Cuando no había sistemas de refrigeración —estamos hablando de mediados del siglo XIX, para ser exactos— los fabricantes europeos de cerveza dejaban de producir en marzo, pues durante los meses cálidos los barriles se contaminaban muy fácil.

Por eso, el último lote de cerveza se producía en este mes (Märzen, en alemán) y estos barriles los almacenaban en lugares oscuros y con hielo. Esta era la cerveza que se consumía durante el verano y en septiembre, cuando volvía a bajar la temperatura y podían preparar nuevamente cerveza, envasaban lo que quedaba de la producción de marzo.

El resultado era la Märzenbier, una cerveza tipo lager, ligera, con un suave sabor a tostado y dulce, de color entre bronce y cobre y de una graduación alcohólica entre 5% y 6.5% (es decir, no es muy fuerte).

Ahora, ¿qué tiene que ver esta cerveza con el Oktoberfest? Que para acabar rápidamente los barriles de la Märzen (para empezar una nueva producción), hacían fiestas populares con el único propósito de tomar muchísima cerveza.

Esta tradición se formalizó hasta el 12 de octubre de 1810 cuando un príncipe quiso celebrar el aniversario de su matrimonio. La fiesta fue en Theresienwiese, un campo a las afueras de Múnich y que asistieron en total 40.000 personas. En ese momento el fuerte no era la cerveza, pero con el tiempo se volvió en el atractivo principal del Oktoberfest, una fiesta que convoca a millones de personas y muchos litros de pola.