Antes de que llegue la hora estoy nervioso. La cita es a las 6:15 en una casa del barrio Teusaquillo de Bogotá, pero quizá por la ansiedad o por la advertencia de que si llegaba tarde ya no me abrirían, se me ha hecho demasiado temprano. Son las 5:30, así que decido recorrer el sector. Repaso algunas calles tratando de asimilar la idea de que en una hora estaré empeloto ante un grupo de desconocidos, participando en una clase de yoga al desnudo para escribir este texto que, con suerte, mi muy pudorosa mamá nunca leerá.

Me siento en el parque del Brasil y recuerdo que cuando empecé a estudiar periodismo lo que quería era ser corresponsal de guerra. Y me lamento por todas las decisiones erróneas que me llevaron hasta este punto, pues ahora mismo debería estar cubriendo heroicamente una guerra en Siria o en el Líbano, por ejemplo. 

No es solo el hecho de tener que quitarme la ropa frente a otros. Es, además, tener que hacer yoga. Me he rehusado a ello por años, a pesar de estar rodeado de gente que lo practica con devoción. Hay algo que me incomoda en las posturas, en los movimientos, en los cantos, en la idea de hacer parte de una comunidad. ¡Negarse por años para terminar haciéndolo por primera vez en cueros!

A las 6:10 abandono mi banca protectora y voy a la dirección acordada. Llego a una casa grande de dos pisos, antejardín y rejas y espero a Lorena, quien será mi instructora y con quien solo he intercambiado algunos mensajes de texto. Llega en bicicleta —vive a pocas cuadras— y me saluda sonriente. Es menudita y risueña. Simpática. Entramos.

Mientras esperamos a los demás le pido que me cuente cómo fue que terminó dando clases de yoga al desnudo. La historia, resumida, es que se acercó al yoga hace unos ocho años, después de un accidente que hizo que se le desviara el coxis. La recuperación fue dolorosa y se extendió por tres años en los que hasta el simple hecho de subirse a un bus era una tortura. En esas descubrió que el yoga la hacía sentir mejor y empezó a practicarlo cada vez con más disciplina. Más tarde decidió irse a la India, donde vivió por un mes en un áshram o monasterio hinduista, y de esa experiencia salió con la convicción de abandonar su trabajo en una multinacional y dedicarse de lleno a estudiar y enseñar yoga. Luego se certificó en las islas Bahamas en la tradición conocida como sivananda —que no voy a intentar explicar porque no soy una fuente yóguica confiable—, regresó al país y empezó a impartir clases en parques de Barranquilla. Se trataba de lecciones normales, de esas en las que la gente usa ropa, hasta que llegó una persona que le propuso dirigir a un grupo nudista de la ciudad. No tuvo problema, y desde hace dos años combina sus clases convencionales con las nudistas, ahora en la capital.

Le pregunto qué es lo más raro que ha visto en este tiempo. Sonríe y me cuenta de la vez que un tipo tuvo una erección durante toda la sesión, ¡una hora! “No sabía qué hacer y por la cara que tenía él tampoco se lo explicaba”. Como le dio la impresión de que no se trataba de alguien que estuviera allí solo para ver a los demás, siguió la clase como si nada, de lo contrario, no habría tenido problema en pedirle que se retirara.

Me dice, también, que situaciones como esas son poco frecuentes, pues cuando se inscribe en una clase de yoga nudista, la mayoría no va pensando en ‘morbosearse’ a los demás. “Por supuesto que hay miradas, es inevitable porque somos seres humanos, pero otra cosa es quedarse observando a los compañeros e incomodarlos”, asegura.

De hecho, desnudarse ante otros es más una terapia para verse a uno mismo. Como este artículo irá incluido en un especial de yoga y sexo, días después, mientras hacemos las fotos que acompañan esta nota, le preguntaré a uno de los miembros fundadores de Nudismo Colombia —quien se hace llamar ‘Simón al desnudo’— si cree que este tipo de yoga tiene algún beneficio sexual. “Varias personas no disfrutan de la sexualidad porque tienen un conflicto con su desnudez. El nudismo nos ayuda a superar esos complejos e inseguridades. Muchos hacen yoga dentro del nudismo porque les ayuda a alcanzar un estado de conciencia sobre su cuerpo, a saber cuál es la relación que tienen con él”.

