Hace tres décadas me hubiera encantado ver legalizada la marihuana. Me habría ahorrado la molestia de tratar de evitar que me descubrieran y de andar buscando todo el tiempo escondites para mis porros. Fumé en mi adolescencia y hasta antes de cumplir 25 años. Durante este periodo, lo primero que hacía al llegar a una nueva ciudad era conseguir unos cuantos gramos. La idea de un concierto o unas vacaciones sin hierba era demasiado deprimente.

Hoy es difícil encontrar alguien que critique la marihuana. La droga goza de una gran aceptación y cada vez aparecen más legisladores respaldándola en lugar de condenarla. En Estados Unidos, después de años de reducir las restricciones a nivel estatal, hay indicios de que el gobierno federal podría seguir el ejemplo: en abril, el jefe de la Minoría en el Senado Charles E. Schumer (de Nueva York) se convirtió en el primer líder de los dos partidos en apoyar la despenalización de la marihuana a nivel federal, y el presidente Trump (a pesar de su fiscal general) le prometió a un senador republicano de Colorado que protegería a los estados que la han legalizado.

Y por qué no, si existe la creencia generalizada de que la droga es benigna. Incluso quienes no creen en sus posibles beneficios para la salud están extasiados con su atractivo comercial, ya sea por las ganancias personales o por los ingresos fiscales estatales. En muchos casos, y por muchas razones, la legalización puede ser algo bueno, eso lo entiendo. Pero también soy neurocientífica y puedo darme cuenta de que la historia se está simplificando demasiado. El debate en torno a la legalización es asombrosamente ingenuo con respecto a cómo el uso generalizado de la marihuana afectará a las comunidades y a la gente, particularmente a los adolescentes. En nuestro afán por abrir la puerta quizá debamos hacer una pausa para evaluar qué tanto coincide el movimiento político con la ciencia, que está produciendo estudios inconvenientemente alarmantes sobre lo que la hierba le hace al cerebro adolescente.

De manera indirecta me involucré con la ciencia de la marihuana, comenzando con una investigación personal de los efectos de la planta. Durante mi juventud en el sur de la Florida, en los años ochenta, era fácil conseguirla y mi gusto por ella se convirtió rápidamente en un hábito. Me parecía un antídoto para mi angustia y aburrimiento adolescente, sin la ramplonería del alcohol o la intensidad de los estimulantes que hacen temblar la mandíbula.

Entre las tantas cosas que me encantaban de drogarme, la que más me gustaba era que reemplazaba mi voz interna —usualmente malhumorada o aburrida— por una llena de curiosidad y deleite. La marihuana transformaba lo mundano en algo dramático: las salidas familiares, el colegio, el trabajo o simplemente sentarse en el sofá se volvían situaciones infinitamente entretenidas cuando me fumaba un porro.

En Colombia, el uso medicinal de la marihuana es legal y en este momento se está reglamentando su uso.

Como cualquier sustancia que altere la mente, la marihuana produce sus efectos cambiando el nivel de lo que ya está ocurriendo en el cerebro. En este caso, el ingrediente activo Delta-9-THC sustituye nuestros propios endocannabinoides naturales e imita sus efectos. Activa los mismos procesos químicos que el cerebro usa para modular pensamientos, emociones y experiencias. Cuando estos neurotransmisores específicos se usan de una manera objetiva y acertada, nos ayudan a ordenar la corriente implacable de información y a marcar la que debe destacarse del torrente de la actividad neuronal, codificando pensamientos perdidos, impulsos y experiencias. Al inundar todo el cerebro, a diferencia de las sinapsis seleccionadas, la marihuana puede hacer que todo, incluyendo las actividades más aburridas, tengan una trascendencia brillante.

¿Por qué oponerse a esta mejora? Como me dijo un hombre que acababa de tener un hijo, beber hacía que cuidar a su pequeño fuera mucho más fascinante y, por lo tanto, lo convertía a él, según su percepción, en un mejor padre. Desafortunadamente hay dos advertencias importantes desde una perspectiva neurobiológica.

