No es un secreto que algunos hechos cruciales de la historia temprana de Colombia han sido dados por sentado. ¿Cuánto saben los colombianos sobre su historia? Que Colón llegó a las Indias en tres carabelas (La Niña, La Pinta y La Santa María) en 1492, que la matanza de indígenas fue intensa y sangrienta en todo el continente, que los españoles que llegaron en esas embarcaciones eran sobre todo ladrones en busca de oro, que la cantidad de aborígenes se redujo de manera significativa, que el exterminio intencionado fue la fuerza fundadora de Colombia y Latinoamérica. Acontecimientos como estos han sido contados de una sola forma y, a partir de ahí, pasaron a entenderse casi que como verdades irrefutables estáticas en la memoria.

¿Qué es Colombia?, ¿cómo se formó el país? Son dos preguntas que aborda Enrique Serrano en su nuevo libro, Colombia: historia de un olvido. El escritor colombiano teje, a partir de datos, una perspectiva alterna a la tradicional, pero sin alejarse del rigor académico. En ella habla de los tres siglos anteriores al grito de la Independencia de 1810. Es una lectura común sobre historia colombiana, pero con una diferencia interesante: cuenta acontecimientos singulares que no siempre se incluyen en los relatos habituales de la época fundacional temprana del país. Serrano recorre desde las razones de los nuevos cristianos para poblar el país y el continente, hasta las relaciones que gestaron con los aborígenes.  

La obra está en un término medio: por un lado es una apuesta controversial y audaz porque en 24 capítulos se atreve a desentrañar mitos históricos contrastándolos con investigaciones que demuestran que algunos hechos ocurrieron de un modo distinto; pero, por el otro, la narrativa es poco amable con un lector no especializado.

Sin embargo, si quien lee no sucumbe al hastío de la reiteración, sobre todo en los

primeros capítulos, encontrará datos que pueden cambiar su visión tradicional de los años de la Conquista y la Colonia. Por ejemplo, Serrano muestra el papel de la Iglesia en la conformación de Colombia, cómo llegaron las universidades y cómo los conventos aportaron a la creación de comunidades en el país. También explica la importancia de Santa Fe de Antioquia como la base de la que surgieron otros pueblos de la región.

Las razones de la inmigración española, la descripción de las personas que poblaron el continente y la destrucción sangrienta de grupos indígenas consolidados hacen que valga la pena leer este libro. Cuando el autor dice que “la idea de que los indígenas fueron exterminados por los españoles no solamente es injusta, sino que es incorrecta. Los aborígenes fueron más bien absorbidos sin su cultura y sin su lengua dentro de comunidades religiosas y políticas que se instalaron durante los siglos XVI y XVII”, abre la puerta a otras posibilidades de la historia. Sea que el lector esté de acuerdo o no, instala en él la duda, la pregunta, quizá el riesgo de la discusión y eso, en la escritura, es de por sí ganancia.

Eso, y pensar que los colonizadores, sus hijos, esposas, abuelos y criadas llegaron a Colombia entre 1510 y 1740 en una migración masiva, con la firme intención de establecerse, aspirando a una mejor vida y sin armas distintas a machetes; o que los indígenas en este territorio nunca conformaron como tal una unidad sino que eran tribus y que por ello también asimilaron más fácil la llegada de los extranjeros, no solo corta con la historia de buenos y malos, sino que enmarca la conquista y la colonización en un tejido de circunstancias y efectos que simplemente ocurrieron.

Con todo, el libro está más dirigido a personas que, desde la academia, quieran sumergirse, sin importar la exigencia de la lectura, en otros discursos históricos, más que al público en general.

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