El 27 de mayo, cuando el reloj marcaba las seis de la tarde y los boletines de la Registraduría se acercaban al ciento por ciento de mesas escrutadas, muchos daban por muerta la carrera política de Germán Vargas Lleras. El 1.400.000 votos que el exvicepresidente alcanzó en la primera vuelta presidencial palideció frente a los cinco millones de firmas que presentó para impulsar su candidatura y a los más de dos millones de votos que obtuvo Cambio Radical en las elecciones legislativas. Pese a tener los pergaminos, la estructura política y la financiación, Vargas se hizo contar y salió derrotado.

“No me arrepiento de nada”, sentenció el excandidato presidencial después de lo que pudo haber sido su última faena. Nadie hubiera pensado que tres meses después, sin estar sentado en el despacho presidencial, volvería a marcar la parada en el escenario político.

La primera bocanada de aire llegó con la decisión del presidente Duque de replantear la relación del gobierno con el Congreso, acabando con la representación de los partidos en el gabinete. Con esta medida se creó una especie de democracia parlamentaria en la que las aplastantes mayorías del gobierno fueron reemplazadas por partidos independientes que nada le deben al Ejecutivo. En ese escenario de empoderamiento del Congreso, Vargas encontró un nuevo escenario para resucitar políticamente.

Con un Centro Democrático que apenas se ponía los zapatos de partido de gobierno, Vargas, en llave con el Partido de la U, dio el primer golpe. Durante la elección de las mesas directivas del Congreso, el exministro y excongresista mostró sus galones de viejo general de la política al poner a sudar a las flamantes mayorías del nuevo gobierno, mientras exigía una mayor representación en las dignidades del Congreso.

En medio de esa batalla y junto a sus nuevos aliados de La U, logró alcanzar una posición de poder en la Comisión Primera del Senado, donde se cocinan las reformas constitucionales; desde allí, será el gran determinador del futuro de las modificaciones anunciadas por el gobierno a los acuerdos de paz con las Farc.

Luego vino la elección del contralor general de la República. Mientras el foco estaba sobre el candidato uribista, José Félix Lafaurie, Vargas jugaba sus propias cartas. Lejos de los micrófonos, el exministro lanzaba globos y medía la temperatura política, mientras su candidato, Felipe Córdoba, se abría camino con la anuencia de los liberales y La U; al final, quien fue su secretario privado terminaría llegando a uno de los puestos más poderosos del Estado, con el apoyo de la mayoría de los congresistas.

Con las llaves de la Comisión Primera y su victoria en la Contraloría como cuota inicial, se ha atrevido a intentar implementar su plan de gobierno, por la vía legislativa. El líder natural de Cambio Radical, con su partido como plataforma, se ha anticipado al gobierno presentando la reforma tributaria y la reforma a la justicia que, entre otras, propuso como candidato a la Presidencia.

En el camino hacia su consolidación como la nueva cabeza de los sectores políticos independientes, Vargas encontrará obstáculos. El director del Partido Liberal, César Gaviria, y Aurelio Iragorri, como heredero del partido de Juan Manuel Santos, juegan en el mismo terreno que el exvicepresidente y no se quedarán cruzados de brazos mientras este acumula poder en medio de una situación política inédita en el país.

La siguiente prueba se dará en las elecciones regionales de 2019, en las que se medirá quién es dueño de los sectores tradicionales independientes del gobierno de Iván Duque. En ese escenario se verá el resultado de la nueva apuesta de Vargas Lleras y marcará su punto de partida hacia las elecciones presidenciales de 2022.

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