Desde tiempos inmemorables ustedes los hombres se han comido el cuento de que a las mujeres no nos gusta el porno. Incluso nosotras hemos estado tentadas a creerlo porque en la mayoría de los casos no nos excitamos o identificamos con el porno tradicional. Es cierto: la gran mayoría del porno nada tiene que ver con nuestras fantasías sexuales ni mucho menos con nuestra realidad. Lo que por fortuna no es cierto es que solo exista esa clase de porno.

Lo que nos sucede cuando vemos una película porno estándar es que nos desinfla tanto lo elemental del argumento; nos parece tan soez la manera en que degrada a la mujer y la convierte en un objeto o vehículo de placer y nos aburre tanto lo poco verosímiles que resultan en nuestro día a día esas prácticas sexuales que más bien parecen malabares de circo, que creemos que no nos gusta el porno. Pareciera que el placer femenino no cuenta y definitivamente los estereotipos a los que se acostumbraron los hombres no nos hacen ni cosquillas.

Sin embargo, y para sorpresa de muchos, sí existe un determinado tipo de porno que nos excita. La cuestión es encontrarlo. Y para ello, hay que explorar. El porno tradicional está plagado de mujeres excesivamente sumisas, infladas, gritonas e irreales (enfermeras calientes, lolitas, ninfómanas, todas dispuestas a meterse a la boca lo que sea). Y lo más grave: hombres multimillonarios, mafiosos o proxenetas musculosos con miembros exorbitantes, que a lo mejor son una suerte de héroes o modelo aspiracional para ellos y para las prepago, pero no para nosotras, las mujeres de carne y hueso que no escogemos copular con alguien tan solo por el tamaño de un miembro o su fuerza para disparar semen.

Es por eso que desde hace un par de décadas algunas mujeres arriesgadas como Erika Lust o Candida Royalle se han dedicado a dirigir y filmar películas porno hechas para mujeres. Esto ha sido tildado de retrógrado e incluso de discriminación positiva, pero Lust se defiende afirmando que al etiquetar estas cintas con el rótulo “para mujeres” no pretenden excluir al público masculino, sino simplemente asegurarse de tener contenidos pensados para ellas. “Creo que el nuevo cine hecho por y para mujeres trata sobre intimidad y relaciones; el de ellos, sobre enculadas y eyaculaciones”.

Según la directora sueca (Lust), las diferencias son sutiles pero determinantes. Mientras que en las películas porno tradicionales las mujeres siempre duermen con tacones, las locaciones son mansiones y las gargantas femeninas son pozos profundos, en el porno para mujeres hay más hombres y mujeres de a pie, menos gritos y orgasmos sicronizados y más parlamentos reales. Por si fuera poco, son las mujeres quienes reciben el sexo oral, los encuentros son explícitamente consentidos y no resultamos siendo siempre las que suplicamos sino las que dirigimos el acto a nuestro antojo, porque el sexo debe ser merecido por ellos.

En el porno para mujeres hay más gente de a pie, menos gritos y orgasmos sicronizados y más parlamentos reales.

Una de las películas más premiadas de la nueva corriente de cine para adultas, escrita y dirigida por Erika Lust, es Cinco historias para ellas, que ya ha ganado varios premios. También figuran las películas de la fallecida Candida Royalle, que tenía una productora especializada en porno para parejas y una fábrica de juguetes sexuales. A esta lista se suma Tristan Taormino, experta en sexo anal, que no solo ha dirigido una veintena de películas y el reality Chemistry (en el que se llevó a seis estrellas de porno a vivir a una casa), sino que también apareció en la película Shortbus, en la que participó en una orgía real filmada por el director John Cameron Mitchell (Hedwig and the Angry Inch). Taormino también escribe de sexo y es, además, sobrina del famoso escritor de culto Thomas Pynchon. Su película Rough Sex explora las fantasías de varios actores porno y su libro Ultimate Guide to Kink vende millones de copias alrededor del mundo.

En una entrevista para Cosmopolitan, Taormino explicó exactamente el llamado porno feminista o para mujeres: “Se trata de tener un compromiso de equidad de género y de justicia social. Está producido éticamente, lo que significa que tanto hombres como mujeres tienen un sueldo justo y son tratados con cuidado y respeto. Su consentimiento, su seguridad y su bienestar son vitales para la producción. El porno feminista explora ideas sobre el deseo, la belleza, el placer y el poder a través de representaciones, estéticas y estilos alternativos”.

Pero no solo en la creación hay mujeres. Es una mujer, Diane Duke, quien dirige Free Speech Coalition, una organización que vela por los derechos de la industria del entretenimiento para adultos. También una mujer, Samantha Lewis, dirigió por años Digital Playground, una de las productoras de porno más grandes de Estados Unidos. Christie Hefner, hija del desaparecido Hugh, fue directora de su emporio, y Danni Ashe, una de las pioneras del porno por internet y la mujer más buscada en la web durante los noventa. Así como Joy King, la vicepresidenta de proyectos especiales de otra gran productora, Wicked Pictures.

