Hasta hace poco no había dos cosas más aterradoras para la virilidad masculina que la disfunción eréctil (o eyaculación precoz) y la calvicie. La obsesión por el pelo ya no era cuestión solo de las mujeres. Todo eso está cambiando. El príncipe William de Inglaterra, que hasta hace poco tapaba su helipuerto con las pocas mechas que le quedaban, decidió frentear el problema. Y ya tusado, muchas de sus admiradoras lo consideran más sexy que nunca.

La analogía con la historia de Sansón, cuando Dalila lo despojó de su pelo y le hizo perder todo su poder, ya no está vigente. Pues si bien una buena mata de pelo, robusto y fuerte, se asocia a la juventud, la cabeza despejada refleja seguridad en sí mismo y, según el mito, vigor sexual. Decenas de tratamientos para detener la pérdida de pelo se venden por internet y televisión. Pero muchos son costosos y poco efectivos. Está comprobado que lo único que detiene la caída del pelo es el suelo. Todo el que se esfuerza por no quedarse calvo está luchando contra una causa perdida.

Sin embargo aún hay soñadores. Nunca olvidaremos, por ejemplo, el año pasado cuando Ronnie Wood, de The Rolling Stones, rechazó la quimioterapia con el argumento de que si él perdiera su cabello “no valdría la pena vivir”. ¿Vanidad loca? O simplemente la aceptación clara de que una gran parte de su éxito como rockero está atado a ese pelo de pirata teñido. Porque la verdad es que hay hombres a los que les luce ser calvos. En general, tienden a ser esos que no recordamos con pelo (lo que sugiere que sobrellevaron esa condición desde temprana edad), como Bruce Willis, Josep Guardiola, Zinedine Zidane, Dwayne ‘la Roca’ Johnson o Jason Statham.

Con la caída inminente de pelo hay que tomar una decisión firme: perfilar lo que queda y reinventar el estilo. Entonces, si su cabeza ya no está abarrotada de pelo, no tenga pánico de que le digan que es un tipo de “mente brillante”, que “tiene más entradas que El Campín” o que ya “parece un motel con entrada y salida”. Es tiempo de asumirlo y entender que los tiempos han cambiado. No se aferre ni luzca inseguro. Entienda que esa platica se perdió, mejor sáquele provecho a que el gusto femenino está con usted y que una cabeza despejada puede ser irresistible.

Aun así los paparazzis no perdonan. En el Reino Unido no dejan de ser brutales al publicar en cada edición fotos comparativas de las épocas de gloria del príncipe William, cuando cargaba una manta gruesa de pelo, y las de hoy en día, un fulano con una pista de aterrizaje prominente en la cabeza. Él definitivamente se ajustaba a su cabello y le sentaba bien. Tenía diferentes estilos, de acuerdo al largo y la ocasión. Y es que se pensaba que para un príncipe, obligado a cumplir y atenerse a un guion al pie de la letra, nada más rentable que una cabellera frondosa. Pero el paso del tiempo nos dice que ni siquiera el heredero a la corona de Inglaterra, con vida de cuento de hadas, se salva de la alopecia. Y si eso sucede en la realeza, ¿cómo será para los plebeyos?

Cuando se le estaba comenzando a caer el pelo, el príncipe William seguro miraba con envidia a su hermano Harry, pues este goza de una mata pelirroja que algunos creen que es herencia de la familia Spencer, y otros del amante de su madre, James Hewitt. Pero a pesar de toda la publicidad que ha recibido el menor de los hermanos por su próximo matrimonio con Meghan Markle, el príncipe calvo sigue siendo considerado el más sexy.

Con frecuencia las mujeres tienen un papel protagónico en convencer a sus maridos de que no tiene sentido luchar contra lo inevitable. De seguro la duquesa Catherine fue clave en hacer que su príncipe dejara de sufrir frente al espejo día tras día contando los pelos en el lavamanos. Hoy, cuando todos los medios de comunicación ingleses están registrando que las mujeres lo ven más atractivo, de pronto se arrepiente de haberles ofrecido esa tentación.

En todo caso, tiene mucho más éxito la calvicie de William que la melena de Trump. Uno de los misterios más grandes de la farándula era qué se hacía el presidente de Estados Unidos en el pelo para tener ese bucle dorado permanentemente. En el reciente libro de Michael Wolff, Fuego y furia, su hija Ivanka reveló el secreto. La cosa es así: usa una tintura de nombre Golden Look (en Colombia se llamaría ‘Amanecer llanero’) y se hizo trasplantes de pelo para llenar las zonas en las que ya solo había arbustos. Y la peinada es como de María Antonieta. Cepilla todos los extremos hacia el centro y luego barre de atrás hacia adelante, asegurándolo con una laca en spray para que le dé rigidez.

Pero no solo los príncipes y los presidentes se preocupan por el pelo. Nuestra farándula colombiana también ha sido presa de esta moda. Unos con orgullo, como el príncipe William, y otros con vergüenza, como Trump. Julián Arango está a punto de quedarse calvo por completo y da la impresión de no importarle. Diego Trujillo, por su parte, en su papel de Emilio Iriarte en Los Reyes, soltaría la siguiente frase sobre sus escasas mechas: “Qué desgracia tan infinita”. Otro al que atacó la calvicie de frente fue a Andrés Parra, quien paradógicamente por la peluca que usó al hacer el papel de Pablo Escobar en El patrón del mal, es percibido como el colombiano con más pelo. Y en el sector privado hay clásicos de la elegancia como Julio Manuel Ayerbe, expresidente de Corona, y el presidente de Cine Colombia, Munir Falah.

Conclusión: si usted todas las mañanas ve caer pelos en su lavamanos, no se mortifique. Está en la onda que toca. Si tiene pocos pelos, mejor córteselos e imite a los símbolos sexuales calvos de la actualidad. Quien se va acabar preocupando es su mujer.

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