Así como regar un campo inundado es inútil, cuando la actividad generalizada de los cannabinoides destaca todo, al final no transmite nada. Y en medio de la inundación inducida por el uso constante de la marihuana, el cerebro amortigua su maquinaria intrínseca para compensar la estimulación excesiva. La exposición crónica perjudica, en última instancia, nuestra capacidad de darles valor o importancia a las experiencias que realmente lo justifican.

En los adultos, ese ajuste neuronal puede obstaculizar o descarrilar una vida acertada y satisfactoria, aunque es posible que estas capacidades se recuperen con la abstinencia. Pero las consecuencias de esta desensibilización son más profundas, o incluso permanentes, en el caso de los cerebros de los adolescentes. La pubertad es un periodo crítico del desarrollo, cuando las células del cerebro se estimulan para experimentar cambios organizacionales significativos: algunas conexiones neuronales proliferan y se fortalecen, mientras que otras se apartan.

Aunque los estudios no han encontrado que la legalización o despenalización de la marihuana lleve a un mayor consumo entre los adolescentes, esto quizá ocurre por su ya alta popularidad. Hoy, más adolescentes fuman marihuana que productos con nicotina; entre el 30 y el 40 por ciento de los estudiantes de último año de bachillerato en Estados Unidos afirman haber fumado marihuana alguna vez durante el mismo, alrededor del 20 por ciento lo hizo en el último mes, y cerca del 6 por ciento admite hacerlo prácticamente todos los días. Es improbable que las consecuencias potenciales sean raras o triviales.

El periodo entre la pubertad y la maduración del cerebro (casi una década) es crítico y de sensibilidad potenciada a los estímulos internos y externos. Notar y apreciar nuevas ideas y experiencias ayuda a los adolescentes a desarrollar un sentido de identidad personal que influirá en las decisiones vocacionales, románticas y de otros aspectos, además de guiar la trayectoria de sus vidas. Aunque, indudablemente, una vida aburrida es más tolerable cuando uno está drogado, con el uso repetido de la marihuana es difícil que los estímulos naturales, como los asociados a metas o a relaciones, sean tan atractivos.

Es falso que la marihuana no es adictiva. El cerebro se adapta y se vuelve tolerante.

No es sorprendente, entonces, que los adolescentes que fuman mucho muestren evidencia de una actividad reducida en los circuitos cerebrales fundamentales para marcar experiencias significativas. También tienen 60 por ciento menos de probabilidades de graduarse del colegio y están en un riesgo sustancialmente mayor de engancharse al alcohol y otras drogas duras. Por otra parte, muestran alteraciones en las estructuras corticales asociadas con la impulsividad y los estados de ánimo negativos, y son siete veces más propensos a intentar suicidarse.

Los datos recientes son aún más alarmantes: los hijos de los adolescentes a los que les gustaba la fiesta, específicamente los que consumían THC, pueden presentar un mayor riesgo de padecer enfermedades mentales y adicciones como resultado de cambios en el epigenoma, incluso si están a años de ser concebidos. El epigenoma es un registro de las impresiones moleculares de experiencias potentes, incluyendo la exposición al cannabis, que conducen a cambios persistentes en la expresión y el comportamiento de los genes, incluso a través de generaciones. Aunque los estudios importantes apenas están comenzando, muchos neurocientíficos profetizan que pronto nos daremos cuenta de que hemos perjudicado a nuestros herederos por generaciones.

¿Podría la relación entre la exposición a la marihuana y los cambios en el cerebro y el comportamiento ser coincidencia como en su momento las compañías tabacaleras afirmaron acerca del vínculo entre cáncer y tabaquismo, o el THC causa estos efectos? Desafortunadamente no podemos asignar personas a grupos de fumadores y no fumadores en experimentos, pero se están llevando a cabo esfuerzos para seguir a una gran cantidad de niños a lo largo del desarrollo adolescente para estudiar los efectos de la exposición a las drogas, junto con una serie de otros factores en la estructura y la función del cerebro, por lo que los estudios futuros podrán responder esta pregunta.