Pero va mucho más allá de lo sexual. Lorena me cuenta el caso del exsoldado lleno de cicatrices por heridas de bala que le pidió una clase particular porque “buscaba un espacio en el cual su cuerpo pudiera sentirse bien y aceptado”. O el de algunas mujeres que después de pasar por una mastectomía, tras padecer cáncer de seno, lo hacen como un ejercicio de aceptación de su cuerpo.

Buena parte de los alumnos son nudistas para quienes el yoga es una más entre las actividades que realizan. Muchos están vinculados a grupos como el mismo Nudismo Colombia, que organizan desde paseos hasta talleres de fotografía y defensa personal, todo, por supuesto, sin ropa.

Contrario a lo que ocurre en una clase de yoga convencional, explica Lorena, la proporción de mujeres que acude al yoga nudista es menor a la de los hombres. Según dice, las colombianas tienen más problemas para mostrarse porque piensan que para hacerlo deben tener un cuerpo perfecto. En cualquier caso, sus clases no son grandes, cuentan con un promedio entre tres y seis participantes que pagan 33.000 pesos por sesión.

Para cuando llegan los demás, ya estoy más tranquilo, más entregado a la pena. Nos saludamos como si nada, nos quitamos los zapatos y entramos a un cuarto de piso de madera en el que se alinean varias esterillas naranja dispuestas horizontalmente con relación a la puerta y otra perpendicular ubicada frente a ellas para la instructora. Escojo la que se encuentra más cerca de un pequeño calentador y pongo mi toalla encima —llevar una es requisito en las actividades nudistas de este grupo—. La profesora adopta una actitud solemne, nos pide que nos giremos hacia la pared que está detrás y que cerremos los ojos. Nos explica que vamos a desvestirnos paulatinamente.

Mientras nos invita a quitarnos cada una de las prendas, empezando por las que cubren la parte superior del cuerpo, nos dice que nos concentremos en la sensación de la ropa sobre la piel, en el peso que ejerce, en los roces a los que nos hemos acostumbrado tanto que ya no los sentimos. Una vez nos hemos quitado todo, nos pide que nos giremos hacia ella y abramos los ojos. Lo hago. Lorena está desnuda y supongo que mis compañeros de clase también, pero no quiero verlos. Noto que mi mirada se me escapa hacia el cuerpo de la profesora y se cruza por mi cabeza la preocupación de que crea que la estoy ‘morboseando’. Por suerte, no hay ni el más mínimo asomo de una erección, lo cual, paradójicamente, me deja bien parado.

Nos colocamos en posición de flor de loto —la mía es lamentable, por supuesto— y empezamos con ejercicios de respiración. Luego Lorena pide que nos acostemos sobre la espalda, que levantemos una pierna, que hagamos círculos con ella, luego la otra. Aunque me avergüence de ello, no puedo relajarme del todo por la preocupación de no tocar  y no ser tocado por mi compañero de al lado, quien decidió ocupar la colchoneta contigua.

Luego nos incorporamos, hacemos más ejercicios de respiración, ejecutamos asanas o posturas corporales hasta que llega el, para mí, fatídico momento del saludo al sol, pues implica posturas  poco favorables para mi flexibilidad, como intentar tocar los pies con las manos sin doblar las rodillas. Esforzándome, trato de seguir la secuencia, aunque estoy seguro de que el espectáculo que doy es deplorable. Sigo sin mirar hacia los lados, aunque de vez en cuando por el rabillo del ojo se cuelan imágenes de barrigas ajenas, traseros, piernas, miembros colgantes.

En la última parte de la clase, Lorena apaga la luz, nos pide que nos acostemos y coloca una cobija sobre cada uno. Sé que nos pide que respiremos, inflando el pecho y estómago al tiempo, pero rápidamente pierdo la concentración y me duermo por lo que no deben ser más que un par de minutos. Enciende la luz, pide que nos sentemos en posición de flor de loto nuevamente y da por terminada la clase con la misma solemnidad con la que empezó. Manos  al frente del corazón unidas por las palmas. Namasté.

Tomo mi ropa y me visto sin afán. Me siento bien, ligero. Se lo digo a Lorena y le agradezco por haberme invitado a su clase. No sé si vuelva, no sé si el yoga es lo mío, no sé si el nudismo lo sea. No creo. Pero si me dieran a elegir entre esto o cubrir la guerra en Siria, volvería a empelotarme cien veces más.

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