La distancia que existe entre Anna Mae Bullock y Tina Turner es la que hay entre una casita de campesinos algodoneros en Nutbush, Tennessee, y el castillo Algonquin en las afueras de Zúrich. Tina habita este último y Anna vivió en la primera. Anna era una niña negra campesina de origen humilde a la que el abandono de sus padres la obligó a valerse por sí misma desde muy temprano. Tina es una estrella consumada del rock que ronda los ochenta años. Anna y Tina son la misma persona, pero separadas por una vida entera.


Junto a Ike Turner, su maltratador primer marido.

Su nueva autobiografía, My Love Story (la segunda parte de I, Tina, que publicó en 1986), muestra que el camino que recorrió Anna para convertirse en Tina se parece poco a esos cuentos de princesas en los que, una vez superados los obstáculos iniciales, todo es color de rosa. Es más bien una de esas historias tipo marqués de Sade, en las que la protagonista se convierte en heroína por cuenta de desgracias que la acechan hasta el final. (Lea también: El regreso de Gustavo Cerati)

No era un secreto que Ike Turner —el célebre guitarrista cocainómano con el que se casó a los 23 años, que la bautizó con el nombre con el que el mundo la conocería y la puso a cantar sobre los escenarios era un maltratador compulsivo que solía humillarla y darle palizas que le dejaban los ojos amoratados y la nariz rota (en su momento Ike trató de defenderse asegurando que no le había pegado “más que el hombre promedio le pega a su esposa”). Pero algunos episodios que Tina dice haberse guardado por vergüenza apenas salen a la luz. Como esa noche de bodas en la que Ike decidió celebrar en un prostíbulo de Tijuana y donde la recién casada tuvo que presenciar un decadente espectáculo de sexo en vivo que ella describe en estos términos: “El tipo era desagradable y aparentemente impotente, y la chica... Bueno, digamos que lo que vi fue un espectáculo más ginecológico que erótico”.


En el escenario, con su gran amigo David Bowie.

El divorcio de Ike en 1976 significó para Tina reinventarse como solista, y la ayuda de artistas amigos como Cher y David Bowie fue determinante para volver a la cima. Si uno quisiera darle un final feliz a la historia, sería en los años ochenta, cuando se convirtió en una de las voces más reconocidas del mundo y en un monstruo sobre los escenarios que llenaba estadios y hacía millones con sus ventas. El final feliz llegaría al clímax con la nueva relación con Erwin Bach, un productor musical alemán 16 años menor que ella con el que está desde 1985 y con quien se casó en 2013. Bach es todo lo opuesto a Ike: un hombre amable y amoroso que ella no tiene pudor en describir como su “príncipe azul”.

Pero el de Tina, ya se dijo, no es un cuento de hadas. Vino entonces un derrame cerebral tres meses después de su matrimonio, una falla renal que superó gracias a que Erwin le donó uno de sus riñones y un cáncer intestinal que para 2016 le impedía comer y que implicó la remoción de buena parte del intestino. Por esa época llegó a considerar la idea del suicidio asistido, considerado legal en Suiza.


Su esposo actual, el productor alemán Erwin Bach; es todo lo contrario de Ike Turner.

Logró salir adelante, pero los infortunios no pararon. El 3 de julio de este año, mientras escribía su libro, tuvo que añadir el que sería el capítulo más doloroso: el suicidio de Craig, el hijo que tuvo 59 años atrás con otro músico con quien estuvo antes de Ike y quien, en palabras de su madre, era “un alma atormentada”.


Tina Turner: My Love Story / Tina Turner. 272 páginas. / Atria Books.

A sus 78 años, “la reina del rock” vive en un castillo, pero no tiene vida de princesa. Lo que la separa de la niña campesina que fue es una existencia llena de fama, dinero y golpes. Sobre todo golpes. (Lea también: Keith Richards: Simpatía por la eternidad)

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