Las feministas suelen decir que el porno es la causa y el síntoma de todos los problemas femeninos. Sin embargo, muchas mujeres admiten que no todas las escenas de porno les disgustan. King acepta que ve porno aun cuando no se trata de trabajo, pero también asegura que la mayoría de los productos clasificados con esa etiqueta no son ni lo uno (entretenimiento) ni lo otro (para adultos). De hecho, muchas de estas mujeres no son garantía para que el contenido del porno deje de ser tan sexista. Una de las grandes razones es que ha sufrido un cambio similar al del negocio de la música, en el que la mayor parte de los productos son hechos por amateurs y subidos a la web. Otra, que los juicios de valor hechos por alguien no dependen de sus genitales, sino de su inteligencia y su moralidad.

Feministas pro porno

Pero no todas las feministas están en contra del porno. De hecho hay una corriente que defiende el derecho de cada mujer a participar del porno y que asegura que el término “degradante” es tan relativo, que incluso hasta en los comerciales de televisión más inofensivos aparecen imágenes que le pueden parecer degradantes a unas mujeres y a otras no. “¿Qué tiene de malo retratar a la mujer como ser sexual si nuestro cuerpo es igual de importante a nuestro cerebro y a nuestra alma?”, asegura Wendy McElroy, autora del libro A Woman’s Right to Pornography (El derecho de la mujer a la pornografía), que añade que nadie se molesta cuando la mujer es observada desde el punto de vista meramente intelectual o espiritual.

Esta corriente feminista también alega que en Japón, donde el porno explícito, violento y hasta brutal es ampliamente accesible, la violencia contra las mujeres es mucho más baja que en lugares como Estados Unidos, donde la violencia en el porno es severamente restringida. “Es posible incluso que este tipo de porno tenga un efecto catártico en hombres que tienen tendencias violentas hacia las mujeres. Pero además, no todas las mujeres que participan en películas porno se sienten psicológicamente traumatizadas o abusadas en su trabajo”, dice McElroy en sus textos, en los que además afirma que la pornografía es benéfica para la mujer, porque le brinda información sexual básica que pareciera llegar a los hombres mucho más naturalmente, como técnicas de masturbación, y les permite explorar sobre sus gustos y satisfacer sanamente sus fantasías. “Muchas mujeres tienen, por ejemplo, la fantasía de ser violadas. Se trata de algo sobre lo que fantasean, no algo que quieran en la realidad.

El porno les permite experimentar un poco de esa satisfacción y les ayuda a romper estereotipos culturales y políticos para interpretar el sexo como quieran. Además de darles seguridad y eliminarles culpas tontas, puede ser una gran terapia para quienes no tienen pareja y también para darle un poco de variedad al sexo entre parejas sin necesidad de cometer infidelidades”.

La lista de directoras feministas está encabezada por mujeres como Candida Royalle y Erika Lust, pero es inabarcable. Entre los nombres más importantes se encuentran también Ms. Naughty, Madison Young y Annie Sprinkle.

Históricamente, la pornografía y el feminismo han estado ligados. Nacieron o se afianzaron como producto de la revolución sexual de los sesenta y han sido atacados por los mismos enemigos conservadores. Aunque es imposible establecer claramente las relaciones causa-efecto entre la pornografía y el feminismo, es evidente que para que ambas cosas aparezcan es necesaria una condición: la libertad sexual.

El 66, no el 69

No admitir que nos gusta el porno es perpetuar de cierta manera esa imagen errada de que la mujer es asexuada, en el mejor de los casos poco erótica, mientras que el hombre es sexual y pornográfico. Aunque nos encasillan diciendo que la sexualidad de la mujer es erótica, tierna, suave y tácita mientras la de los hombres es cruel, dura y gráfica, un estudio hecho por el periódico inglés The Sun reveló que el 66 por ciento de las mujeres encuestadas ven porno (contra el 88 por ciento de ellos) y que el 16 por ciento de los hombres que lo ven lo utilizan como parte del cortejo para tener sexo con sus parejas. El 87 por ciento de esas mujeres que ven porno están casadas, pero solo el 26 por ciento admite verlo al menos una vez al mes y 57 por ciento de ellas lo comparten con sus esposos, mientras que ellos son mucho más generosos: 64 por ciento ven porno con sus mujeres, pero menos de la mitad (46 por ciento) aseguran que los excitaría encontrar a su pareja viéndolo secretamente. Y acá entramos en un tema álgido para las mujeres: los celos y la inseguridad que les provoca el que sus parejas vean porno. Mientras que solo 11 por ciento de los hombres dice que se molestaría si descubre que su mujer ve porno, el 34 por ciento de ellas acepta que se molestaría, y mucho.

XConfessions, Erika Lust (2013)

Si después de leer toda esta información no quedan convencidos de que a las mujeres nos gusta el porno, los dejo con las palabras del escritor Andrés Barba (coautor del Premio Anagrama de ensayo por La ceremonia del porno), quien asegura que “para que el porno cumpla su acometido de excitar, debe existir cierta privacidad en el asunto”, y añade que en ese sentido muy seguramente lo que excita a los hombres, a las mujeres les parece tonto y hasta insulso. Durante la escritura de su libro, Barba encontró estudios que indican que el porno más duro, el gonzo, el sado y otra chorrera de subgéneros pesados, es el que más nos gusta a las mujeres. Y no lo digo yo, pero ahí les dejo el dato.