Es posible que fumar marihuana esté afectando a generaciones que aún no se han engendrado.

De la misma manera en que alguien que habitualmente aumenta el volumen de sus audífonos reduce su sensibilidad al canto de los pájaros, seguí el patrón de la “puerta de entrada” desde la marihuana y el alcohol hasta las drogas más fuertes, llegando a la resaca que eventualmente acabó con gran parte de lo que me importaba en la vida. Mis días comenzaban y terminaban con el bong en mi mesa de noche, mientras me desesperaba en la universidad, en el trabajo y en mis relaciones. Me tomó años de abstinencia, que probablemente reflejaron la duración e intensidad de mi exposición, pero mi motivación para la aventura parece bastante restaurada. He estado sobria desde 1986 y me convertí en profesora y académica. La obstinación con la que me dediqué a drogarme fue muy útil cuando trabajé en mi disertación. No obstante, sospecho que mis aventuras farmacológicas dejaron su huella.

Ahora, como científica, no me impresionan muchos de los argumentos ampliamente utilizados para la legalización de la marihuana. “¡Es natural!”. También lo es el arsénico. “¡Es beneficiosa!”. Los efectos medicinales mejor documentados de la marihuana se logran sin el compuesto químico que droga a los consumidores. “¡No es adictiva!”. Esto es falso, porque el cerebro se adapta a la marihuana como lo hace con todas las drogas y estos ajustes neurales llevan a la tolerancia, la dependencia y la ansiedad las características distintivas de la adicción.

Son comunes las marchas a favor de legalizar la marihuana en Colombia, pero, como en Estados Unidos, acá tampoco se está debatiendo la evidencia científica sobre sus posibles consecuencias.

Es cierto que la falta de beneficios, o incluso el riesgo de adicción, no han impedido la legalización, el uso y el abuso de otras drogas como el alcohol o la nicotina. La larga historia de hipocresía legislativa y aplicación selectiva que rodea a las sustancias que alteran la mente es evidente. La Ley de Impuestos a la Marihuana de 1937, la primera legislación diseñada para regular la marihuana en Estados Unidos, se aprobó en medio de un sentimiento antimexicano (así como los esfuerzos para restringir el cultivo de cáñamo, que amenazó con la producción de madera); no tenía nada que ver con la evidencia científica de los daños que causaba. Eso sucede con la mayoría de la legislación sobre drogas en este país. Si no fuera el caso, el LSD sería menos regulado que el alcohol, puesto que los costes de salud, económicos y sociales del último compensan por mucho los del anterior (la mayoría de los neurocientíficos no creen que el LSD sea adictivo; sus beneficios potenciales se están estudiando en la Universidad Johns Hopkins de Nueva York, así como en otros lugares).

Aún así, no estoy en contra de la legalización. Simplemente me opongo a la increíble falta de escepticismo sobre la marihuana en nuestro debate actual. La pregunta acerca de si se debe legalizar o no la hierba es equivocada. El cuestionante correcto es: ¿cómo afectará el uso creciente del Delta-9-THC a los individuos y las comunidades?

Aunque la evidencia dista mucho de ser completa, la ilusión y el entusiasmo generalizado no sustituyen una consideración cuidadosa y estudiada. En lugar de apresurarnos a promulgar nuevas leyes, que pueden resultar tan absurdas como las que están llamadas a reemplazar, analicemos los costos y los beneficios, utilizando el conocimiento científico actual mientras apoyamos la investigación necesaria para clarificar las consecuencias neurales y sociales del uso frecuente del THC. Quizás entonces evitemos prácticas que les impidan a las generaciones futuras darse cuenta de lo que realmente importa.

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