como algo oscuro y hasta peligroso de las que uno podría salir sin un riñón.

La movida gay de Bogotá, como la de casi todo el mundo, ofrece muchos sitios dedicados al sexo: las extintas salas de cine porno reemplazadas por las cabinas de video y los saunas son los más comunes, aunque también hay bares en los que toca dejar la ropa en la entrada y dedicarse a tirar en lugar de bailar.

En ese mercado entró Ángel, con la intención de darle un toque más elegante y menos subterráneo a la escena. “El sonido está controlado para que no se pase de 70 decibeles, por eso no se oye afuera. Todos entran por lista para que no tengamos problemas con la Policía, pero también verificamos los antecedentes de las personas”, me dice. La logística también incluye condones ilimitados y lubricante. Para mantener la higiene, cada tanto pasa un hombre vestido de negro, con trapero y balde lleno de Clorox en las manos, limpiando el piso de parqué y verificando que nada se salga de control. Si después de su inspección el sitio parece demasiado sucio (a veces puede oler a caca), desaloja la habitación para que quede impecable.

“Hasta ahora no ha pasado nada grave”, cuenta Ángel, pero sí han tenido que sacar a tipos que se ponen agresivos o a parejas de novios que no resultaron tan abiertas como creían. O sentarse en la sala a tomarle la frecuencia cardiaca y a darle agua a más de uno que se pasó de drogas, principalmente de Viagra o poppers.

El único argumento de Ángel para hacer esto es que “la gente busca sexo todos los días”. Y, ante el éxito del voz a voz de su adaptación bogotana de las orgías que vio en París, han surgido otras fiestas por el estilo, organizadas y seguras, en un par de puntos de Bogotá y hasta en otras ciudades de Colombia.

***

Después de mear en medio de una escena porno, paso a las habitaciones. Despacio, voy mirando las parejas o los grupitos de tres, cuatro y hasta un número indefinido. Camino buscando cruces de miradas, esperando encontrar una especie de Adonis tropical. Veo que varios son gringos, demasiado blancos para haber nacido en estas tierras. Como me mandan la mano, me manoseo con un número indeterminado de extraños durante el recorrido; si me gustan (una que otra barba, un pecho peludo sin esteroides), también me besuqueo o me lo dejo mamar. Incluso se lo chupo a un moreno de alto interés cultural. Todo lo hago sin penetración, para conservar la decencia. Mi amigo Enrique sí se revolcó varias veces por ahí. Eso me dirá después, porque lo perdí de vista después de mi viaje al baño.

Buscando el rincón más oscuro del apartamento, identifico a la distancia a un alumno que tuve en la universidad. Al verlo desnudo, me sorprende ver cuánto ha crecido, pero no estoy dispuesto a que me reconozca. De nuevo: ante todo la decencia. Estoy acostumbrado a cubrirme, tanto física como mentalmente, y eso de andar empeloto viendo gente desnuda que viene a tener sexo sin rodeos me deja claro que no me siento cómodo con mi propio cuerpo (flaco y barrigón) y que, a pesar de dármelas de muy libre, aún me queda mucha pacatería. Entonces, por la borrachera, agarro un puf y me siento en una esquina a echar una siesta.

***

Las fiestas en el apartamento de Ángel son temáticas. El sábado que fui, no entendí de qué se trataba pero estaba dirigida a extranjeros, que tenían descuento en la entrada si mostraban su pasaporte. Otros meses va dirigida a la estética del sadomasoquismo (BDSM, leather), a los tipos peludos, a los deportistas, a los antifaces, a los Premios Óscar…

Junto a Ángel trabajan unas 25 personas que siguen un protocolo juicioso, entre la logística de los eventos y la publicidad. A veces se suman más empleados, cuando se hacen espectáculos de baile, sesiones de yoga, obras de teatro e, incluso, cuando se invitan tipos “muy buenos” a los que se les paga por hacer más atractivo el panorama. Para amplificar el voz a voz, hay unos “reclutadores” que se mueven principalmente en aplicaciones como Grindr para buscar hombres interesados en las orgías y se les paga un porcentaje por cada persona que entra a la fiesta.

Los que trabajan aquí suelen ser estudiantes universitarios que han conocido a Ángel en otros trabajos o en las mismas orgías. Esto les sirve como un ingreso extra y no necesariamente les despierta un interés sexual, aunque los que quieran pueden quitarse la ropa y darse una vuelta por el apartamento a manera de pausa activa (o pasiva o versátil).

Esto puede sonar como el negocio del año, pero no lo es: un promedio de 200 personas paga casi 50.000 pesos por noche, menos el trago, menos los condones, menos el lubricante, menos la logística, menos los servicios, menos la publicidad. Ángel no vive de estas orgías, en realidad, dice, las hace “por pasión”. Entre el sexo abierto se han cuadrado parejas, amistades que duran más allá de las seis de la mañana —la hora de cierre— y aliados que aprovechan el voltaje para hacer campañas sobre el consumo responsable de drogas o sobre la prevención de enfermedades de transmisión sexual.

***

Me despierto de la siesta sin saber muy bien qué hora es y me pongo a buscar a Enrique. En el camino me topo con un gringo como de dos metros y unos 35 años, musculoso y con tatuajes —sí, un poco cliché porno, pero sin esteroides— y aprovecho el cruce de miradas para retomar el besuqueo y el manoseo. De ahí pasamos al sexo oral mutuo. Estratégicamente, él se había guardado unos condones en las medias —que, para mi sorpresa, eran negras—, así que no tenemos que ir por unos hasta la entrada. Él mismo, muy educado, me pone el condón, me lubrica la verga y nos ponemos en labor, ambos con las medias negras, primero de pie, luego en una de las camas. Todo ante la vista e incluso la participación de otros comensales, entre los que aparece mi exalumno, que viene a tocarme las nalgas, se para en la cama y me pone a mamárselo. Otro tipo se mete debajo para mamárselo al gringo. Sudo como bestia y me palpita durísimo el corazón, y eso que rechacé la oferta de poppers de mi alumno. No soy precisamente multiorgásmico, así que me vengo y me voy.

En los pufs de la sala me pongo a hablar con mi exalumno, que me cuenta que está haciendo una pasantía en un periódico. Nos reímos del miedo a que nos reconozcan, de la hipocresía que seguimos teniendo frente al sexo, de la actitud como de niños chiquitos que se ríen bajito cuando alguien dice una grosería. Cuando se va al baño, sigo mi búsqueda de Enrique.

Como no encuentro a mi amigo, pido mi bolsa, son las tres de la mañana. Me visto y le anuncio al chico de la recepción que caminaré hasta mi casa, que está en el mismo barrio. Llego y me meto en la cama literalmente mamado y un poco sorprendido de mí mismo. No sé si me atreveré a volver a una orgía. Me aterra la posibilidad de encontrarme con el decano de mi facultad.

Un promedio de 200 personas pagan casi 50.000 pesos por noche. Si se restan el trago, los condones, el lubricante, el personal de logística, los servicios y la publicidad, no es que se trate del negocio del siglo. 

Lea también: