La primera imagen de Shiva, uno de los símbolos emblemáticos del yoga, es un sello antiquísimo que muestra a un hombre desnudo, con el pene completamente erecto, sentado en postura de meditación y rodeado de animales. Otras historias de la exuberante mitología hindú cuentan que se paseaba sin ropa por los bosques y atraía con su magnetismo sobrehumano a las esposas de los reyes. Igual que Mahavira, el padre de la tradición jainista a la que pertenecía Gandhi y que se nutre de muchos elementos del famoso tantra, caminaba mostrando sin vergüenza su magnífico cuerpo por las ciudades de la antigua India. Y son leyenda los amores extáticos que Krishna despertaba en las pastoras de los campos, así como su intenso romance con su consorte Radha.

Este tipo de símbolos e historias escandalizaron desde el principio a los misioneros católicos, desde luego. Los primeros reportes occidentales de rituales tántricos son textos histéricos de sacerdotes traumatizados que se encontraron, sin ninguna preparación, con una cultura en la que el cuerpo, para su sorpresa, no era visto como materia pecaminosa. Quizás si se hubieran tomado la molestia de observar un poco más de cerca, con menos prejuicios, la espiritualidad india, habrían encontrado que Shiva no es un pervertido, sino el dios asceta por excelencia: el protector de miles de renunciantes que, desnudos, buscan con locura divina la experiencia mística en las montañas y los bosques solitarios. Mahavira, por su parte, no era un nudista inmoral, sino un riguroso maestro que enseñaba la meditación intensa, el control de las pasiones y, sobre todo, la purificación del alma. Y Krishna no era un donjuán, sino el símbolo central de una de las tradiciones yóguicas y devocionales más importantes de la historia, cuyo mensaje, como el de Jesús, pone al amor en el centro mismo de la vida humana.

Quisiera dejarlo claro desde el principio: el objetivo del yoga es despertar la energía kundalini (que es la misma energía sexual o libidinal) y transformarla, mediante técnicas de respiración, posturas físicas y prácticas de meditación y devoción, para expandir al máximo nuestro potencial creativo, humano y espiritual. Lo que Freud descubrió apenas en el siglo XX  —el hecho de que podamos sublimar y elevar nuestros instintos— es practicado asiduamente por los yoguis desde la noche de los tiempos.

El problema con nosotros, occidentales formateados en la moral judeocristiana, es que llevamos demasiados siglos viendo al cuerpo y a la energía sexual como obstáculos de la espiritualidad. Personalmente, estoy convencido de que esa represión cultural es la causa del hechizo que tantos occidentales sufren hoy por el robusto supermercado del “sexo tántrico”, como el adolescente reprimido que se masturba a escondidas. Basta dar un corto paseo por la búsqueda ‘tantra’, ‘tantra yoga’ o ‘sexualidad tántrica’ en Google para hacerse a una idea de la cantidad de videos, cursos, libros, consejos, artículos y “maestros” disponibles. Y basta poner el #Yoga en Instagram para ver las imágenes que estamos generando como sociedad alrededor del tema: casi 52 millones de fotos y videos (a la fecha de escribir este artículo), buena parte de los cuales muestran a mujeres muy flexibles y muy ligeras de ropa en posiciones harto explícitas. Valga decir: ni todas las imágenes son de mujeres —hay otras de hombres igual de semidesnudos— ni todas buscan a toda costa ser sexys. Pero no es exagerado afirmar que el género ‘yoga’ raya con el soft-porn en la tercera red social más usada del mundo.

Es curioso que esta ‘erotización’ un tanto obsesiva del yoga nunca haya ocurrido en India, donde el yoga y el tantra se practican desde hace milenios. Sí, es verdad que las tradiciones indias también tienen sus propias versiones del erotismo —como las tienen los chinos y japoneses, las culturas indígenas y hasta los rigurosos árabes—. Están, por ejemplo, las famosas esculturas de Khajuraho, en las que hay una serie de exquisitas figuras en posturas amatorias. Y está, cómo no, el Kamasutra, un texto pedagógico que dedica uno —solo uno— de sus siete capítulos a enseñar los tipos de besos, juegos sexuales, posiciones, tabúes y ritos eróticos. Lo curioso, decía, es que los indios, al contrario de nosotros, no están obsesionados con el sexo. En su cultura profundamente espiritual, el deseo (Kama) se considera no solo algo natural, sino divino. Como ocurría en la Grecia Antigua, el deseo es un dios o una fuerza sagrada que necesita un lugar en la vida humana, y no una tendencia inmoral o ‘maligna’ que necesita ser expulsada. Es el egoísmo y la ignorancia —no el deseo— lo que se considera maligno en la espiritualidad oriental.

