29 de julio de 2026
Historias
¡Quítate tú pa’ ponerle soul!
El día en que Stevie Wonder respaldó públicamente a la salsa en los setenta y ayudó a que la Academia abriera una categoría latina en los Grammy.
Por: Redacción Soho
Por: Ricardo Mendivil
Los ciegos siempre ven lo que los demás no. En 1947, Arsenio Rodríguez viajó a Nueva York detrás de un milagro, que el doctor Castroviejo le devolviera la vista que perdió de niño. No hubo milagro, el nervio óptico estaba muerto. Le dieron la peor noticia, pero horas después compuso La vida es un sueño. Así era él, cuando le cerraban una puerta respondía con una canción. El día en que se quemó el apartamento de un amigo entre Madison y la Quinta, no necesitó ver la candela para poner a bailar a medio continente con Fuego en el 23.
Arsenio vio lo que ningún ejecutivo con los dos ojos buenos alcanzó a ver, que esa ciudad sería la capital del desarraigo latino hecho música, antes de que a la salsa la bautizaran con ese nombre entre venezolanos, cubanos y dominicanos. Los ritmos del Caribe que sonaban en Harlem y el Bronx eran el ágape de unos desterrados que recordaban, en cada nota, la tierra de sus padres; los boricuas lo entendían mejor que nadie por su estatus como ciudadanos.
Sobre las big bands de Machito y Tito Puente creció un emporio que medio mundo amó y el otro medio odió a muerte, la Fania. Paradójicamente quienes la armaron fueron dos opuestos: Jerry Masucci, un abogado italoamericano que olfateaba billetes y Johnny Pacheco, un dominicano del South Bronx, que era flautista y tenía un oído de brujo. En esa movida cupieron todos, Richie Ray, los Palmieri, Willie Colón y Héctor Lavoe, quienes no creyeron en nada y lo cambiaron todo. Nueva York inventó un sonido y una temperatura, encendida por el roce de tanta gente apretada en las mismas cuadras, con ganas de parecerse en algo estando lejos de casa.
Eso también lo vio otro ciego, Stevie Wonder.
Ocurrió en otoño en Zaire 74, el concierto leyenda en África, que se llevó a cabo justo antes de que Ali y Foreman se rompieran la cara por el cinturón de pesos pesados. Allí, entre el polvo y el calor, la Fania All Stars tocó para ochenta mil personas y en ese mismo cielo andaba el dios de Motown, que tenía a Estados Unidos en el bolsillo y una fascinación confesa por la música latina. De ese cruce no salió nada todavía, pero una llama quedó encendida porque un par de años después Wonder se sentó al piano con la Fania y grabó una descarga de veinte minutos y veintidós segundos. En aquel trance demiurgo tocó Quítate tú pegada a Hang On Sloopy, jugando con la síncopa como un niño con una caja de plastilinas nuevas. La cinta durmió décadas, pero cuando salió era la prueba de que esa música y ese hombre hablaban el mismo idioma. Y no era casualidad, quien oiga Don’t You Worry ’bout a Thing, del disco que Wonder publicó en 1973, sentirá que ese toque tan de nosotros ya era una mano tendida al público latino mucho antes de Zaire.
El permiso para que la salsa entrara a los Grammy tuvo su escenario. En 1975, la revista Latin NY —de Izzy Sanabria, uno de los que volvió comercial la palabra salsa— montó en el Beacon Theater los primeros premios de aquel sonido, era la gente de ese movimiento premiándose, porque nadie más lo haría. Aurora Flores-Hostos, quien produjo esa noche, lo contó con nostalgia y detalle: Palmieri llegó tarde y subió en jeans, entre puros esmóquines, justo antes de que apareciera Stevie Wonder, porque quería dejar claro que la música latina bailaba en la misma clave que los éxitos de R&B de aquel ciego portentoso. Y si alguien conocía ese parentesco era Palmieri; ya en 1971, con Harlem River Drive, había sentado a músicos negros y latinos a fundir soul, funk y salsa, entendiendo que a los dos las unía el hambre, el olvido y las ganas de hacer algo hermoso con la música.
La salsa llevaba años tocando esa puerta sin que se abriera. Incluso hubo cartas, peticiones y hasta cien mil firmas que alguien de adentro llevó a una de las ceremonias. Pero nada, parecía un género en español que no cabía en esas casillas. De modo que necesitaban que alguien a quien ellos sí respetaran lo tradujera. Y ese alguien fue Wonder. Porque mientras las firmas suplicaban, él también respaldaba el género con un tumbao de montuno. De esa presión nació el comité que, dentro de la Academia, se sentó por fin a discutir lo impensable: un Grammy para la salsa.
Para entonces el sello Fania ya no era el mismo que inició con Pacheco vendiendo discos desde el baúl de su carro, bautizado con el nombre de un localito habanero donde Masucci comía en su época de Cuba. Ahora era el gigante, el Motown latino, el que había saltado en una década de la cajuela de un carro al Yankee Stadium. Así que cuando la Academia estrenó el Best Latin Recording —cosecha del 75, entregada en el 76—, el premio parecía una cosa juzgada y tenía que ser para uno de los suyos, un artista Fania.
Pero vaya sorpresa, el primer Grammy de salsa no fue para Fania, lo ganó The Sun of Latin Music, de Eddie Palmieri, editado por Coco Records, el sello de Harvey Averne, otro judío al que llamaban Arvito, quien de niño tocaba guarachas en Brooklyn , o sea, la competencia. Fania puso la plata, la estrategia y cruzó el Atlántico para abrir esa puerta, y el primero en entrar con el trofeo fue su rival. Justicia, diría Palmieri, ya que al fin y al cabo ganó la música.
Lo que también quedó fue un retrato que sobrevive al tiempo, al exilio y a la nostalgia y, además, pintado por dos ciegos que apadrinaron la salsa. Rodríguez la profetizó antes de que tuviera nombre y Palmieri, el más venerado de su tiempo, se sentó al lado del hombre clave —Wonder— y le prestó su aura para que el mundo por fin la mirara. Curioso que hicieran falta dos hombres sin vista para enseñarle a ver a una industria que tenía todos los ojos puestos en un género que el barrio había fabricado, con retazos de hambre y memoria. Esa era una manera de estar juntos estando lejos, unidos por ese universo llamado salsa.