Y sí, es verdad que existe una práctica “secreta” alrededor del coito sagrado. Se le llama maithuna y fue desarrollada dentro de la ‘Vía de la mano izquierda’ del tantra (opuesta a la ‘Vía políticamente correcta de la mano derecha’). La casta sacerdotal de los brahmanes, que detentaba el poder religioso, la consideraba inmoral. Desde luego, tenían que defender su propio mercado espiritual. Uno de los rasgos más subversivos del maithuna es que ponía —y pone— a la mujer en el trono del ritual, lo que iba en clara oposición a la tradición brahmánica ortodoxa y patriarcal. En el maithuna, la mujer representa a la diosa Shakti y durante la unión sagrada es ella quien está activa. El hombre, Shiva, debe permanecer receptivo y al servicio de Shakti. Podríamos decir que es una práctica feminista, un culto de lo femenino, como dice el yogui André Van Lysebeth. Es un método, sobre todo, impregnado de altas dosis de meditación, en el que se invierte muchísimo tiempo en la respiración conjunta y en el juego de besos y caricias antes de la penetración, pero aún más en el acto sexual mismo, que debe durar hasta dos horas, y más.

Los participantes se preparan rigurosamente durante meses, o incluso años, para iniciarse en este tipo de meditación. Desde luego, el objetivo del ritual no es el sexo, menos aún la eyaculación o el orgasmo. El hombre debe ser un yogui con suficiente control sobre sí mismo para no eyacular. Se trata, justamente, del dominio y la trascendencia de los instintos. “El maithuna no debe convertirse nunca en un coito profano”, dice Van Lysebeth, y mucho menos uno centrado en el atractivo físico o en el performance sexual. Lo que busca es el verdadero éxtasis, ir más allá del sexo a través del mismo, entrar en contacto directo con Shiva y Shakti, con las energías supremas que están creando continuamente el universo mientras se hace el amor. Lo que enseña el maithuna es que la unión sexual es sagrada, al encarnar el acto creador de las fuerzas cósmicas.

Todo hay que decirlo: esta práctica en pareja es solo una ínfima parte del océano de ejercicios de meditación que se conoce como tantra, que tantas malinterpretaciones ha sufrido en occidente. No sobra decirlo una vez más: el tantra no se centra en el sexo, como tampoco lo hace el yoga. Son un conjunto antiguo y amplísimo de textos sagrados y técnicas de meditación que buscan ante todo la iluminación y que han influido profundamente en todas las tradiciones espirituales vivas de la India, así como influyen hoy en la cultura occidental. De hecho, lo que actualmente llamamos yoga (un montón de posturas complicadas e incómodas) es una curiosa mezcla de hatha yoga, budismo tántrico —sí, los budistas también practican tantra— y gimnasia sueca —sí, ¡gimnasia sueca de principios de siglo XX!—.

Lo que debemos entender es que el tantra (o tantra yoga, si se quiere) hace un aporte fundamental a la espiritualidad humana: rescata el papel del cuerpo en la búsqueda espiritual. Para el tantra antiguo y para el yoga contemporáneo, el cuerpo no es una carne pecaminosa que nos aleja de Dios, sino más bien un preciado recurso que, bien usado, cuidado y entrenado, se transforma en una poderosa ayuda para alcanzar la experiencia trascendente. Sin duda, se trata de una espiritualidad más femenina, más amable y más saludable. Una espiritualidad tanto más necesaria hoy cuanto más nos enteramos de los peligros del celibato forzado, la represión de los instintos y la exclusión de la mujer en la vida espiritual.

Llevo más de once años practicando y enseñando kundalini yoga, una técnica hermosa y potente que bebe de la fuente del tantra. Puedo decir que una de las experiencias más profundas de mi vida consistió en asistir, hace apenas unos meses, a un Tantra Yoga Blanco. Durante tres días enteros, de nueve de la mañana a siete de la noche, estuve sentado en postura de meditación frente a mi esposa (una yoguini muy avanzada), mirándonos directamente a los ojos, mientras practicábamos diversos ejercicios con los brazos levantados durante lapsos de 62 minutos. No estábamos solos ni desnudos. Estábamos en un grupo de cerca de mil personas, todos vestidos de blanco, distribuidos en largas filas de yoguis y yoguinis de todas las edades y de todas partes del mundo. Atravesamos el dolor, la risa, el calor, la incomodidad, nuestros infiernos personales. Pasamos por experiencias místicas y por momentos de silencio profundo de la mente.

Después de una experiencia como esta uno entiende la frase de Yogui Bhajan, el maestro más importante del kundalini yoga y el Mahan Tantric (el gran tántrico): “No hay nada en el sexo y sin sexo no hay nada”. Después de una experiencia como esta, decía, uno entiende que la energía sexual tiene un potencial que va mucho más allá del sexo: este en sí mismo no es nada, pues la energía sexual necesita subir, desea subir. Uno entiende y encarna ese principio del yoga que ha sido malentendido por siglos como “restricción sexual”, o brahmacharya. Lejos de querer una represión, brahmacharya significa ‘el camino (charya) del creador (Brahma)’: la energía sexual es energía creativa. Después de años de práctica constante del yoga tántrico y de no excluir el sexo de mi vida, ahora entiendo que tantra significa ‘tejido y red’, y que yoga significa ‘unión’: sin sexo, sin unión, no hay nada.

Lea también: